Nace la metrópoli

De Juan Benet nos ha quedado la efigie del escritor ilegible, abstruso, experimental, que se deriva de Volverás a región, novela tan áspera y hermética como fatigosa. Por aquellos días, la "nueva ola" de Robbe-Grillet había llevado el idioma hasta una exasperación granítica y estéril de la que algunos, todavía, no se han repuesto. Sin embargo, este libro de hoy, el Londres victoriano de Benet, nos da ya la medida aproximada de su leyenda oral; aquélla que lo retrataba como hombre erudito, caudaloso, irónico, de conversación brillante y memorable ingenio. Todas estas características, más el adjetivo escogido y un vago aire british, son las que contribuyen a hacer de este paseo por el Londres del XIX, por la era victoriana, un breve prodigio de claridad y malicia.

Comienza Benet por delimitar la estricta duración del Londres victoriano. Y lo hace, lógicamente, ciñéndose al reinado de Victoria. Pero esto, que podría parecer una obviedad, implica sin embargo la brusca transición de un Londres aldeano, diseminado, de regusto agrario, a la gran metrópoli finisecular que verá nacer a dos monstruos parejos: el detective privado y el asesino en serie, Jack the Ripper y Sherlock Holmes, cuyos respectivos talentos se dieron a conocer al siglo en 1888. También está el Londres portuario y miserable que retrató Doré, el Londres porvenirista de la Exposición Universal de 1851 (aquella arquitectura del hierro y el cristal que fascinaba a Benjamin); y el Londres, en definitiva, que verá nacer los movimientos de masas y el sufragio universal en un país que había recelado de la Revolución Francesa.

Así pues, en el Londres victoriano de Benet, junto a la Guerra de los Bóers y la estética de los Prerrafaelitas, lo que vemos crecer es el sueño autógeno de la gran metrópoli, su infinita promesa, más la vasta amenaza que nos aguarda entre una multitud inexcrutable.

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