Olor a espera

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SE publica ¡ya era hora! la poesía completa de Javier Egea en una buena editorial con prestigio y difusión nacional. Le agradecemos a ella y al prologuista su interés por la obra del genial poeta granadino. También a la Fundación Domingo Malagón, sin cuya colaboración seguramente nunca habría podido ver la luz. Lástima que los herederos no comprendieran hace diez años que sin un aporte de este tipo la empresa era casi imposible.

El prólogo de Manuel Rico me parece un ejemplo de imparcialidad, rigor y saber hacer crítica literaria. No en vano, ha colaborado con frecuencia como crítico de poesía en alguno de los mejores suplementos literarios que se editan en España. Valoración general que no impide el que haya algunos aspectos en dicho prólogo que crea necesario puntualizar para contribuir a una mejor comprensión de la obra de nuestro amigo y de las circunstancias que la hicieron posible.

Se interroga Rico -e interroga al lector-, acerca del sorprendente hecho de que Javier Egea no haya sido en los últimos años prácticamente valorado por la crítica ni incluido en las casi treinta antologías de poesía española publicadas en ese período ni tampoco en el volumen 9 de la Historia y Crítica de la Literatura Española, (1992). Lo que resulta sorprendente es que que un crítico como Manuel Rico, colaborador de los principales suplementos literarios y director de una de las más prestigiosas colecciones de poesía se haga esta pregunta. ¿No sabe Rico a estas alturas cómo y por qué se producen estas ausencias? ¿Cómo y por qué se ignoran muchos nombres valiosos y, en cambio, se incluyen otros tantos dudosos? Él mismo reconoce más adelante que no se preocupó de la obra de Javier Egea hasta después de su muerte, al publicarse Contra la soledad (2002).

Sin embargo, Javier Egea no "nació ni creció ni maduró contra el silencio". Desde el primer momento, Javier Egea es reconocido como brillante y arrebatado poeta por sus paisanos y por críticos y escritores de la talla de Aurora de Albornoz, Félix Grande, José Hierro, Rafael Alberti, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Carlos Sahagún, Ricardo Gullón, etc., así como sus libros reseñados en los principales suplementos y en las más importantes revistas de esos años, además de premiados en prestigiosos certámenes como el Juan Ramón Jiménez y el Antonio González de Lama. Del relativo "silencio sobrevenido tras su muerte" sólo son responsables los testaferros de su obra que han tardado once años en publicarla. Las razones del silencio, de la ausencia, de la presunta marginación, las da el propio prologuista cuando define la poesía de Egea, como "inclasficable, perturbadora, extraña, fantasmal, crítica en su sentido más profundo, poesía de la compleja condición humana". Nunca una poesía de este tipo ha sido fácilmente aceptada por los críticos (gacetilleros o académicos) ni por los antólogos.

Es muy díficil que "ya en Troppo mare o en Paseo de los tristes el poeta se aleje de la poesía que escribían sus compañeros de manifiesto", porque cuando Javier escribe el Troppo mare, el manifiesto todavía no ha sido ni siquiera pensado. Javier escribe bajo el magisterio de un discurso que resulta ser un hilo conductor común con las poéticas de los que poco más tarde serán sus compañeros: el magisterio de Juan Carlos Rodríguez. Paseo de los tristes, no sólo no se aleja, sino que es compuesto en medio de las interminables conversaciones del grupo, de las lecturas, aventuras, juergas y conspiraciones, públicas y privadas, compartidas. Basta con examinar con con cuidado la obra compuesta entre 1980 y 1984 por Luis García Montero, Ángeles Mora o Álvaro Salvador, para advertir que está en la misma línea estética e ideológica que la de Javier Egea.

Es cierto que en un momento determinado, la poesía de Javier se aleja de la que podríamos llamar estética dominante de la poesía de la experiencia. En 1987 Javier Egea decide elaborar un texto en el que se intensifique la dimensión visionaria e irracionalista de su poesía, al mismo tiempo que sigue un tratamiento psicoanalítico en Málaga, residiendo en casa de Antonio Jiménez Millán, estudioso y conocedor de las estéticas de vanguardia. Nadie se aleja de Javier en esos años. Su poesía, en cambio, sí, ya que algunos de nosotros pensamos, equivocada o acertadamente, que la poesía necesaria en aquellos años debía acercarse más a los planteamientos machadianos de la otra sentimentalidad que a la aventura experimental.

Javier publica su Raro de luna en 1990, un libro magnífico e inquietante, que aparece en una editorial de primera linea y con el respaldo de Rafael Alberti. Aunque las críticas son buenas, la acogida es fría y Javier no asimila bien la falta de asentimiento, oscilando entre manifestaciones de inseguirdad y otras de rechazo a aquellos que no lo valoran como él cree que debe ser valorado. Tras varios años de sequía creativa y de decepción, comienza la composición, lentísima, de los Sonetos del diente de oro, libro en el que intenta narrar una historia policial, negra, ensartándola en sonetos, recuperando la formalización clásica de sus comienzos, aprendida más en Rafael Guillén y su Pronuncio amor que en ningún otro poeta granadino seudonovísimo, y rellenándola con todo lo aprendido y madurado en los años anteriores. No creo que el alejamiento de Javier estuviese motivado tanto por la decepción de la sociedad poética o por la deriva estética de sus amigos, como por la necesidad de encontrar respuestas para las preguntas que le atormentaron durante toda su vida. Una de las útimas cosas que hizo Javier Egea fue renunciar a un trabajo perfecto en la Casa Museo Huerta de San Vicente de Federico García Lorca. ¿Por capricho? No lo creo. Más bien por desesperación.

El trabajo de Hernández&Alcántara que también contiene este libro es, a mi juicio, completamente prescindible, porque no agrega nada ni al conocimiento ni a la comprensión de la obra de Javier Egea. La nota a la edición es solamente una excusa para verter de nuevo bilis sobre el recuerdo de Javier y mostrarlo como una persona resentida con sus amigos, así como para intentar justificar la torpeza e incapacidad que supone el no haber publicado en once años ni la antología que dejó preparada a su muerte ni tampoco su poesía completa. La misma consideración me merecen las notas a los textos (ni críticas ni filológicas) que a lo largo de ¡noventa y cinco páginas! se incluyen al final del texto.

A la vista de esta edición, pienso qué hubiera ocurrido de estar todavía hoy vivo Javier Egea. ¿Recibiría gracias a ella el reconocimiento que merece, tal y cómo ha ocurrido con otros ilustres "silenciados" que supieron aguantar hasta ser recompensados con el Premio Nacional de poesía o incluso con el Premio Cervantes? Desgraciadamente, nunca lo sabremos.

Javier Egea. Prólogo de Manuel Rico, Ed. de José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García, Madrid, Bartleby Editores, 2011.

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