El arte de la viñeta

La Torre Oscura

  • Concluida la saga novelesca de Stephen King, ésta ha inspirado una serie de cómics. Ya han aparecido tres volúmenes, todo ellos publicados por la editorial Debolsillo

Dicen que Stephen King no necesita presentación; pues bien, saltémonos el protocolo y vayamos al grano. La Torre Oscura, una saga compuesta por siete novelones, pasa por ser la opera magna de este escritor; en este ciclo narrativo, escrito a lo largo de más de tres décadas, se recopilan sus temas y anatemas, y desembocan personajes, lugares y ocurrencias de otros títulos suyos. La inspiración, esa tenue chispa primera, quizás se encendiera con el poema homónimo de Robert Browning (1812-1889), pero el propio King ha señalado como fuentes privilegiadas la monumental (y plúmbea) El señor de los Anillos y la espectacular (y enjundiosa) El bueno, el feo y el malo, la novela de J. R. R. Tolkien y el western de Sergio Leone, la épica seudo-artúrica y la épica de la frontera (de hecho, el protagonista de La Torre Oscura, Roland Deschain, recuerda al gunman lacónico interpretado por Clint Eastwood). Para solaz de King y sus acólitos, la saga ha generado diversos productos subalternos -enciclopedias, guías de lectura, cosas así- y en algunos mentideros hablan ya de una versión para la gran pantalla.

Entre tanto, La Torre Oscura se ha convertido en un cómic, no exactamente una adaptación, sino un apéndice de este proyecto narrativo, que desarrolla aquellos hechos sobre la juventud de Roland Deschain aludidos o esbozados en las novelas. De los argumentos se ha encargado Robin Furth, una escritora que parece conocer la mítica de La Torre Oscura mejor que King; los guiones, por el contrario, son obra de Peter David, un escritor con una amplia experiencia para el sello Marvel; y las ilustraciones se han puesto en manos de Jae Lee, bien respaldado por los colores de Richard Isanove. Stephen King aparece en los créditos como director creativo y director ejecutivo -o sea, como inspirador y supervisor del empeño-, pero su nombre domina en solitario las portadas de los tres volúmenes aparecidos hasta la fecha: El nacimiento del pistolero, El largo camino a casa y Traición (todos ellos publicados por Debolsillo). Estamos en el terreno de King pero, afortunadamente, fuera de su jurisdicción. Ante todo, debe celebrarse que el cómic no haya cedido a cuanto tenía de "mercancía de éxito garantizado", al menos en lo que al dibujo se refiere.

En el mundo de La Torre Oscura, los pistoleros son caballeros andantes con un férreo código del honor, y los forajidos, hechiceros que manejan los conjuros con tanta habilidad como los revólveres. Quienes pertenecen a la nobleza son educados desde niños en el arte de la guerra y, en tanto tal, Roland Deschain (cuyo nombre es una variación de Roldán, el famoso paladín francés) se arroga el derecho a ser investido pistolero a sólo catorce años. Su primera misión -que se narra en El nacimiento del pistolero- lo lleva hasta la ciudad de Hambry para comprar caballos para la Afiliación, pero el cometido auténtico es espiar los movimientos a favor de Farson, una especie de brujo con una máscara de piel humana en inquietantes tratos con el Rey Carmesí, un diablo de las profundidades, si no el Diablo mismo. Se teme que el petróleo de la zona esté destinado a Farson, quien querría refinarlo y utilizarlo en máquinas de combate de tiempos remotos, sospechosamente parecidas a los tanques usados en las dos guerras mundiales del siglo XX, con lo cual, el relato aventaría brumas post-apocalípticas en torno a sí. Según una profecía, ingrediente muy socorrido en tales menús, el jovencísimo Roland Deschain acabará con las huestes del Mal. Mientras lo consigue, tendrá que vérselas con monstruos y peligros mil.

La hibridación no se da únicamente en la mezcla de mimbres genéricas, sino en la misma narración que las entrelaza. De un lado, hay un tono enfático y áulico muy acorde con el aura legendaria de la propuesta; de otro, y aquí vemos la huella de Stephen King, hay un nosequé vulgar que coloca a los personajes, digámoslo así, con los pies en el suelo. Lo mejor es la labor gráfica. La impresión es que Jae Lee debe sentir auténtico placer al dibujar, tanta es su entrega; el artista propone cuadros magníficos, que refulgen, poderosos, abruptos, dominando una página entera, a veces incluso dos. Es harto sugerente el tratamiento del paisaje: el maridaje entre la estética western y el gótico americano crean sugerentes simbiosis, y los desiertos descarnados y los caminos polvorientos de tantas películas del Oeste se transforman en los páramos característicos del género de terror. Jae Lee y Richard Isanove insuflan a la viñeta una cualidad onírica imprescindible para una aventura que quiere ser sueño y ensueño, alucinación y pesadilla.

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