Melancolía y melodía para disfrutar de las tristezas

  • Al Mouraria concitó a mucho público y consiguió contagiarnos de su saudade

Silêncio. Así se llamaba la primera canción que interpretó el grupo portugués Al Mouraria en su recital de anoche incluido dentro de la programación del FEX. Precisamente, con un silencio reverencial y muy respetuoso -apenas se escuchaba un murmullo sólo interrumpido por aplausos en tromba- recibió a los lisboetas el público que llenaba la plaza de las Pasiegas.

Con el aforo de las sillas al completo, en las escaleras se agolpaban los espectadores menos puntuales que no llegaron a tiempo para estar sentados. Alrededor de la valla, incluso detrás del escenario, eran múltiples los seguidores -bastante entrados en años- que no se querían perder ni un detalle de la actuación y que disfrutaban de la música. A algunos curiosos que pasaban por allí también se vieron atrapados por el lirismo del repertorio y siguieron el concierto desde las calles aledañas a la catedral aplaudiendo entusiasmados porque lo inesperado siempre emociona más.

Las voces, perfectamente empastadas, del tándem de cantantes de Al Mouraria, Isa Brito y Filipa Sousa, emocionaron desde la primera nota y consiguieron contagiarnos de su saudade. El diccionario de la Real Academia define esa expresión portuguesa con tres palabras: soledad, nostalgia y añoranza. Tres entimientos agridulces que se apoderaron de la agradable noche haciendo posible lo que parece una contrariedad: disfrutar de la tristeza, evocándola a través de melodías delicadas.

El formato de Al Mouraria, con tres músicos solventes y dos voces excepcionales, tiene un toque clásico pero actual a su vez. De los arreglos de saxo se ocupa José Bandarra, el responsable también de la viola, que matiza los interludios melódicos con pinceladas que consiguen que suenen diferentes e incluso hasta con aires brasileños. El armazón musical de la formación de Lisboa renueva las claves de un género que tradicionalmente suena más desnudo y más acústico.

Con varios "muchas gracias" en español correspondió Filipa, vestida con la misma elegancia que la de su voz, y bañada entre los aplausos de un público visiblemente satisfecho con la entrega de la vocalista. También se notaba entre el respetable, quienes eran los advenedizos en el género y quien se sabía de memoria las versiones originales de las canciones que inmortalizaron voces míticas como la de Amalia Rodrigues o Lucilia do Carmo. Entre las canciones coreables para todos estaba María la Portuguesa, en la recta final del concierto, que sonó a una y rotunda y que fue recibida con aplausos desde su presentación. Algunos recordarían a Carlos Cano, pero claro, él no cantaba en portugués. Em tudo na vida há fado cerró como un extraordinario epílogo una noche en la que la tristeza consiguió volverse agradable.

Ante un eventual fallo de sonido que dejó a todo el mundo expectante, el saxofonista dijo: "España campeona", y el público se arrancó con un "¡Qué viva España!" acompañado por palmas para después reanudar el curso del concierto. No re`pondió tan bien el público cuando Filipa le invitaba a hacer coros en portugués a uno de sus fados , aunque aun así les acompañaban con palmas.

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