"Rasputín es el gran villano de la Historia junto a Hitler y Judas"

  • La novelista de origen uruguayo, que vivió en la URSS en los setenta, bucea en la historia del fin de los Romanov en su nuevo libro

El día que comenzó la Revolución Rusa, el zar Nicolás II anotó en su diario: "Hoy tengo muchas ganas de jugar al dominó". Es una de las anécdotas que muestra Carmen Posadas en El testigo invisible, en el que recrea los últimos días de la familia Romanov y que ayer presentó en la Feria del Libro.

-El protagonista indirecto es Leonid Sednev, el criado de los Romanov, que de haber televisión en aquella época se habría sacado un dinerito en 'Sálvame'.

-El libro empieza así, si los criados hubieran escrito libros con páginas de la historia serían mucho más interesantes de los que hay actualmente. Los criados son testigos invisibles, los señores cuentan las intimidades más grandes delante de ellos sin darse cuenta de que tienen delante a otras personas, son como muebles. Puede ser algo clasista pero sigue sucediendo, los taxistas por ejemplo son invisibles.

-¿Un antimonárquico puede llegar a tomarle cierto aprecio a Nicolás II si lee su novela'?

-El pobre tenía un montón de rasgos redentores, era un padre maravilloso, un marido perfecto, una persona generosa y bienintencionada. Pero como dice el epígrafe del libro, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. La zarina era una madre entregada a su familia y adoraba a su marido, pero era una mujer muy poco inteligente y, además, tenía un defecto que yo comprendo muy bien, una timidez enfermiza. A mí de chica me pasaba igual, me miraban y me tiraba encima la Coca-Cola y tartamudeaba. Ella tenía también ese tipo de timidez, y esto se confunde en muchos casos con altivez y arrogancia, más aún si eres zarina de Rusia. El mundo pensaba que era una mujer antipática, pero en realidad era una gran tímida.

-Dice que vivir en Rusia le ha servido para saber cómo eran Nicolás II, la zarina y Rasputín. ¿Cómo eran en la intimidad? ¿Tienen mucho que ver con la imagen que nos ha llegado de ellos casi un siglo después?

-Quería retratarlos con luces y sombras porque cuando alguien escribe una novela sobre un hecho histórico suele tomar partido, si este le cae bien va a quedar fenomenal en el libro, pero ajusta las cuentas con el que le cae mal… Yo no quería eso, pretendía que fuera el lector el que sacase sus propias conclusiones. Lo que he procurado hacer, con toda la documentación a la que he tenido acceso, es contar todo lo bueno y todo lo malo para que el lector se forme una opinión.

-Ha tenido acceso a documentos secretos desclasificados que implican a Inglaterra en el asesinato de Rasputín. Al final va a resultar que las teorías conspiranoicas sobre el intento de asesinato de Juan Pablo II y otros muchos casos tienen a los servicios secretos detrás…

-No soy muy partidaria de estas teorías, pero este caso está tan bien documentado que me lo creo. La historia que contó su asesino ahora se sabe que no sucedió exactamente así. Los servicios secretos británicos se montaron tres años antes de la muerte de Rasputín y el jefe, que se llama Cumming, es el personaje en el que se inspiró Ian Fleming para el jefe de James Bond, el famoso M, que en realidad era este Cumming. La tradición dice que el asesino de Rasputín le envenenó con unos pasteles, al ver que no surtía efecto le descerrajó dos tiros y, como resistía vivo, le pegó con una cachiporra y le tiraron al Neva.

-Hace unos años se montó una exposición en San Petesburgo con una pieza estrella, el pene embalsamado de Rasputín. ¿Por qué sigue generando tanto interés su figura?

-Es uno de los grandes villanos de la historia, con Hitler y Judas es de lo peorcito. Y sin embargo nunca mató a nadie, hay villanos que puntúan más algo para entrar en ese club. Es verdad que era una persona muy maquiavélica , pero tenía una gran intuición. De hecho predijo todo lo que iba a pasar.

-¿Se movía por ambición?

-Era capaz de lo mejor y lo peor, no tenía ambición política, sólo buscaba satisfacer sus pasiones, que eran las mujeres y la farra. No le movía el dinero, más bien la sensación de mover los hilos.

-Al escribir la novela, ¿se alegró cuando fusilan a los Romanov con la revolución bolchevique en el horizonte o sintió pena?

-Las dos cosas, por un lado dices "cómo puedes ser tan tonto y hacerlo tan mal". Pero es que no era consciente de lo que estaba pasando. Cuando toman la Bastilla en la Revolución Francesa, Luis XVI sólo escribe una palabra ese día en su diario: "Nada". No se había enterado de nada. Y el día que empieza la revolución en San Petesburgo Nicolás II escribe en su diario: "Tengo muchas ganas de jugar al dominó".

-Vivió en Rusia en la década de los setenta. ¿Se sonreía cuando llegó a España y algunos seguían poniendo a la URSS como un modelo a seguir?

-Cuando nosotros vivíamos en Rusia, Agnelli, el dueño de la FIAT, incentivaba a sus obreros y como regalo les ofrecía un viaje a Moscú para que vieran lo que era el paraíso del proletariado. Entonces se le quitaban todas las veleidades.

-Como escritora, su página semanal en un suplemento le ha hecho todavía más cercana a sus lectores, ¿le ha hecho perder el halo de misterio?

-Hay cantidad de gente que me enseña artículos que les han ayudado en algún momento de sus vidas. En una ocasión, una señora me dijo que un artículo mío sobre los ex se lo había mandado al suyo porque era justo lo que pensaba.

-Si se habla de Carmen Posadas todo el mundo sabe que ganó el Planeta, pero a lo mejor nadie sabe que un escritor determinado tiene el Cervantes…

-En mi vida hubo un antes y un después, ahora estoy traducida a 23 idiomas y se lo debo al Planeta.

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