Monumental 'Turangalîla'

  • La Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam, dirigida por Neeme Järvi, borda la sinfonía de Olivier Messiaen en la primera interpretación que se hace de la obra en el Palacio de Carlos V

"Olivier Messiaen no compone: yuxtapone". La frase del director y compositor francés Pierre Boulez define perfectamente la técnica creativa de Messiaen y, sobre todo, lo que pudo escucharse anoche en el Palacio de Carlos V de la mano de la Royal Concertgebouw Orchestra de Ámsterdam bajo la dirección de Neeme Järvi: una yuxtaposición incomensurable de sonidos o, mejor dicho, de colores. Porque si la obra que se interpretó (por primera vez en Granada), la Sinfonía Turangalîla, es algo, es precisamente un monumento al color de una orquesta, al color de los acordes. La increíble pieza de Messiaen sonó con fuerza en la Alhambra y derramó toda su riqueza entre el público.

La Sinfonía Turangalîla se encuentra entre las cuatro o cinco composiciones más interesantes del siglo XX. El uso de Messiaen de la paleta orquestal, esos enormes muros de sonido que crea a lo largo de los diez movimientos de la sinfonía, el empleo tremendo de los ritmos y las percusiones y el protagonismo que da a un instrumento tan sugerente como desconocido, las Ondas Martenot, convierten a la sinfonía en algo único, explosivo, sugerente. Una sorpresa continua.

Nada más comenzar el arranque de las cuerdas trepidantes replicadas por los metales, se estremeció el palacio. El primer movimiento de la Turangalîla (juego de palabras extraídas del sánscrito que viene a significar 'juego de la alegría' y 'canción de amor'), la Introduction, con el poderosísimo tema de los metales (que Messiaen bautizó como 'tema de las estatuas', inspirándose en la impresión que le habían producido unas gigantecas esculturas mexicanas), demostró que la Royal Concertgebouw podía galopar sobre la sinfonía con total seguridad. Cambios de ritmo frenéticos, acordes abrumadores, alegría creativa, el placer de la música por la música en sí... Todo era un frondoso encaje de armonías en una batalla entre la orquesta por un lado y el piano (interpretado por Jean-Yves Thibaudet) y las Ondas Martenot (el instrumento precursor del sintetizador, interpretado por Cynthia Millar) por el otro. Uno tras otro, los diez movimientos de la sinfonía sonaron arrebatadores, terriblemente contemporáneos, frescos, especialmente ese inacabable final in crescendo que parece que nunca va a alcanzar el clímax del quinto movimiento, Joie du sang des étoiles.

Pese a estar como sustituto de última hora, Neeme Järvi supo cómo manejar con soltura el enorme brío de la Concertgebouw y la complejidad estructural de la partitura de Messiaen, una partitura que continúa siendo referencia para los nuevos compositores y, por tanto, una obra maestra en todo su significado. La Sinfonía Turangalîla es casi una hora y media de puro placer sonoro, de agitación de color, porque Messiaen veía color en la música. Por eso compuso de una forma tan plástica. Por eso los metales suenan tan tremendos. Tan monumental como el propio Palacio de Carlos V, la Turangalîla retumbó con toda su hermosura. Dejó la noche estremecida.

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