Pons pone a la ONE a prueba

El honor reservado a la Orquesta Nacional de España de inaugurar el Festival, bajo la dirección de Josep Pons -recordando aquellos tiempos en que tantas veces lo hizo- no era una mirada al pasado superado, sino un reto que el programa sometía a la orquesta con obras no frecuentes en estas sesiones de Messiaen, Wagner y Richard Strauss. Messiaen, por ejemplo, tiene que estar presente obligatoriamente en su centenario y las cuatro meditaciones sinfónicas de L'Ascensión definen muy bien ese mundo espiritual, en contacto también con la Naturaleza, como ocurre en la sinfonía Turangalïla, que aunque esté delimitado al homenaje a 'su' divinidad, no deja de ser una partitura demasiado artesanal técnicamente.

Para buscarle su grandeza interna -las Alelullas serenasde un alma que aspira al cielo, por ejemplo- hay que sobrepasar una lectura correcta y fría en la que se quedó Pons y la ONE.

Otra cosa fue el Wagner, siempre cercano en los conciertos, aunque sea a través de fragmentos de sus óperas. La música fúnebre de Sigfrido tuvo grandiosidad y elocuencia en los metales poderosos de la ONE, cimentados en una cuerda excelente. La voz, primero dubitativa de Janice Baird, en el final del Acto III del Ocaso de los Dioses, y luego superando las limitaciones espaciales, adquiriendo su intensidad dramática, fue complemento importante de una noche difícil para conjunto, director y solista. Todos salieron airosos, quizá por que, por sí misma, la música de Wagner, a poco que se la mime y que cuente con elementos tan singulares como los que tiene la ONE, triunfa y atrae a todos los públicos por su rotundidad mayestática.

Pero donde creo que Pons y la ONE tuvieron una mejor identificación, sobre algunos desajustes poco importantes, fue en el poema sinfónico Así habló Zaratustra. Aunque Richard Strauss defendía la música programática, no dejó siempre de subrayar que el programa podría valer de apoyo, de sugerencia, porque la traducción musical es otra cosa. Este poema musical no es, como falsamente se ha dicho y se sigue diciendo, un edificio sonoro sobre la filosofía del 'gran hombre' de Nietzsche -los críticos de su momento vieron este aspecto ridículo-, sino una traducción musical libre de una especie de optimismo sinfónico sobre la búsqueda, frustrada, del 'superhombre' que acaba siendo, en el sentido de Strauss, el del suspiro final, después de tantas exaltaciones rítmicas, grandiosidades, opulencias y contrastes que, como en todos los poemas sinfónicos de Strauss, lo que encontramos es un talento portentoso para transmitir a la orquesta todas las posibilidades de lucimiento, de virtuosismo y de honradez, sobre un argumento que el tiempo oxida.

Pons subrayó, en general con acierto, esos momentos grandilocuentes y emotivos, desde los comienzos -tan populares hoy por la utilización que hizo Kubrick para su odisea espacial cinematográfica- hasta el Canto del sonámbulo. Y, entre tantas pruebas para una orquesta, entre alegrías, pasiones, reflexiones que trasmiten metales, maderas, cuerdas o percusión, director y la vieja, pero renovada ONE, supieron cerrar una jornada notable, en un programa no precisamente fácil ni convencional.

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