'Rhythm & blues' Babilonia

Para la música popular moderna, los años 50 y los 60 fueron milagrosos por la cantidad de talento que, partiendo de la revolución americana del rhythm & blues y el rock & roll hasta llegar a la eclosión de los gigantes ingleses -Beatles y Rolling-, pasando por la eclosión Soul y el nuevo country-folk, se puso al servicio de una industria (o, más bien, puso la industria discográfica a su servicio) que jamás volvió a ser capaz de vender a tantos tanta gran música compuesta e interpretada por tan grandes talentos.

En el origen de todo, como uno de los fundadores, está la figura de Muddy Waters, tan auténtica en sus raíces del blues sureño que su voz fue grabada por primera vez cuando trabaja en un campo de algodón por el folclorista Alan Lomax, el más grande recopilador de música popular del siglo XX. Tras marcharse a Chicago en 1943 y fracasar en su primer intento discográfico con Columbia -el disco se grabó pero no se editó- Waters grabó en 1949 su primer disco con el pequeño sello Aristocrat: I can't be satisfied. La discográfica era propiedad de los hermanos Leonard y Phil Chess, dos judíos polacos que habían llegado a Estados Unidos en 1928. En 1950 le cambiaron el nombre de Aristocrat por el de Chess Records y Waters grabó para ellos Rollin'Stone. Era el inicio de una fulgurante carrera de éxitos y de una leyenda.

Esta película es la historia de esa discográfica, de Leonard Chees (interpretado por Adrien Brody) y de los maravillosos músicos que grabaron para ellos: además de Muddy Waters (interpretado por Jeffrey Wrigth), Etta James (a quien da vida Beyoncé, coproductora de la película), Chuck Berry (Mos Def) o Little Walter (Columbus Short).

La historia la cuenta desigualmente, deteniéndose en exceso en muchos de los aspectos más sórdidos y escandalosos, pero con vigor en sus grandes momentos de recreación del nacimiento y grabación de los números musicales que hicieron la gloria de esta discográfica. No es que no fueran agitadas las vidas de quienes participaron en esta aventura, que los Chess no utilizaran métodos digamos que discutibles, que Muddy Waters no fuera una sex machine o que Etta James no estuviera esclavizada por la heroína; pero ninguno de ellos se ha hecho famoso, o hasta inmortal, por eso, sino por su talento empresarial o musical. Se trata de una cuestión de prioridades, no de moral.

En manos de un Coppola, por decir uno, esta película hubiera sido un Cotton Club del rhythm & blues. En las de la casi debutante Darnell Martin -la primera mujer negra que ha producido y dirigido películas para las grandes compañías- se convierte en una especie de Rhythm & Blues Babilonia (en alusión al best-seller Hollywood Babilonia de Anger Kenneth que cuenta los trapos sucios de las estrellas) que pierde tiempo en anécdotas que podría haber sintetizado y nos deja con ganas de más música. Y eso que hay bastante, excelente y muy bien recreada.

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