El arte de la viñeta

Mundo ZOMBI

  • El cómic se ha sumado a la moda zombi · La novela gráfica de Max Brooks propone un repaso a la historia de la humanidad desde dicha perspectiva

Aunque tenga su origen en el vudú, tal como hoy lo conocemos -un depredador en proceso de descomposición que usa el último impulso para saciar un hambre compulsiva-, el zombi es un retorcido fruto de la contracultura sesentera, la que se manifestara contra la presencia de los Estados Unidos en Vietnam, y de los movimientos antisistema de entonces, los que levantaran barricadas en el Mayo parisién: el filme fundacional, La noche de los muertos vivientes, se estrenó precisamente en 1968. Esta astrosa y hedionda criatura supone una síntesis tosca, empero eficaz, de al menos dos cuestiones de calado: la pérdida de la identidad y el colapso de la civilización; o sea, el zombi sería una acertadísima personificación del miedo conjunto a la alienación y la crisis. En la década de los 70, gozó de un primer estrellato como protagonista de un sinfín de subproductos sobrados de menudillo y menudencias. En los años 80 y 90 declinó su fama y fue abordado sólo de manera esporádica pero, coincidiendo con el cambio de milenio, ha visto reverdecer sus laureles -una imagen poco afortunada para alguien que representa lo marchito-, ha vuelto a salir de la tumba, en fin, y saltado del cine a la televisión, la novela, el cuento y el cómic.

La temática zombi ha generado una estética y ésta, a su vez, está alentando una iconoclasta moda editorial: la infección. Un ejemplo de ello fue Marvel Zombi, una serie en la cual los famosos superhéroes de la casa se presentaban en las vestes de despojos vivientes o como preciado alimento de éstos. La "zombificación" ha alcanzado también a varios clásicos de la literatura. El primero en sufrir dicho "atentado" fue Orgullo y prejuicio de Jane Austen, reescrito por Seth Graham-Smith para dar cabida a las reglamentarias hordas de cadáveres redivivos. La fórmula no ha tardado en cruzar el océano y en España ha hallado eco en variaciones macabras de, entre otras, el Lazarillo de Tormes, El Quijote y La casa de Bernarda Alba; en esta última, al parecer, a través de las ventanas enrejadas y las macetas no asomarían los brazos macizos de Pepe el Romano, sino los más escuálidos, pero no menos agitados, de una turbamulta voraz.

En consecuencia, la amenaza zombi ya no se conjuga exclusivamente en presente. El pasado se ha revelado como un tablero inmenso donde colocar estos peones putrefactos para que se coman, literalmente sí, para que se coman, digo, a torres, caballos, alfiles, reinas y reyes, en pos del definitivo Jaque Mate. Max Brooks, una autoridad en la materia merced a un par de novelas que escalaron en su día las listas de best-sellers, se ha decidido por rizar el rizo y en su primera incursión en el mundo de la viñeta -vendrán más, ténganlo por seguro- ha hecho un recorrido por la Historia rastreando las manifestaciones más antiguas del fenómeno zombi. Según la calenturienta mente de Brooks, su alargada sombra persigue al hombre desde que empezara a reunirse en grupos y convivir, al amparo de una hoguera, en las cavernas. Según Brooks, las muestras más antiguas del solanum -el virus responsable de la reanimación de los muertos- se hallan en momias egipcias pertenecientes al tercer milenio antes de nuestra era. En el antiguo Egipto, la momificación habría tenido el cometido de evitar que ciertos fiambres volvieran a las andadas.

Zombi. Guía de supervivencia: Ataques registrados (Debolsillo) es un cómic con doce relatos que son doce catas en la Historia con mayúscula tras la letra minúscula que recoge noticias de los primeros avistamientos. Este ejercicio de revisionismo es harto sugerente: la construcción de la Muralla de Adriano, por ejemplo, habría respondido al empeño expreso de Roma de frenar el avance de muertos vivientes provenientes de las Tierras Altas de Britania. En siglos más cercanos, las naves de esclavos provenientes de África habrían difundido el virus en tierras americanas; de hecho, la revuelta de la isla de Santa Lucía, en 1862, fue "en realidad" la lucha entre la población de origen africano y varios cientos de infectados. En el siglo XX, algunas potencias aislaron el solanum con vistas a convertirlo en arma biológica y ahora el virus estaría en todas partes, y en ninguna, esperando el agente propicio que le permita extender la ponzoña a lo largo y ancho del planeta.

En el momento de crear la pertinente atmósfera de desasosiego, Brooks no insiste en la peligrosidad implícita de ese violento oxímoron, el muerto vivo, sino en la vulnerabilidad innata de una especie, la nuestra, convencida de ser eterna. El dibujo hiperrealista de Ibraim Roberson, que se recrea con delectación en los detalles más truculentos, añade una inquietante nota naturalista al conjunto.

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