Serpico contra el padrino de Harlem

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Hay todavía quien se pregunta cómo es posible que el director de Los duelistas, Alien y Blade Runner haya dirigido tan malas o mediocres películas en los últimos veinte años. Y hay quienes nos preguntamos cómo es posible que el director de Legend, La teniente O'Neil, 1492, Gladiador, Black Hawk derribado o El reino de los cielos dirigiera aquellas tres películas. No es lo mismo preguntarse una que otra cosa. Los primeros son devotos de Ridley Scott que no pierden la fe en su talento por muchas razones que el propio realizador les dé para hacerlo. Los segundos, convencidos por la evidencia de su escuálida filmografía, se preguntan qué venturosa conjunción de circunstancias hizo que este mediocre, efectista y hortera director lograra poner en pie aquellas tres buenas películas (de las que sólo ha envejecido bien Alien). Sospecho que los creyentes en el talento de Scott no revisan su filmografía. Ridley Scott rodó Los duelistas, Alien y Blade Runner entre 1977 y 1982. Después, entre 1985 y 1989, cultivó la pose del gran director cuyos interesantes proyectos no acaban de cuajar (casos de Legend, La sombra del testigo y Black Rain). En 1991 recuperó su prestigio con Thelma y Louise, panfleto seudofeminista que nos engañó a todos y aún hoy sigue engañando a algunos. Y tras ella -es decir, desde 1992 a 2007- ha desvelado la cortedad de su talento, la desmesura de su ambición y la astucia de su impostura con los bodrios antes citados.

American gangster muestra esta cortedad, esta ambición y esta impostura hasta extremos penosos. Se ha propuesto Scott nada menos que hacer una especie de El Padrino negro con insertos del Serpico de Sydney Lumet y un toque blaxpoitation tomado del Black Caesar (subtitulada El Padrino de Harlem) de Larry Cohen. El problema es que Scott no tiene el aliento épico de Coppola, ni la maestría de Lumet, ni el descaro alegremente hortera de Cohen, por lo que su American gangster no pasa de ser una a ratos entretenida parodia de sus referentes. Algo así como Le llamaban la Madrina de Ozores y Lina Morgan en comparación con el colosal shakesperiano-gangsteril de Coppola; o como aquellas series B que enfrentaban a monstruos de diversa procedencia: el Drácula contra Frankenstein de Jesús Franco, en la que para que no faltara nadie también aparecía el Hombre Lobo, convertida en Serpico contra el Padrino de Harlem.

Hete aquí a Denzel Washington convertido en un Michael Corleone con betún, hombre de confianza de un padrino negro que, a la muerte de su jefe, decide independizarse para convertirse en el rey del tráfico de heroína y así darles a sus hermanos, a su mamá y a su esposa una vida lujosa y segura. Y hete aquí a Russell Crowe convertido en el único policía honrado de Nueva York, tan interesado en detener a los delincuentes como en descubrir la trama de corrupción que infecta a la policía. Naturalmente este Denzel Washington excesivamente alpacinado e hierático vive en una elegante mansión, viste de oscuro y tiene suaves modales, mientras que el despelucado Russell Crowe es un divorciado rebosante de amargura que se come sándwiches infectos en su caótico apartamento. Todo, porque la película arranca en 1968, revestido con la estética extrema y la música estupenda del universo negro.

Lo peor es que la cosa no queda en una parodia temática, sino que abarca el estilo y la narrativa. Los momentos más penosos de la película son aquellos en los que Scott intenta hacer de Coppola en montajes paralelos que simultanean pacíficas escenas familiares con cruentos ajustes de cuentas o con los efectos de la droga. Afortunadamente la película mejora un poco en su último tramo (desde la secuencia del aeropuerto); y el prometedor Marc Streitenfeld -músico alemán formado en la factoría de Hans Zimmer que debutó en solitario con Un buen año- le pone una banda sonora muy sugestiva en su leve juego con una música negra que, además, se hace presente en estupendos temas de Sam & Dave, Hank Shockiee o Anthony Hamilton. Algo es algo.

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