Parábola de los dos hermanos

  • En 'El buen Jesús y Cristo el malvado' (Mondadori), Philip Pullman se atreve a hacer una original reescritura de la vida de Jesucristo partiendo de una premisa inesperada: la existencia de un hermano gemelo

"Esta es la historia de Jesús y su hermano Cristo, de cómo nacieron, de cómo vivieron y de cómo murió uno de ellos. La muerte del otro no forma parte de esta historia". Con estas intrigantes palabras se abre la última novela de Philip Pullman, una provocación ya en el título: El buen Jesús y Cristo el malvado. Sin embargo, si fuera únicamente esto, si fuera sólo una bravata, el libro no merecería mayor consideración. El libro es magnífico por motivos más profundos y, para disipar las acusaciones de blasfemia que están espesándose alrededor, convendría insistir en ellos y en que Pullman escribe desde una severa ortodoxia para elaborar, eso sí, una propuesta de una heterodoxia incendiaria.

El novelista no cuestiona que Jesús de Nazaret fuera el Hijo de Dios, al contrario. En este sentido, la novela raya la idolatría. Jesús es sabio y tiene las palabras más acertadas y aceradas para cada ocasión. Jesús hace milagros. Pero no se considera el Mesías, sino un humilde profeta; o sea, dice ser lo que el pueblo judío dijo que era. Philip Pullman sigue de cerca el relato de los Evangelios, aunque concediéndose algún inusitado aditamento, como que Jesús tuviera un hermano gemelo a quien María habría llamado Cristo -una palabra griega que significa "El Ungido"- pues, al nacer en Belén, unos pastores guiados por unos ángeles y unos magos venidos de Oriente lo señalaron como tal. Ambos hermanos crecen juntos, pero son de naturaleza y carácter opuestos. Jesús es fuerte y vitalista, un buen hombre, que ayuda al padre en la carpintería. Cristo, de físico delicado y ánimo calculador, vive para el estudio y está convencido de ser aquél al que el pueblo de Israel aguarda. Pero cuando acuden al río Jordán para recibir el sacramento del bautismo de manos de Juan, éste reconoce en Jesús al Mesías, no en él. ¿Y si pastores y magos hubieran señalado al niño equivocado?

A pesar de la premisa del título, que parece resumir la trama, El buen Jesús y Cristo el malvado es mucho más que este enunciado paradójico y encierra hallazgos y propuestas apasionantes. A propósito de estos dos hermanos, Manuel Rodríguez Rivero habló de "una especie de Jekyll y Hyde galileos", y no iba mal encaminado, aunque el desdoblamiento no tenga la función de destilar el Bien y el Mal en personas distintas. Así planteada, la ficción habría sido burda. El personaje llamado Cristo no es exactamente "malvado"; reconoce en su hermano al Hijo de Dios y le reconoce, además, virtudes que él no posee. Al igual que Jesús, Cristo cree en el inminente advenimiento del Reino de Dios, y diseña un ambicioso plan para llevar este reino a los últimos confines del orbe. Jesús no secunda este proyecto; el Reino de Dios debe ser una semilla en el corazón de las personas, no un imperio terrenal; no debe ser "como un palacio con paredes de mármol y suelos lustrosos y guardias apostados en la puerta, sino como un árbol de raíces profundas que acoge a todo tipo de aves y bestias, y que da flores en primavera y sombra en el verano abrasador y fruto, y que con el tiempo cede su sólida y buena madera al carpintero".

Philip Pullman se decanta por un estilo sencillo y unos capítulos brevísimos que evocan los de las Sagradas Escrituras. Este planteamiento invita a interpretar la novela en clave de parábola. ¿Quién es Jesús en este relato? El hombre que fue Hijo de Dios. Entonces, ¿quién es Cristo? Lo que el cristianismo hizo del hombre que murió en la cruz. ¿Y a santo de qué el desdoblamiento? Cabría interpretarlo en estos términos: al llevar adelante una misión, todo hombre debe sacrificar una parte de su persona. O cabría interpretarlo de estos otros: ningún hombre, al llevar a las gentes un mensaje, sabe qué harán con sus palabras... A través de la ficción, Pullman mete el dedo en la llaga -una expresión heredada de los Evangelios, por cierto- y plantea con finura un antiguo debate: ¿La iglesia que vino a continuación, la que hizo suya la palabra de Jesús, habría satisfecho a éste?

Desde Rey Jesús de Robert Graves hasta El Evangelio según Jesucristo de José Saramago, pasando por La última tentación de Cristo de Nikos Kazantzakis o, en fecha más reciente, Jesuá de Carlos Almira, la vida de Jesús de Nazaret sigue siendo una fuente de inspiración en nuestros días. La historia más grande jamás contada está lejos de ser una historia agotada.

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