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Niños de ojosmarrones

  • 'Todo Paracuellos' reúne los relatos que Carlos Giménez ha dedicado a los purgatorios del período franquista l La fuerza de la obra vive en la amplia gama de emociones que se cuelgan a rostros reales

En la primera historieta de Todo Paracuellos, dos niños escuchimizados, pero de ojos enormes, salen a escondidas del Hogar del Auxilio Social donde están internos para buscar sobras de comidas en unos cubos de basura. Los críos son descubiertos por un compañero y denunciados al instructor; éste los castiga sin merienda y, con perversa delectación, los obliga a darse unas bofetadas el uno al otro. Los niños obedecen con resignación y, tras intercambiar un par de golpes, se ensalzan en una brutal pelea y tienen que ser separados. El cancerbero los deja en medio del patio, de pie, solos. En la penúltima viñeta, uno de ellos le dice al amigo: "¡Ya verás luego! ¡Te voy a partir la boca!". No se me ocurre alegoría más certera para retratar la España hambrienta y sumisa, la España pávida y resentida de cuando Franco era generalísimo y pechos potentes lo saludaban como el salvador de la patria. Y no hablamos, ni de lejos, de la historieta más atroz.

Todo Paracuellos, el volumen que reúne los relatos que Carlos Giménez (Madrid, 1941) ha dedicado a los purgatorios del período franquista, es un viaje en el tiempo y una exhibición de atrocidades. El retrato es bronco y cavernoso; sería inconcebible un tono diferente. En otra historia, los guardianes de estos Hogares del Auxilio Social exigen echar la siesta a los internos; no obstante, para no ensuciar los dormitorios, los constriñen a hacerlo en el patio, quietos, sin moverse y, ya saben, la hora de la siesta es cuando el sol se lanza en picado sobre la Tierra, y el suelo quema, y los críos deben permanecer marciales incluso en el descanso, firmes, boca arriba, los ojos cerrados, sin moverse ni hablar… La moral nacional-católica alcanzó cotas sublimes en el campo del ensañamiento; los españolitos debían purificarse a través del sistemático apagamiento de los rescoldos más ínfimos de su autoestima. A quienes se hacían pis en la cama los exhibían junto a las sábanas mojadas, mientras repetían: "Soy un meón, soy un meón, soy un meón". En la España rojigualda de cuando entonces se insultaba a menudo, con inspiración y nunca en balde. Nunca en balde.

Además de narrar la cotidianidad con una intensidad fuera de lo común, la fuerza de Todo Paracuellos radica en la amplísima gama de emociones que Giménez le cuelga a unos rostros auténticos, reconocibles incluso en su monstruosidad; pienso en las instructoras de esos hospicios dickensianos que son como arpías con crucifijos al cuello, ¿momias escapadas de sus tumbas?, y rosarios entrelazados en sus dedos exangües. El retrato es necesariamente tremendo, decíamos. A la España franquista, una de las épocas más hórridas de nuestra Historia, cabe imaginarla como aquel manicomio en el que los dementes más peligrosos se hicieron los dueños del lugar. ¿O habría que imaginarla como un lazareto en manos de los leprosos? ¿Un zoo a merced de las fieras? No sé… El caso es que "locura", "enfermedad" o "depredación" son palabras que le cuadran bien.

Todo Paracuellos -un volumen sin desperdicio- ostenta una actitud crítica, insolente y acerba, que coloca a Giménez dentro de una insigne tradición española en donde también están Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán, Manuel Vázquez Montalbán o Rafael Chirbes. El dibujante madrileño ha hecho en el tebeo lo que éstos en literatura: poner la vida española sobre el mantel abierto de una página permeable a la realidad. En estas magníficas páginas abundan los niños que en el momento de decir su nombre, añaden: "Para servir a Dios y a usted", y miran hacia arriba y de reojo, avizores, no vaya a caerles encima una de aquellas hostias con las que los sacerdotes de antaño, devotos de un Dios rencoroso, bendecían a los pupilos. La letra con sangre entra, se decía, e intentaban aplicarlo de manera literal. Los ojos de aquellos niños, los ojos de generaciones enteras tenían que ser forzosamente grandes; los desorbitaba la hambruna, los desencajaba el miedo. La palabra 'miedo' también le cuadra bien a aquella España que dejamos atrás.

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