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Trilogía del Imperio

  • Bibliópolis reedita una de las obras principales de Isaac Asimov en un volumen que se completa con un ensayo del escritor Rodolfo Martínez

EL murmullo del dormitorio era un ronroneo casi inaudible, suave e irregular, pero inequívoco y mortífero.

Pero no fue eso lo que despertó a Biron Farrill y lo arrancó de un sueño profundo y poco reparador. Meneó la cabeza en una lucha vana contra el zumbido intermitente de la mesilla.

Alargó la mano sin abrir los ojos y estableció contacto.

-Hola -murmuró.

Un sonido salió del receptor. Era áspero y fuerte, pero Biron no tenía ganas de bajar el volumen.

-¿Puedo hablar con Biron Farrill? -dijo el receptor.

-Al habla -masculló Biron-. ¿Qué quiere usted?

-¿Puedo hablar con Biron Farrill? -insistió la voz.

Biron abrió los ojos en la densa oscuridad. Reparó en su lengua seca y en el aroma tenue que impregnaba la habitación.

-Al habla -repitió-. ¿Quién es?

La voz estentórea continuó en medio de la noche, cada vez más tensa.

-¿Hay alguien allí? Quiero hablar con Biron Farrill.

Biron se apoyó en un codo y miró el lugar donde estaba el visífono. Pulsó el control de visión y la pequeña pantalla se llenó de luz.

-Aquí estoy -dijo. Reconoció los rasgos chatos y levemente asimétricos de Sander Jonti-. Llámeme por la mañana, Jonti.

Iba a apagar el instrumento cuando Jonti dijo:

-Hola, hola. ¿Hay alguien allí? ¿Hablo con el dormitorio universitario, habitación 526? Hola.

Biron notó que la lucecilla piloto que habría indicado un circuito de envío en vivo no estaba encendida. Maldijo entre dientes y pulsó el interruptor. Siguió apagado. Jonti desistió, la pantalla se apagó y sólo quedó un cuadrado de luz difusa.

Biron se desconectó. Movió el hombro y trató de taparse con la almohada. Sentía fastidio. En primer lugar, nadie tenía derecho a gritarle en plena noche. Miró los números luminosos que había encima del cabezal. Las tres y quince. Las luces de la casa sólo se encenderían cuatro horas después.

Además, no le gustaba despertarse en una habitación a oscuras. Su estancia de cuatro años no lo había acostumbrado al hábito terrícola de construir edificios de hormigón reforzado, bajos, gruesos, sin ventanas. Era una tradición milenaria que databa de los días en que la primitiva bomba nuclear aún no era contrarrestada por campos de fuerza defensivos.

Pero eso pertenecía al pasado. La guerra nuclear había arrasado la Tierra. La mayor parte del planeta era radiactiva y yerma. No quedaba nada que perder, pero la arquitectura reflejaba los viejos temores, así que Biron despertaba en plena oscuridad.

Se apoyó de nuevo sobre el codo. Había algo raro. Aguardó. No había reparado en el murmullo ominoso del dormitorio, sino en algo menos notable e infinitamente menos mortífero.

Extrañaba el suave movimiento del aire que uno daba tan por sentado, esa huella de renovación constante. Trató de tragar saliva y no pudo. La atmósfera parecía volverse opresiva a medida que él evaluaba la situación. El sistema de ventilación había dejado de funcionar, y ahora estaba realmente en apuros. Ni siquiera podía usar el visífono para dar aviso.

Probó otra vez, para asegurarse. El lechoso cuadrado de luz proyectó un lustre tenue y perlado sobre la cama. Recibía, pero no enviaba. Bien, no importaba. De todos modos, no se podría reparar hasta el día siguiente.

Biron bostezó y buscó sus sandalias, frotándose los ojos con las palmas. Ninguna ventilación. Eso explicaba ese olor raro. Frunció el ceño, aspiró bruscamente dos o tres veces. No había forma. Le resultaba conocido, pero no lograba identificarlo.

Fue al cuarto de baño y buscó automáticamente el interruptor, aunque no lo necesitaba para servirse un vaso de agua. Hacía contacto, pero no encendía. Lo intentó varias veces, de mal humor. ¿Nada funcionaba? Se resignó, bebió en la oscuridad, se sintió mejor. Regresó bostezando al dormitorio, donde probó suerte con el interruptor principal. Todas las luces estaban apagadas.

Biron se sentó en la cama, apoyó las grandes manos en los musculosos muslos y reflexionó. Por lo general, un asunto así provocaría una tremenda discusión con el personal de servicio. Nadie esperaba que el dormitorio de la universidad fuera un hotel pero, por el Espacio, cabía esperar ciertas pautas mínimas de eficiencia. Y ya no era de importancia vital. Pronto se graduaría y terminaría. En tres días daría el último adiós a la habitación y a la Universidad de la Tierra; más aún, a la Tierra misma.

Aun así, podía denunciarlo, sin ningún comentario. Podía salir y usar el teléfono del pasillo. Tal vez le trajeran iluminación con energía autógena o le preparasen un ventilador para que pudiera dormir sin sensaciones psicosomáticas de sofocación. ¡De lo contrario, al Espacio con ellos! Dos noches más.

A la luz del inservible visífono, localizó un par de pantalones cortos. Se puso un jersey y decidió que era suficiente. Conservó las sandalias. No había peligro de despertar a nadie aunque corriera por los pasillos con tacones altos, teniendo en cuenta las paredes gruesas y casi herméticas de ese túmulo de hormigón, pero no tenía sentido cambiarse.

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