Peones de marcado/jaque del actor

Autor: David Mamet. Producción: Teatro Español. Intérpretes: Carlos Hipólito, Ginés García Millán, Alberto Jiménez, Andrés Herrera, Gonzalo de Castro, Jorge Bosch y Alberto Iglesias. Versión y dirección: Daniel Veronese. Lugar: Teatro Alhambra. Fecha: sábado, 20 de febrero de 2009.

Dice Roma, uno de los comerciales de venta de los terrenos Glengarry en Florida, que una de las cosas a las que más le costó acostumbrarse es a soportar el vago olor a mierda incrustado en todo vagón de tren. Mamet inventa en Glengarry Glen Ross un pieza en la que somete al espectador al mismo proceso: muestra a un grupo de peones del mercado, vendedores de una oficina inmobiliaria, hechos ya a las reglas sin escrúpulos y al juego sucio (precariedad laboral, competitividad extrema y maximización del beneficio) de esa mierda común a todo mercadeo -y sociedad- capitalista; vagón en el que viajamos todos.

En versión de uno de los autores y directores más sobresalientes de esa meca teatral que es Argentina, Daniel Veronese, con producción cuantiosa del Teatro Español y un elenco de actores 'de lujo', porque reúne pesos pesados de la interpretación, pero también y cuidado, su comercial y artísticamente vacuo gancho televisivo; nos llega Mamet a Granada, con dos tráiler cargando la ampulosa escenografía; como si nos dijeran "a todo lujo para un clásico".

Lo fascinante y placentero de este Glengarry Glen Ross es la partida sabrosa de interpretación a la que asistimos y se nos convida: el teatro de actor (es importante decir que es de actores y no de texto) que impone su inmediatez, el aquí y ahora rotundo del personaje, el actor al que el espectador acompaña gustosamente por encima de todo un resto (el amasijo de expectativas, prejuicios, pensamientos que singularmente es cada espectador), la forma magistral en la que reproduce un diálogo -mil veces ensayado- y suena a palabra dicha por primera vez, la tensión emocional que transmite la estaticidad justa en una escena coral o el gesto mínimo de un actor en silencio. Los peones de mercado de la obra de Mamet, se tornan en meticulosos peones de la escena bajo la dirección delicada y escrupulosa de Veronese.

La escenografía que recrea los dos espacios donde transcurre Glengarry (un restaurante chino y la oficina de la inmobiliaria) es uno de los pocos ejemplos de cómo una opulencia escenográfica se vuelve visible e invisible, según convenga a la dramaturgia. Siempre deja ver por encima de todo al personaje, no emborrona la atención nunca, apunta el lugar de forma realista pero detalla una atmósfera (putañera en el chino, algo cutre y anticuada en la oficina)

Montaje placentero, que no conmueve pero deleita, atrapa y despliega todo el lujo de un buen texto, articulado desde la dirección como una magnífica partida de interpretación.

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