Ciencia hoy-año internacional de la astronomía

Mujeres astrónomas a través de la historia

  • La Astronomía moderna no se puede concebir sin el trabajo realizado por todas aquellas mujeres que con su dedicación y amor a la ciencia nos han dejado su legado

Durante los siglos XVII y XVIII, la consideración de la Astronomía como una actividad artesanal llevó a la implicación de las mujeres en esta actividad familiar. Se dispone de datos biográficos para mujeres como Maria Cunitz (1610-1664) que, con su libro Urania Propicia, popularizó la Astronomía de Kepler entre los escolares, Maria Eimmart (1676-1707), conocida por sus 250 dibujos de las fases de la Luna, que sentarían las bases del mapa lunar y, sobre todo, Maria Winkelmann (1670-1720), por su lucha con la Academia de Berlín. Ella aprendió las artes de la Astronomía de su tío y continuó su trabajo a través de un matrimonio de conveniencia con el afamado astrónomo Gottfrid Kirch, treinta años mayor que ella. Entre sus principales contribuciones cabe destacar la elaboración de un calendario astronómico para la Academia de Ciencias y el descubrimiento de un cometa en 1708, descubrimiento que fue atribuido a su marido. A la muerte de este en 1710, solicitó la entrada en la Academia para continuar con su trabajo, pero le fue denegado el acceso. En 1916, Maria regresó a trabajar para la academia como ayudante de su hijo Christopher. Desde la fundación de la Academia de Ciencias de Berlín en 1700, sólo catorce de sus dos mil novecientos miembros han sido mujeres y entre ellas sólo cuatro han sido miembros de pleno derecho.

En el resto de Europa sólo se encuentran escasas referencias a mujeres dedicadas a la Ciencia. Las personalidades más relevantes del siglo XVIII en Inglaterra fueron Caroline Herschell (1750-1848) y Mary Somerville (1782-1872), que fueron las primeras mujeres que tuvieron el honor de ingresar en la Royal Astronomical Society en 1835.

La dedicación a la Ciencia de Caroline Herschell se debió a una ironía del destino. Tras un tifus a los diez años quedó físicamente desfavorecida, por lo que sus padres pensaron que ya no era apta para el matrimonio, y la educaron para dominar las artes de un ama de llaves. Se fue a vivir a Inglaterra como ama de llaves de su hermano, sir William Herschel. Se sabe que ella era la que realizaba todos los cálculos matemáticos que publicaba su hermano y le ayudaba en las observaciones astronómicas. Después de la muerte de William en 1822, publicó el Catálogo de nebulosas observadas por W. Herschel en una serie de barridos. La Royal Astronomical Society la tuvo en altísima consideración científica y fue la primera mujer pagada por el rey de Inglaterra por su trabajo de ayudante de William Herschell, con cincuenta libras anuales.

Mary Somerville fue una mujer completamente autodidacta. Después de la muerte de su primer marido, la independencia económica que obtuvo le permitió dedicarse a cultivar sus principales aficiones, las Matemáticas, la Astronomía y la Filosofía. Incentivada por su segundo marido, su primo William Somerville, consiguió grandes progresos. Entre sus logros más destacables cabe mencionar la versión traducida de la obra de Laplace Mecánica Celeste y el ensayo La conexión de las Ciencias Físicas. Trabajó de forma incansable hasta su muerte. Su último trabajo, Ciencia molecular y microscópica, lo publicó a la edad de 89 años.

Siglo XIX: mujeres computadoras

Entre todas las mujeres del siglo XIX merece un lugar destacado Maria Mitchel (1818-1889), la primera astrónoma de Estados Unidos. Su trabajo promovió un gran avance en la tarea educadora de mujeres en el Vassar College. Fundó la Asociación para el Avance de las Mujeres, que presidió entre 1873 y 1876. A pesar de su dedicación como profesora de Astronomía en el Vassar College, nunca confió en que las mujeres hiciesen un trabajo comparable al de los hombres, sólo aquel que requería mucha paciencia. Entre sus logros podemos encontrar el descubrimiento de un cometa que lleva su nombre.

La idea de Maria Mitchel de que las mujeres estamos especialmente dotadas para hacer observaciones y cálculos tediosos y repetitivos inspiró al profesor Pickering de la Universidad de Harvard para contratar un grupo de veintiuna mujeres, conocido como harén de Pickering. Ellas realizaron la clasificación y catalogación de todos los espectros de estrellas hasta la novena magnitud del catálogo Henry Drapper. Williamina Fleming (1857-1911) descubrió las enanas blancas. Annie Cannon (1863-1941) produjo la clasificación espectral de las estrellas, Antonia Maury (1866-1952) desarrolló su propio sistema de clasificación espectral, que años más tarde dio lugar al diagrama de clasificación estelar hoy utilizado, y Henrietta Leavitt (1868-1921) descubrió la relación entre el periodo y la luminosidad para las estrellas cefeadas.

El ejemplo de Harvard cundió rápidamente y cuando, en 1892, el Observatorio de París planteó el proyecto de cartografiado de todas las estrellas hasta magnitud 11, La Carta del Cielo, los Observatorios participantes, veinte en total, consideraron que resultaba más rentable emplear a mujeres. Lo sorprendente de este gigantesco trabajo, la catalogación de seis millones de estrellas, es que no ayudó a la trayectoria futura de estas mujeres como astrónomas, como ocurrió en Harvard. La razón de esta diferencia radica en el hecho de que se las contrató sólo como meras calculadoras. A todas ellas, les debemos gran parte de las técnicas desarrolladas así como las posiciones y magnitudes de un catálogo de varios millones de estrellas.

Siglo XX: el empeño de las astrónomas

Durante la primera mitad del siglo XX, en un siglo lleno de gran efervescencia científica, el acceso a la ciencia les estuvo vedado. El Observatorio de Monte Palomar ha sido un ejemplo claro de ello. A la única científica que se le permitió acceso en los años 30, fue a Cecilia Payne-Gaposchin (1900-1980), pero no como observadora regular sino para observar unas horas como cortesía del director del observatorio. A finales de los años 40, Margaret Burbidge solicitó una beca de la Carnegie para realizar sus observaciones allí. Recibió una carta de disculpas por haber cometido la equivocación de pedir una beca cuando las mujeres no estaban autorizadas a usar dichas instalaciones. Años después, en 1955, pudo utilizar los telescopios gracias a su marido Geofrey Burbidge, que sí consiguió una de estas becas. La primera astrónoma que utilizó el telescopio de Palomar de forma legal fue Vera Rubin en 1964.

Para dar una idea del clima en el que trabajaron tomemos como ejemplo las biografías de las tres únicas mujeres a las que la Sociedad Astronómica del Pacífico les otorgó medallas de oro a toda una vida dedicada a la ciencia, de un total de 118: Margaret Burbidge en 1982, Charlotte Moore Sitterly en 1990 y Vera Rubin en 2003.

Margaret Burbidge (1919) nació y fue educada en una familia de científicos. Comenzó su actividad en Astronomía en 1940 durante la segunda guerra mundial haciendo observaciones con el telescopio reflector Wilson de 24 pulgadas. Al término de la guerra cursó su doctorado sobre un estudio espectroscópico de estrellas Be en el University College de Londres. Encontró su primera dificultad por el hecho de ser mujer cuando pidió la beca para continuar sus observaciones en Monte Palomar. Este hecho singular marcó su trayectoria posterior confiriéndole un carácter duro y agresivo. Su carrera investigadora se ha desarrollado entre Inglaterra y Estados Unidos donde además de una trayectoria curricular brillante ha ocupado cargos tan relevantes como directora del Royal Greenwich Observatory y presidenta de la American Astronomical Society.

Charlotte Moore Sitterly (1898-1990) organizó, analizó y publicó los libros básicos sobre el espectro solar. Desde el año 1945 hasta su muerte trabajó en el U.S. National Bureau of Standards and the Naval Research Laboratory. Entre sus contribuciones cabe destacar la compilación de las tablas de niveles atómicos de energía que se utilizan como material de referencia estándar. Su legado científico fue tan relevante que le dieron la medalla a título póstumo en 1990.

Vera Rubin (1928) ingresó en el Vassar College y se graduó en la Universidad de Cornell. Al comienzo de su carrera recibió el rechazo de la comunidad astronómica por ser mujer, y fue rechazada en la Universidad de Princeton por esta razón. Su tesis de master sobre los movimientos relativos entre las galaxias produjo un gran revuelo en la reunión de la Sociedad Astronómica Americana donde fue presentado, y se le dio poca credibilidad. Realizó su tesis de doctorado en la Universidad George Washington, tesis que nunca consiguió publicarse en ninguna revista profesional de Astronomía. Sobre todo se la conoce por sus estudios sobre la cinemática de las galaxias espirales que indicaron la existencia de una alta proporción de materia oscura en el Universo. Su trayectoria tan poco común la ha convertido en una de las mujeres más activas en la defensa y promoción de mujeres en Astronomía. Terminaré su biografía con sus palabras en Newsweek en 2005: "Esta es una batalla que las jóvenes tienen que pelear. Hace treinta años pensamos que estaba ganada pero la igualdad es tan escurridiza como la materia oscura".

Para terminar acabaré relatando una de las grandes injusticias cometidas hacia el trabajo de una de las astrónomas más relevantes del siglo XX: Jocelyn Bell Burnell (1943). Jocelyn cuenta que su carrera profesional comenzó a la edad de once años cuando no pasó el examen que determinaba las aptitudes para realizar una carrera superior universitaria. Tuvo una segunda oportunidad a la edad de trece años en una escuela de York. En 1965 se graduó en Glasgow en contra de todas las recomendaciones de su entorno que le aconsejaron que abandonara, ya que era la única mujer en la licenciatura de física. En 1968 obtuvo su doctorado en Astronomía por la Universidad de Cambridge. Durante la realización de su doctorado, conjuntamente con su director de tesis, Anthony Hewish, descubrieron la existencia de los púlsares, hecho que le valió a Hewish la concesión del Premio Nobel de Física en 1971. A pesar de que era bien conocida, la participación activa de Jocelyn en este acontecimiento, no se la tuvo en cuenta para el Nobel.

Quiero terminar mi pequeño homenaje a estas mujeres astrónomas con una frase de Jocelyn: "Las mujeres y las minorías no deberían realizar toda la adaptación. Ya es hora de que la sociedad se acerque a las mujeres y no las mujeres a la sociedad".

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