Sálvese quien pueda

  • Después de 'Parker. El cazador' (Astiberri), Darwyn Cooke ha vuelto al universo violento de Donald Westlake para adaptar al despiadado Parker

El protagonista habitual en la narrativa criminal suele ser un detective, un policía, un individuo empeñado en resolver un delito y, de ser posible, hacer justicia -extraño predicado-, cosa que no siempre consigue. En el ámbito de la novela, entre los ejemplos que se apretujan en el umbral de la memoria, me quedo con Philip Marlowe, esa especie de caballero andante salido de la implacable pluma de Raymond Chandler. Menos comunes, aunque supongan una veta nada despreciable, son aquellas narraciones protagonizadas por esos delincuentes que al hombre de bien -extraño sintagma- le gustaría ver entre rejas; un especimen emblemático lo encontramos en Tom Ripley, el personaje ideado por Patricia Highsmith, un hijo de perra de mucho cuidado, sin otros valores que los de la propia supervivencia. El cambio de tercio conlleva una mudanza drástica en la moral y moraleja. En el primer grupo de relatos persiste una confianza en el sistema que se ha de proteger; la consigna es "Salvemos lo que podamos". En el segundo grupo, por el contrario, el descreimiento campa a sus anchas y la consigna, diametralmente opuesta, sería "Sálvese quien pueda".

Donald Westlake--enmascarado tras el seudónimo de Richard Stark- hizo una muy personal contribución al bando de los antihéroes en El cazador (1962). El protagonista es uno de esos tipos que arrastran a cuantos se le ponen por delante, de ésos que aceleran cuando una valla les cierra el camino; su nombre: Parker. En aquella primera aventura, Parker llevaba a cabo una venganza con meticulosidad de notario: tras haber participado en el robo a unos traficantes de armas, su socio intentó librarse de él porque necesitaba el entero botín para saldar ciertas deudas con la mafia; sólo viviría para lamentarlo. Una vez saciada esa sed primordial, ni corto ni perezoso, Parker tocará a las puertas del crimen organizado para que le devuelvan lo que él considera "suyo"… Hace unos años, el dibujante Darwyn Cooke decidió convertir aquella sórdida historia en una novela gráfica: Parker. El cazador (2009). El volumen le valió a Cooke los premios Eisner y Harvey al mejor autor de cómic. Unos óptimos avales para continuar adaptando el resto de novelas de Westlake/Stark.

La nueva entrega, Parker. La compañía (Astiberri), adapta el segundo y tercer títulos de la serie: El hombre que cambió de cara y La compañía, ambos de 1963. El relato arranca de manera trepidante. Es de noche y estamos en un dormitorio, delante de una cama; una mujer grita y Parker apenas tiene tiempo de apartarse a un lado antes de que una bala abra un agujero en la almohada donde tenía apoyada la cabeza. El segundo disparo alcanza el despertador; el tercero, la mesilla. El siguiente saldrá de la pistola de Parker; el sicario ni siquiera vivirá lo suficiente para arrepentirse. La mafia no le ha perdonado el reclamo de deudas y arroja periódicamente pistoleros tras su pista, de modo que Parker decide gastarse dieciocho mil dólares para que un cirujano le modele unas facciones nuevas en el rostro. En este mundo nada hay que no pueda comprar el dinero. Esa nueva identidad no consigue engañar a todos; un viejo compinche lo reconoce y le dice: "Puedes cambiar de cara, pero el modo en que te mueves… Tus manierismos y lenguaje corporal siguen siendo los mismos. Eso y el olor a muerte que te sigue".

La historia deshila las madejas de dos tramas interrelacionadas: el asalto a un furgón cargado con las nóminas de un consorcio de productos lácteos, y la ejecución del capo que ha puesto precio a la cabeza de Parker; otro hampón, que sería promocionado si desapareciera el anterior, le ha prometido hacer borrón y cuenta nueva. El asalto al furgón blindado se plantea como una larga secuencia muda de nueve páginas, planificada y resuelta con extraordinaria brillantez, y confirma a Darwyn Cooke como un narrador de primera. La eliminación del capo, por su parte, le permite reincidir en la lógica perversa de un mundo regido exclusivamente por la lógica del dinero. En El largo adiós, posiblemente la mejor novela negra jamás escrita, Chandler ponía en labios de cierto personaje una verdad como un puño: "Hay algo muy peculiar acerca del dinero. En grandes cantidades tiende a adquirir vida propia, incluso conciencia propia. [Entonces] el poder del dinero resulta muy difícil de controlar". Parker es consecuencia de este orden cosas. "La delincuencia organizada -escribía Chandler en El largo adiós- no es más que el lado sucio del poder adquisitivo del dólar".

Cabría decirlo más alto, no más claro.

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