Niño Josele pone ahora las cartas sobre la mesa

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Feliz encuentro el de Niño Josele con el mundo del jazz, y más concretamente con la música del pianista Bill Evans, que le llevó en 2006 a grabar un disco antológico llamado Paz. Este hecho, no sólo le abrió nuevos caminos de expresión, sino que determinó la manera de tocar y modeló el lenguaje de este guitarrista almeriense, que se precia de haber acompañado a Diego el Cigala, Enrique Morente o Paco de Lucía. Con una tremenda formación clásica, en el flamenco de a pie, y con un sonido limpio y ortodoxo, la apertura de las puertas y ventanas a otras corrientes no puede nunca mancillar, sino enriquecer su obra. Además, por si nos sigue asaltando la duda, Manolo Sanlúcar, en una entrevista reciente, se reía cuando le hablaban de fusión, diciendo que desde que nació el flamenco se entrecruza con todo lo que encuentra a su paso, la misma esencia del flamenco es su mestizaje.

Así, los concertistas de guitarra de hoy en día, amplían sus cajas, aumentan el reverb, persiguiendo esos sonidos más universales y abiertos. La guitarra flamenca, a diferencia del baile y, sobre todo, del cante, está en órbita.

Juan José Heredia, Niño Josele, nos sorprende con una propuesta bien tradicional. Pronto, desde el segundo tema, nos damos cuenta que el programa de mano no pasa ni por referencial. Sólo las tarantas del principio y algunas bulerías, de las que quizá abusa, se ciñen a este testimonio. Pues, buena señal para algunos y no tan buena para otros, cambia el repertorio para zambullirnos en ese mundo jazzístico que le da alas, y el concierto se empieza a parecer al que nos ofreció en la primavera del pasado año en el ciclo Jazz viene del Sur. El cuarto tema del concierto fue The Peacocks, esa emocionante balada de Paz, rematado, como deuda homenaje, con el Zyriab de Paco de Lucía, grabado en 1990, que le daba nombre a uno de sus discos y de sus éxitos más contundentes. Sigue el tocaor apuntándonos unos tanguillos que desembocan rápidamente en el jazz que nos invade, en los que le da un protagonismo especial a la caja de Israel Suárez. El recital alcanza un momento álgido cuando nos sorprenden las últimas bulerías, donde los solos del bajo eléctrico de Alain Pérez tienen mucho que decir. Esta fiesta, además de hacerle un guiño a la zambra, se remata con una divertida coda final, a modo de son cubano, donde impera la improvisación, acuñando una fórmula que repetirá más tarde. El bis final también pertenecía al trabajo aludido, subtitulado como Cartas de amor de Niño Josele a Bill Evans. El guitarrista almeriense, con su permanente sonrisa, no deja de sorprenderse y de sorprendernos. Pone las cartas sobre la mesa y, como quien juega al póquer descubierto, no esconde nada.

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