Sutil desplazamiento

  • En su quinto álbum, la banda angelina Radar Bros. apuesta por las creación de atmósferas psicodélicas con aires pop

Responsables hace seis años de un álbum tan fabuloso como And The Surrounding Mountains -tercer capítulo en una discografía ciertamenta parca: apenas cinco títulos tras tres lustros en activo-, los angelinos Radar Bros. han venido desplazando de manera tan sutil su centro de gravedad compositivo que lo que a primera vista pudiera pasar por puro inmovilismo -su enraizamiento en cierto rock californiano de filiación casi psicodélica- revela en la escucha detallada y por estricto orden cronológico un viraje hacia posiciones cada vez más pop. Eso sí, a priori tan inapreciable que hay que reparar a conciencia en los elaborados arreglos que acompañan a la docena de canciones de Auditorium para entenderlo.

De algún modo, donde antes estaba el Neil Young más bucólico -referencia básica de la formación a la hora de construir And The Surrounding Mountains- ahora se materializa una fascinación por la creación de atmósferas que, sin llegar a deslizar esa reconocida raigambre acid-country-folk-rock -y perdón por el palabro-, domina el conjunto y evoca nada menos que a... ¿Pink Floyd? Pues sí, lo apunta Andrew Leahey en la inevitable All Music Guide y parece que no le falta razón: buena parte del repertorio de Auditorium, y por momentos incluso la entonación del guitarrista y cantante del grupo, Jim Putnam, remiten a esos Floyd a menudo despreciados -post-Syd Barret, claro-, pero que a todas luces merecen una revisión más desapasionada que la crítica post-punk les ha destinado desde finales de los setenta.

Si la comparación le resulta demasiado dolorosa, siempre puede acudir a una más cercana: el nuevo álbum de Radar Bros. -ahora cuarteto: al mencionado Putnam, a Senon Gaius Williams (bajo) y a Steve Goodfriend (batería) se les ha unido Jeff Palmer (guitarra y teclado), compañero de directos desde la edición del anterior álbum, The Fallen Leaf Pages- muy probablemente sacará de quicio a aquellos que consideraron el Sky Blue Sky de Wilco demasiado clásico, y por contra, muy posiblemente, entusiasmará a quienes disfrutaron de su épica de la guitarra y el rock macizo.

Sin rastro de los muy lejanos antecedentes slowcore -a no ser el gusto imperante por el medio tiempo perezoso- y volcado en una contemplación gozosa y feliz del paisaje que Putnam nos propone visitar -atención a ese auténtico trip que responde al título de Happy Spirits-, Auditorium, desde el arranque con When Cold Air Goes to Sleep (¿alguien dijo Rain Parade?) hasta el cierre con Morning Bird (entre lo más folk del lote, pero con el dominante marchamo psicodélico), no es desde luego el mejor disco de Radar Bros., pero sí un notable álbum repleto de canciones algo más que estupendas.

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