Pongamos que hablo de Morente

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Enrique Morente cantó Pongamos que hablo de Madrid en el programa Séptimo de caballería con Joaquín Sabina como el palmero más entregado -y con menos compás- que tuvo nunca el cantaor. Y de los dos finales de la canción se decidió por entonar "cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací". Y en ese Sur, concretamente en el Palacio de los Condes de Gabia, se reunió ayer Sabina con Luis García Montero para recordar al cantaor en el ciclo Maneras de contar de la Diputación. "Tengo una buena y una mala noticia", comenzó 'el más oscuro de los dos'. "La buena es que yo no voy a cantar. La mala es que a lo mejor lo hace Luis". Y efectivamente, acabó cantando el poeta. "Yo quiero tener un millón de amigos", entonó García Montero cuando la conversación derivó hacia las bondades y maldades de Facebook.

El acto navegó por todas las geografías del cantante y el poeta,con el primero ejerciendo de Sabina y el segundo encajando como un fajador los directos de su parteneire, "Recuerdo cuando a comienzos de los 80 iniciamos la Colección Maillot Amarillo porque Juan Vida y yo éramos muy aficionados al ciclismo", comenzó el autor de Vista cansada. "Lo que os gustaba era el dopaje", interrumpió el de Úbeda con una sonora carcajada, bordando su caricatura. "Bueno, no tanto como a ti", zanjó el poeta.

Ambos coincidieron en resaltar el carácter "desprejuiciado" de Morente y tiraron de anecdotario para retratar a plumilla al cantaor. García Montero evocó un acto del Partido Comunista en los setenta al que acudió a cantar Morente con Manzanita a la guitarra. Este, al ver una foto de Marx y otra de Lenin, preguntó a Morente quiénes eran. "Dos bailaores antiguos muy famosos", respondió.

El acto estuvo presentado por Tato Rébora, propietario del bar La Tertulia y director del Festival de Tango de Granada. Rébora quiso mostrar el lado solidario de Morente cuando se ofreció a cantar en una edición que tenía presupuesto cero. "Por eso precisamente no fui yo, porque tenía presupuesto cero", le interrumpió el follonero de la velada. En el ambiente de barra de bar que consiguieron crear, el autor de Princesa quiso hacer un guiño a su artista preferido, Leonard Cohen, al que fue a ver a su último concierto en Barcelona. "No saben ustedes lo difícil que es llevarle a un concierto", terció imprudente García Montero. "Y tanto, muchas veces no voy ni a los míos", concluyó con gatillo fácil el cantautor, que no fue el único capaz de reírse de uno mismo a carcajadas. Cuando Rébora inició un monólogo sobre el milagro de la ciudad, de encender un interruptor y que se encienda una bombilla, el poeta se hizo un guiño. A él y a sus críticos. "Igual de milagroso que levantes la mano y pare un taxi", dijo en referencia al verso en el que dice: "Tú me llamas, yo cojo un taxi". Con la conversación desbocada, el poeta recordó que Borges decía que el único que le caía bien era Francisco Ayala. "Pero Bioy Casares era bastante más follador que Ayala", interrumpió Sabina. "Bueno, Ayala con más de 90 años me decía que, a esa edad, es mejor no dejarlo", concluyó García Montero arrojando luz sobre la vida sexual del pudoroso escritor granadino.

Y tras tomar fuerzas con un sorbo de Moët & Chandon, el escritor quiso compartir una anécdota de los veraneos compartidos en Rota. Sabina, cansado de que Luis y el resto de compañeros se acostaran demasiado temprano -sobre las seis de la mañana- , descubrió a un vecino bastante comisario y bastante "fachón" que a esa hora tenía siempre las luces encendidas. Así que se hizo íntimo amigo e incluso fueron a cenar a su casa. Y el comisario, enaltecido, comenzó a hablar de Queipo de Llano mientras Almudena Grandes, mujer del poeta, olvidaba el bronceado para ponerse blanca. "Un momento, que los dos bandos tuvieron sus razones", terció Sabina para destensar el ambiente "y para no quedarse sin compañero de copas". Y al final del encuentro todos felices. Sobre todo una azafata que se encontró con el cantante entre bambalinas en un momento en el que abandonó un minuto el escenario. Estaba orinando. "Acabo de vérsela a mi ídolo", decía admirada... de verle en la intimidad.

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