El viajero apasionado

Reducto de tradiciones

  • Viajeros e intelectuales como Jean Christian Spahni y Pedro Antonio de Alarcón han mostrado su fascinación por el pequeño pueblo de Murtas

Jean Christian Spahni describió en La Alpujarra, Andalucía Secreta su "escapada a una región de carácter completamente distinto, a un país atormentado, sin indulgencia, de una dolorosa belleza". Existen testimonios de las visitas del escritor suizo a Murtas en los años 50, para recoger información sobre sus modos de vida y con motivo de su amistad con el articulista natural del municipio Francisco García. Admitió, sin pudor, el amor hacia estas tierras y, sobre todo, quedó admirado y apasionado por la singularidad del trovo, práctica muy arraigada entre los murteños, producto del 'arte de repentizar', del que dijo el arqueólogo que era "un folklore milagrosamente conservado intacto". Murtas también expresó su afecto hacia el etnólogo nombrándole hijo adoptivo y ciudadano de honor.

El insigne autor Pedro Antonio de Alarcón también residió en Murtas y comparó esta localidad a algún pueblo de "Castilla la Vieja".

Esta localidad se encuentra situada en el sureste de la provincia de Granada, en la comarca de las Alpujarras, subcomarca de La Contraviesa. Los tres núcleos que la componen son Cojáyar, Mecina Tedel y Murtas, capital del municipio.

Murtas, que procede de mirtux (mirto o arrayán), está asentado en la falda de su célebre Cerrajón. Aunque son múltiples las posibilidades de rutas en contacto con la naturaleza, es imprescindible el acceso al pico más elevado de La Contraviesa (1.507 metros de altitud), desde donde se divisan Sierra Nevada, Gádor o la Costa.

Dicen que quien no ha subido al Cerrajón de Murtas no ha visto la Alpujarra. En sus entrañas, existen unas cuevas que suponen un gran atractivo para los aficionados a la espeleología, como la de la Gotera o la del Patio. Según los mayores, nadie ha logrado llegar al final de ésta, ya que antes se ha agotado la batería de su linterna.

Muy recomendable es la ruta entre calles de Murtas que, con una forma en planta de media luna asentado sobre media ladera de apreciable pendiente, existen casas de planta rectangular, de dos o tres alturas, construidas en mampostería enfoscada, con cubierta plana o un agua. En la actualidad conviven con otras construcciones 'modernas'.

Sorprende a primera vista el tamaño de su iglesia, el edificio más monumental de Murtas. La Iglesia de San Miguel es uno de los templos más grandes de la Alpujarra. De estilo neoclásico, fue diseñada por el arquitecto Domingo Tomás y ejecutada bajo la dirección de Francisco Aguado entre 1796 y 1806. Su cubierta de tejas rojas destaca y sobresale entre las casas. Se dice que fue un obispo, hijo natal de Murtas, quién mandó su construcción, en unos tiempos en los que el municipio tenía una gran importancia económica, social y religiosa.

En la iglesia existen dos filas, en la derecha se sientan las mujeres, en la izquierda los hombres, costumbre que aún se mantiene. No es más que una de las expresiones que hacen que dé la sensación de que el tiempo aquí se detuvo hace años, que se acrecienta con el silencio sepulcral que reina en sus callejuelas, muchas de ellas empinadas, casas con tinaos, puertas y ventanas antiguas, testigos mudos de un pasado glorioso.

El Lavadero, del siglo XVII, es otro de sus tesoros escondidos. Así como el Cementerio de la Ermita de la Santa Cruz y algunos restos del Castillo de Juliana.

Los vecinos se sorprenden de encontrar viajeros que se acerquen al pueblo y, con su característica hospitalidad, enseguida invitan a guarecerse de la lluvia o a servir de improvisados guías. "Cuando se celebraron los trovos, ahí sí vino gente", exclaman. Su incomunicación sigue estando presente, ya que tan sólo hay un autobús diario que les conecta con la capital, que sale a las 6.30 de la mañana y tarda más de tres horas.

Otra sensación que acompaña al viajero nada más entrar en Murtas es su desolación. Al mediodía, los vecinos que se oyen pero apenas se dejan ver, salen de sus casas para comprar el delicioso pan que se elabora en la panadería del pueblo, muy cerca de la iglesia.

Los motivos son varios: por una parte, el creciente abandono por parte de los empadronados en el municipio, "un 60 por ciento con residencia habitual en la Costa de Almería", según uno de los vecinos.

Ante el miedo a su total desaparición por el despoblamiento, hay que recordar con esperanza cómo Murtas se ha reinventado a sí mismo a través de la historia. En la época de la rebelión de los moriscos jugó un importante papel, por lo que fue castigado con la expulsión de los sublevados. Gentes de Castilla, Galicia y Asturias repoblaron estas tierras, donde en el siglo XIX despertó una próspera industria de vinos y sedas.

Por otra parte, una murteña que vive a caballo entre la capital y Murtas, lugar que vio nacer a sus antepasados, ofrece otra explicación personal al hecho de que no se vea un alma por el pueblo y que los que pasen lo hagan como un suspiro. "A la gente le gusta estar en sus casas". También comenta cómo quizá es la única mujer que se atreve a salir de su caserón sin delantal, costumbre muy extendida en el pueblo.

Algunas de las tradiciones perviven. En ocasiones, se han teatralizado por los propios vecinos momentos de la historia reciente de Murtas, como cuando los trabajadores del campo se divertían después de una dura jornada con sus trovos, o la pedida de mano de alguna buena moza del pueblo. No es más que una recreación de un pasado cercano que ha dejado sus huellas en un lugar donde el tiempo se ha detenido.

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