Pilar López: la dignidad exigente

  • Fallece a los 95 años la bailarina y coreógrafa que revolucionó el baile flamenco y que mantuvo viva la llama de García Lorca

Adiós al ojo clínico del flamenco. La bailarina y coreógrafa Pilar López, hermana de la legendaria Encarnación López Júlvez La Argentinita, falleció ayer en Madrid a la edad de 95 años. Pilar López fue el referente de figuras como El Güito, José Greco, Elvira Real, Mario Maya o Antonio Gades. No se sabe cómo sería la danza flamenca de no haber existido una mujer parapetada los últimos años tras unas gafas de sol. Fue una adelantada absoluta en el paso de las coreografías de cartón piedra -el peplum flamenco- a las vanguardias estéticas. Fue la primera, como en tantas otras cosas, en revolucionar la estética de la danza con cámaras oscuras. También protagonizó en 1952 el estreno absoluto para ballet del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y los Preludios de Debussy, algo que le rondó mucho tiempo y que tuvo un resultado asombroso.

Pero también fue uno de los últimos personajes que compartieron madrugadas, risas y confidencias con Federico García Lorca. Junto al recientemente fallecido Pepín Bello, mantenía todavía en color la imagen del poeta de Fuente Vaqueros, ese amigo que un día le escribió: "Es arquitectura, inteligente y apasionada, brisa de mar". Y, aunque estricta en la danza, dejaba escapar su profunda humanidad al referirse a Bello, su otro amigo del alma, a quien llamaba "mi osito".

Durante su gira norteamericana, entre 1940 y 1945, actuó junto a su hermana con las orquestas de Filadelfia, Chicago, Boston y San Francisco, y uno de sus mejores momentos fue el estreno en 1943, en el Metropolitan de Nueva York, con la coreografía de El Café de Chinitas, inspirada en una canción de Federico García Lorca y decorados dalinianos que aún hoy permanecen perdidos.

Pero Pilar López ya aparece a finales de la década de los veinte en discos de pizarra donde ella, que era más flamenca de voz que su hermana, cantaba temas como Lola la Cartujana o Madrid corazón de España acompañada por orquesta. En aquella época era Pilar, a secas, y en los carteles de El amor brujo, de 1933, ponía 'hermana de la extraordinaria Argentinita'. También estrenó en aquella época una obra basada en Yerma. Lorca de nuevo.

Unida a su hermana viajó a Argentina en 1935. Juntas empezaron en el Teatro Colón de Buenos Aires, con una lluvia de ovaciones, su gira iberoamericana de algo más de un año y que les llevaría a Chile, Brasil y México. Regresaron a España unos días antes de la rebelión militar que desembocó en la Guerra Civil, y optaron poco después por trasladarse a Argelia, París, Londres, Bélgica y Holanda.

La muerte de La Argentinita en Nueva York el 24 de septiembre de 1945 hizo que Pilar regresara a España con los restos mortales de su hermana para darles sepultura, y a finales de los 40, montó su propia compañía, que se estrenó en el Teatro Gran Vía con El sombrero de tres picos, hasta entonces sólo interpretado por Léonide Massine, el sucesor de Nijinsky, y los ballets rusos.

En Argentina estrenó y cantó por primera vez La paloma de Rafael Alberti dentro de un espectáculo llamado Suite argentina. Rafael Alberti se sentaba en el palco durante las representaciones y le hizo un cuadro inmenso que todavía perdura en la casa madrileña de la artista.

Pilar López paseó su arte en los años 50, 60 y primeros de los 70 por todo el mundo y, como testimonio cinematográfico, dejó su versión de Pepita Jiménez, de Albéniz, una joya que está grabada en la película Duende y misterio del flamenco de Edgar Neville, donde hace tres números impresionantes. Momentos estelares de sus giras fueron también la que hizo en Oriente Medio y Japón, o su actuación ante la Reina Isabel II de Inglaterra. Pilar dejó de bailar en 1974 y se jubiló en 1982. Sólo retomó la actividad en contadas ocasiones, como revisar los pasos del Concierto de Aranjuez que protagonizó el Ballet Nacional Español de Gades (1979).

Pero, además, fue maestra de maestros. Cualquier bailaor de los últimos treinta años que aspirara a ser alguien en el flamenco debía pasar por un comité de sabios integrado por una sola persona: Pilar López. El bailaor del Sacromonte Manolete, uno de sus grandes discípulos, recuerda que le llamaba "Cristito". Era el más joven de una generación de bailaores que encabezaban Mario Maya y Antonio Gades. "Ella no hablaba de flamenco, hablaba de danza, de música", recuerda Manolete. "Era exigente, siempre, como los maestros de antes, y yo yo no sería el mismo de no haber pasado por sus manos". Ella moldeó a los grandes. "Le gustaba mi casta, me decía que no perdiera mi sello de las cuevas, me dejaba que me expresara tal y como yo era pero me daba los cepillazos". Y sabía qué cepillazo dar a cada alumno. No quería hacer clones de sus bailaores. "A uno le iba más el brazo arriba, a otro una pose determinada... Al menos para los hombres, ha sido la más grande entre los grandes", recuerda el artista del Sacromonte. "Sin perder la ortodoxia sabía moverse con los ojos, con los brazos, metía los pies en su sitio". Escuchar un olé de ella era lo máximo. En el homenaje a Gades en la Zarzuela escuchaba: "Mi Cristito, muy bien, nunca pierde la postura". "Eso te sube, es lo más bonito que le podía suceder a un bailaor".

Muy vinculada a Andalucía, recibió la Medalla de Oro y fue galardonada con el título de Maestra del Baile por la Bienal de Sevilla. Medalla de Oro del madrileño Círculo de Bellas Artes (1982), Lazo y Cruz de Dama de Isabel La Católica, (2002) y Premio Max de Honor de Artes Escénicas (2006). Casada con el músico y director de orquesta Tomás Ríos, poseía una rica biblioteca comprada por su hermana al poeta andaluz Fernando Villalón. Una muestra más de una artista poliédrica en una época en la que las mujeres tenían sólo un perfil.

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