El arte de la viñeta

Tributo mínimo al Capitán Trueno

  • Convertido en una especie de Superman en el Medievo, este héroe se las tuvo que ver en sus aventuras con saurios supervivientes del pretérito remoto y gigantes robots

Fue uno de esos paladines de una pieza, pluscuamperfectos, que a los niños de varias generaciones nos convencieron de que eran hacederos el heroísmo y una existencia de aventuras ininterrumpidas. Luego descubrimos, como escribiera Jaime Gil de Biedma, que la vida iba en serio y era rematadamente difícil, si no imposible, como hacía el Capitán Trueno, enfrentarse a las adversidades como él a sus enemigos, con una sonrisa esculpida en el rostro, y más difícil aún, si no imposible, como solía sucederle a él, escapar de tales encontronazos sin heridas de mayor consideración, la moral intacta. Al final de cada nuevo lance, el Capitán Trueno y sus amigos, Goliath y Crispín, eran aún mejores personas que al principio. A los dioses les gusta mimar a los héroes, y si siembran su camino de obstáculos, no dejan de inspirarles maña y artimañas para sortearlos. Esto explica que la duda jamás agitara las alas encima de su cabeza, ni el desánimo le hiciera temblar el pulso, ni el desengaño agriara el vino de su copa, después, cuando el reposo.

El capitán apellidado Trueno habría nacido en la segunda mitad del siglo XII, en algún punto de la costa catalana, y cedido los derechos de primogenitura a un hermano menor. A él le tiraba la acción, mejor cuanto más lejos. En su primera aventura, ¡A sangre y a fuego! (así, entre exclamaciones), lo encontramos en tierras de Palestina participando de la tercera Cruzada al mando de una partida de españoles (aunque España aún no existiera como tal) y al servicio de Ricardo Corazón de León. El monarca inglés entretiene el ocio retando a otros caballeros y él acepta el desafío; un comparsa lo presenta de esta manera: "Es el jefe de esos cruzados españoles que se unieron a nosotros anoche. Gente de valor, según dicen. Le llaman… ¡El capitán Trueno!" (Pues sí, entre exclamaciones). Cuando se baten, Ricardo lanza su grito de guerra: ¡San Jorge por Inglaterra!, y el Capitán trueno el suyo: ¡Santiago y cierra España!; los jerarcas del nacional-catolicismo se correrían de gusto al oírlo. El duelo queda en tablas: ni Ricardo doblega al hispano ni éste, siempre respetuoso con la autoridad, vence al inglés. Ambos campeones se desquitarán matando a muchos sarracenos, que para eso estaban, en el inmediato asalto a una fortaleza enemiga.

El Capitán Trueno es una especie de Superman en un Medievo ancho y hondo, protagonista de hazañas no menos fantasiosas que las del hombre de acero. La «suspensión de la incredulidad», imprescindible en el intercambio narrador/lector, es continuamente puesta a prueba en este entrañable folletín. No hablamos sólo de anacronismos, como el famoso globo aerostático con que darán ochenta veces la vuelta al mundo, sino de insensatas incursiones en el terreno de lo bizarro: nuestro héroe se enfrentará, cada dos por tres, a saurios supervivientes de un pretérito remotísimo, e incluso a robots gigantes más pertinentes en un futuro lejano. Sea como fuere, no se les puede negar talento a los padres de la criatura, el guionista Víctor Mora y el dibujante Ambrós (seudónimo de Miguel Ambrosio); sus historias quizás sean supercalifragilísticas, pero no ridículas.

El tebeo vio la luz el 14 de mayo de 1956 y tuvo inicialmente periodicidad quincenal, aunque pasaría a semanal gracias a la buena acogida dispensada; en principio, fue uno de esos entrañables cuadernos apaisados de doce páginas y en blanco y negro (que costaban 1,25 pesetas), reconvertido luego en revista de gran formato (que costaba 2,50). Según algunas fuentes, en sus días mejores El Capitán Trueno vendió la friolera de 350.000 ejemplares a la semana; un hito en toda regla. Entre los distintos formatos, se publicaron un millar de números. Para mantener tal ritmo de producción, y pese a su ímproba capacidad de trabajo, hubo un momento en que Víctor Mora y Ambrós se vieron obligados a recurrir a otros colaboradores. Es una estrategia común en el mundillo; no obstante, la editorial Bruguera exigió a los nuevos ilustradores copiar el trazo de Ambrós en un obcecado empeño por mantener la unidad gráfica de la serie. Peor aún, se llegaría al extremo de recortar cabezas dibujadas por Ambrós para pegarlas a cuerpos dibujados por otros, y repetir viñetas enteras, de un tebeo a otro, con ligeros retoques.

Los especialistas han señalado la desproporción entre el tamaño de algunas testas y torsos o la falta de continuidad en ciertas secuencias narrativas, pero la verdad sea dicha, quienes de niños jaleamos a este capitán no nos dimos cuenta, embriagados como estábamos por la fanfarria de la aventura. Estas líneas son un tributo mínimo al responsable de muchas horas dichosas de nuestra niñez, pues, ¿por qué no admitir que fui feliz, como dicen otros versos de Gil de Biedma, y que a menudo me acuerdo?

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