Pájaro inclasificable

  • Andrew Bird publica 'Noble beast', disco en el que retorna a sus orígenes con mezclas de pop psicodélico y jazz

Sin hacer demasiado ruido, discretamente, como el que no quiere la cosa, Andrew Bird, con ese aire de romántico fuera de su tiempo y de personaje inquietante de obra menor de David Lynch, en los últimos doce años ha ido edificando una discografía envidiable en la que ha revitalizado músicas añejas a las que hasta entonces sólo se habían hecho acercamientos historicistas o arqueológicos.

El músico de Chicago, en cambio, insufla vida al swing de cámara, al jazz primigenio de pasacalles de Nueva Orleans y al folk, aderezado con elementos gitanos, viñetas robadas a los lieder alemanes y cierta impostura de crooner. A todo ello incorpora su violín, un uso preciso del silbido y su voz versátil que lo mismo fríe pop que plancha standards intimistas. De formación clásica con el violín desde pequeñito y miembro de múltiples bandas de ambiciosas propuestas, ha sido bajo su propio nombre como ha conseguido hacerse un hueco entre los aficionados que buscan la música con personalidad más allá de los géneros.

Desde la pleitesía rendida en sus primeros trabajos al tándem Brecht/Weill ha ido virando hacia un preciosismo en el que todo cabe pero cuya apariencia bascula entre el pop y el folk confesional. La habilidad para manipular los sonidos que extrae a su violín también adquiere protagonismo como conductor de un álbum nocturno e introspectivo, sofisticado y literario, que mantiene las expectativas creadas con sus anteriores entregas.

Así encontramos pop crepuscular envuelto en cuerdas, capaz de enfrentarse a las listas de éxitos en un mundo perfecto (la excelente Oh no que abre el disco o Anonanimal), fantasías de psicodelia orquestal (Fitz & Dizzyspells), country-folk para cabalgar por los caminos polvorientos (Tenousness), bucólicas baladas en la tradición de los cantautores tímidos de voz aterciopelada, léase Nick Drake, como Natural disaster o The privateers, o piezas magistrales como la arrebatadora Souverian.

Y todo esto lo consigue sin renunciar del todo a su original proto-swing de los primeros tiempos, como evidencian los múltiples detalles con los que arregla el álbum. Con esta impecable Bestia noble Andrew Bird mantiene elevado el listón y pone otro hito en ese camino que lo convierte en uno de los artistas más audaces e inspirados en lo que llevamos de siglo XXI.

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