Retrato de familia 'all-american'

Referencia inevitable de la nueva comedia norteamericana, heredero de la cara de circunstancias y el permanente fuera de juego del veterano Bill Murray, a Steve Carell lo hemos visto como patético hermano suicida en la exitosa Pequeña Miss Sunshine, como improbable maduro virginal y freakie en la desternillante Virgen a los cuarenta, también como tipo corriente con poderes sobrehumanos en Como Dios y su secuela; y pronto lo veremos como émulo de Don Adams en la versión cinematográfica de las aventuras del Superagente 86 creado por Mel Brooks para la televisión.

Como la vida misma se articula de nuevo en torno a la particular comicidad física de Carell, cuya indumentaria sport (o chándal) y sus gestos patosos (véanlo bailar) siguen siendo evidentes protagonistas estelares de una película que, inicialmente, aspira a integrar elementos de drama y de comedia romántica con un cierto aire adulto que la distingue de sus trabajos preexistentes. Carell interpreta aquí a un columnista de prensa viudo que briega con sus tres hijas y una prototípica familia all-american con la inevitable costumbre de reunirse en las fechas señaladas para celebrarse a sí misma y pasárselo en grande practicando toda clase de juegos colectivos.

Lo que arranca como interesante retrato de costumbres salpicado de humor, se adentra pronto en el peligroso terreno de la repostería con sabor a discurso conservador y tontorrón, apenas salvado por las ocasionales salidas de tono de Carell y por la más que estimulante (y, por otro lado, descompensada) presencia en el elenco de una Juliette Binoche que parece querer probar experiencias nuevas después de dejar su elegante sello en el mejor cine europeo de autor.

La mezcla de tonos y acentos se salda con un filme desigual y fallido al que le sobra blandura y mensaje conciliador y le falta una mayor explotación de las infinitas posibilidades de Carell para reventar todas y cada una de las escenas familiares con un toque de excentricidad o una pizca más de mala leche. Son apenas esos contados instantes de locura los que nos redimen de la previsible y mecánica deriva sentimental de una película que, a pesar de sus intentos, acaba resultando tan infantil y plana como tantas otras comedias familiares a la americana.

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