El arte de la viñeta

Morbus gravis

  • Tras 25 años desde su publicación, la primera aventura de Druuna sigue siendo un pequeño clásico del cómic para adultos, con un fuerte componente sexual y erótico.

A Druuna la conocí en mis años mozos, en las páginas de la revista Zona 84, ya desaparecida, en donde se publicó por entregas su primera aventura, Morbus gravis (1985), el impactante relato gráfico del veneciano Paolo Eleuteri Serpieri. Druuna es una amazona de frondosa melena oscura, ojos grandes, piel morena, moldeada por los dioses de la imaginación con arcilla de primera. Esa belleza pluscuamperfecta, en una paradoja harto sugerente, debe sobrevivir en un mundo de una fealdad extrema, repugnante, y en extremo hostil, temible. El mundo después del Apocalipsis. En esta realidad abismal, Druuna tendrá que recurrir a esos dones de la Madre Naturaleza para conseguir sus propósitos o, sencillamente, salvar su hermoso cuello. Algunos de sus pretendientes tendrán un aspecto monstruoso; otros serán directamente monstruos. Los envites típicos del género erótico se enmarcan en las coordenadas características de la ciencia ficción, y comparten espacio con elementos habituales del relato de terror, y lo físico se encuentra con lo metafísico, lo carnal con lo visceral.

En la primera página de Morbus gravis, Serpieri presenta a Druuna coquetamente tumbada en un camastro, en un cuartucho mal ventilado, leyendo un libro con hociquillo enfuruñado. Hay un detalle de interés: el libro habla de árboles y colinas y la chica se pregunta el significado de tales palabras. En su mundo no existen ni unos ni otras. La ciudad es un enorme vertedero, un paisaje cubierto de roña y herrumbre; una cloaca, un panorama de tubos que vomitan aguas turbias o escupen humos insanos. Un mundo, y no es metáfora, enfermo. Tras el desastre, como un ulterior flagelo, una plaga amenaza a la población y la gente acusa los estragos del acoso, la carestía y el embrutecimiento. Tan solo Druuna mantiene las carnes lustrosas típicas de la mucha salud, la buena alimentación y la ausencia de contrariedades. Un auténtico milagro, pues la enfermedad que decimos provoca una procaz rebelión del organismo y el infectado se transforma en un mutante, un desecho que apenas conserva la forma que una vez tuvo. La portentosa lozanía de Druuna es un patrimonio a salvar.

Esta sociedad futura está gobernada por una casta sacerdotal, entre cuyos privilegios se cuenta la administración del suero que combate el morbo. Para esta élite, insuflada de la lógica medieval según la cual todo individuo es un pecador en potencia, el mal deriva de la maldad de las gentes, y los hechos parecerían darles la razón: la decadencia es total, la putrefacción lo impregna todo, la ponzoña se respira en el aire quieto de la viñeta. A quienes descubren enfermos, los arrojan sin miramientos a la ciudad de abajo, un nivel inferior en donde o comes o eres comido; para esos pocos que consiguen mantener a raya la infección, la promesa es ascender a un nivel superior, la ciudad de arriba, un lugar sin nubarrones ensombreciendo el horizonte. Así pues, si abajo está el infierno y arriba, el paraíso, la ciudad de en medio sería una especie de purgatorio; no habría pendiente que escalar, no una cima que coronar, pero sí culpas que purificar. Y Druuna sería un ser aparte, ora un ángel ora una diablesa, que ascenderá o descenderá los diferentes niveles echando pecho ante los obstáculos que Serpieri le ponga en el camino.

El éxito generó una secuela, Morbus gravis 2 (1987), que dio pie a una serie, así como varios álbumes paralelos y un videojuego. Además de las dos primeras entregas, Serpieri ha firmado: Criatura (1990), Carnívora (1992), Mandrágora (1995), Aphrodisia (1997), El planeta olvidado (2000) y Clon (2003). La serie, que pasó a conocerse por el nombre de la heroína, ha ido estirándose de manera forzada, y languideciendo de manera inexorable, pero su autor no se decide a clausurarla (y Druuna ha ido ganando en voluptuosidad sin que los años hayan hecho mella en su asombroso físico).

Las impresiones son encontradas. Aunque Paolo Eleuteri Serpieri pertenezca a la secta de quienes acaban dando menos de cuanto prometen, no carece de interés. De su labor, destacaríamos no sólo el trazo enérgico del dibujo, sino una cierta insolencia. Más que los temas, llama la atención su "actitud". En Morbus gravis hay una predisposición, típica del cómic alternativo, a llevar las propuestas a sus últimas consecuencias; en este caso, exacerbando el componente violento (y lo terrorífico abraza el gore) y lo sexual (y lo erótico incurre en lo pornográfico; las representaciones gráficas serán cada vez más explícitas). Hay algo sadiano en Serpieri, una poética del exceso, unas malas maneras, una vulgaridad que suponen un atentado contra la contención, los buenos modales y la finura sancionada por el canon burgués.

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