Entre Pasolini y Berlusconi

Drama, Italia, 2010, 98 min. Dirección: Daniele Luchetti. Intérpretes: Elio Germano, Raoul Bova, Isabella Ragonese, Luca Zingaretti, Stefania Montorsi, Giorgio Colangeli, Alina Berzunteanu, Marius Ignat. Guión: Daniele Luchetti, Sandro Petraglia, Stefano Rulli. Música: Franco Piersanti. Fotografía: Claudio Collepiccolo.

Italia, una parte de Italia, debe ser víctima de Berlusconi en un doble sentido político y televisivo. El gobierno del Cavaliere y su modelo televisivo parecen haberle afectado por igual, como si el país fuera un espejo en el que al mirarse Berlusconi se reflejara una cierta mayoría social italiana y al mirarse esta mayoría se viera a Berlusconi. Tal para cual. Imposible saber quién ha hecho a quién. Tal vez por eso tantos italianos le siguen votando contra toda razón y toda evidencia, mientras su modelo televisivo arrasa.

Esta película pretende ser una dura crítica a la Italia actual pero naufraga porque está contaminada por los modos y las modas de esa Italia actual que pretende criticar. Su antiberlusconismo (en el sentido de lo que Berlusconi representa políticamente) está desgraciadamente teñida de berlusconismo televisivo. Basta la hortera y grotesca secuencia del funeral para desactivarla como crítica y llevarla al terreno de los insinceros excesos emocionales de los reality o telerrealidad. En esta Italia berlusconizada, berlusconiana o infectada de berlusconitis estamos necesariamente a años luz del neorrealismo, ya sea en su primera (Rossellini, De Sica, Visconti), segunda (Antonioni, Fellini) o tercera (Pasolini, Rosi, Taviani) oleada. Como la mayor parte del actual cine europeo, Italia vive un tiempo de bajitos que pueden parecer altos porque desaparecieron los gigantes. Daniele Luchetti es uno de ellos. El guión, escrito por él, el veterano Sandro Petraglia (próximo al universo Moretti, del que recuerdo Matti da slegare, Julia y Julia y Pasolini, un delito italiano) y Stefano Rulli (autor junto a Petraglia de la popular serie televisiva La piovra) es pésimo en su esquematismo.

Un buen trabajador de la construcción y excelente padre de familia se convierte en chantajista tras una tragedia familiar. Primero encubre un accidente laboral en el que perece un inmigrante sin papeles y después lo explota. Los personajes son marionetas guiadas por los hilos de una voluntad de denuncia simplificadora y una intención de redención aún más simplona. Las acciones no se desarrollan y los personajes cambian de carácter sin razón alguna: de explotados a explotadores, de honrados a canallas. Y no les cuesta trabajo recorrer el camino inverso para redimirse. Los idealizados retratos de la familia o de los amigos lumpen están simplificados hasta quedar reducidos a estereotipos. El tono que le da Luchetti (realizador irregular que dio lo mejor de si mismo en Mañana sucederá, La voz de su amo y Mi hermano es hijo único) se sitúa entre los dramas suburbiales de Loach y la telerrealidad. Muy lejos del Pasolini al que a veces invoca en vano: la apariencia realista oculta un discurso blando que falsea la realidad para que todo encaje bien. Desmedida interpretación de Elio Germano, tal vez por eso premiada en Cannes, que está bien en las escenas cotidianas y exagerado en las dramáticas. Ha tardado tres años en llegar, pese a sus premios. Si no hubiera llegado nunca, no habría pasado nada.

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