Sherlock Holmes contraataca

  • Las nuevas adaptaciones cinematográficas del famoso detective británico andan muy lejos de las intenciones del escritor Arthur Conan Doyle, que no reconocería a sus propios personajes

En una secuencia de su última aventura cinematográfica, Sherlock Holmes (interpretado por Robert Downey Jr.) es rodeado en un callejón por cuatro matones armados hasta los dientes; no cabe la menor duda de cuáles son sus intenciones. Uno de estos matasietes lanza una manzana al aire y, en el tiempo en que ésta tarda en caer, Holmes elimina a sus contrincantes con un inagotable repertorio de puñetazos, patadas y volteretas más propias de un karateca de folletín que de un ciudadano inglés en la Inglaterra victoriana.

Es sólo una proeza más en una historia en la que el detective ha de escapar a varias explosiones y derrumbamientos, enfrentarse a todo un ejército y sobrevivir a una caída libre desde un precipicio. En estos tiempos nuestros, parece que la sola inteligencia no basta para vestir al héroe, de modo que los responsables de esta película -simpática, todo sea dicho- arropan la omnisciencia de Holmes con la omnipotencia de Superman, y el sagaz investigador de antaño deviene poco menos que un superhéroe.

Si Arthur Conan Doyle levantara la cabeza, le costaría reconocer como propia a esta criatura. Ni siquiera el momento en que Sherlock Holmes se precipita desde lo alto de las cataratas de Reichenbach, abrazado al profesor Moriarty (Jared Harris), logra evocar el celebérrimo clímax de El problema final, la narración en la que el escritor, harto del detective, intentó quitárselo de encima quitándolo de en medio. En la página, esta caída corre un velo de misterio ante el lector; en la pantalla es un puro subrayado… Al espectador de hoy, el que aún abarrota las salas de cine, yo lo invitaría a leer las auténticas aventuras de Sherlock Holmes, no por purismo, sino para que viera que otros registros narrativos son posibles. El público moderno parece concebir la acción sólo en términos de aceleración e ignorar que existe una narración de combustión lenta, en la cual lo importante es el suspense generado por la mecha encendida, no el catapún conclusivo.

De las cuatro novelas consagradas a Holmes -reunidas en un vistoso volumen por la editorial Akal-, la más recordada es El sabueso de los Baskerville, un modélico ejemplo de esta narrativa de "combustión lenta". En la trama, las mimbres de la intriga policial se entretejen a mimbres del cuento de terror. El archifamoso inquilino de Baker Street recibe al doctor Mortimer, que le trae un nuevo misterio bajo el brazo. Sir Charles Baskerville ha muerto de un ataque al corazón -de puro miedo, sostiene Mortimer- mientras paseaba de noche por un páramo cercano a su mansión. En el lugar de los hechos, el doctor ha descubierto las huellas de un perro de gran tamaño. El caso es que sobre la familia pesa una maldición desde que, siglos atrás, Hugo Baskerville invocara las fuerzas del mal a fin de llevar a cabo un propósito perverso: atrapar a una joven que había tenido encerrada contra su voluntad; según la leyenda, Hugo Baskerville murió entre las fauces de un descomunal sabueso surgido de los abismos infernales. Nada más poner pie en Londres, Sir Henry Baskerville, el último descendiente de tan infausto linaje, ya ha recibido una nota conminándolo a que regrese por donde ha venido. Holmes, exponente de un racionalismo ejemplarizante, debe enfrentarse a un peligro cierto, magnificado por el miedo. Ahora bien, como digo, lo mejor de El sabueso de los Baskerville es la tensión que logra acumular, no el desenlace.

La novela -uno de los primeros best-sellers del siglo XX, según Leslie S. Klinger- atrajo a la industria cinematográfica en fecha temprana. La primera adaptación data de 1921. Después vinieron otras, pero ninguna ha hecho sombra a El perro de los Baskerville, estrenada en 1959, con guión de Peter Bryan y dirección de Terence Fisher; una respetuosa y lúcida síntesis del original literario. Al espectador de hoy también lo invitaría a ver esta excelente película para que comprobara además que otro cine es posible. Fisher saca un extraordinario partido de una escenografía típica del relato gótico: caserones en medio de la nada, paisajes cubiertos por una niebla densa, abadías en ruinas... Unos decorados atestados de acechanzas que, de un instante a otro, pudieran hacerse realidad. También aquí, el temor previo es más intenso e interesante que el sobresalto. El papel protagonista recayó en Peter Cushing, posiblemente el mejor Sherlock Holmes que quepa imaginar: su detective es una inteligencia viva, puro nervio. No se parece a Superman, James Bond o Indiana Jones ni puñetera falta que hace.

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