Unidos en la trasgresión

  • Olalla Castro presenta 'Ocho paisajes, nueve poetas', donde deposita su mirada crítica en los textos de escritores como Javier Egea, Juan Cobos Wilkins o Juan de Loxa

"Encontrar un hilo conductor más allá de las escuelas o generaciones poéticas". Fue el primer paso de Olalla Castro (Granada, 1979) para abordar la antología Ocho paisajes, nueve poetas. Terminado el trabajo, Juan Cobos Wilkins, José Infante, Rafael Juárez, Juan de Loxa, Aurora Luque, Ángeles Mora, José Ramón Ripoll, Javier Egea y Manuel Urbano ya tienen un nexo común: Olalla Castro ha depositado su mirada crítica en sus textos. "Todo tienen un discurso de resistencia, en el que cada una de sus escrituras se empeña en ejercer un papel distinto al que la modernidad parecía haberles asignado", explicó ayer Olalla Castro en la presentación del volumen en la Fundación Andaluza de la Prensa. "He querido cuestionar las etiquetas a las que la crítica y la Historia de la Literatura se aferran para poner sobre la mesa las limitaciones a las que las catalogaciones y compartimentaciones teóricas obligan al crítico". Un trabajo 'sesudo' de una escritora acostumbrada a pisar los escenarios con su grupo musical Nour, del que es cantante y letrista.

En los textos de Javier Egea, Olalla palpó "la herida del ser posmoderno que ha perdido la fe en los fundamentos que ofrecía la razón moderna". A través de los textos de Egea -con dos inéditos cedidos por el albacea de su legado- se vislumbra que el poeta "debe hurtar el lenguaje del poder, del capital y trasladarlo al enunciado poético para denunciar y romper con esas interesadas dicotomías". En el caso de Ángeles Mora late el mismo esfuerzo por desmontar lo que Derrida llama "oposiciones metafísicas" y por denunciar "la lengua del amo", centrándose en "cómo se crea la oposición hombre mujer, para desplazar las categorías opresoras de lo femenino y lo masculino en busca de otra forma de ser mujer". En Juan de Loxa observó muchas de las técnicas que la teoría literaria considera propias de la literatura posmoderna: "el pastiche, el collage, el uso de la ironía para desmontar la fábula de la razón omnipotente, la risa como modo de transgredir las categorías instituidas, el eco nietzscheano de la risa subversiva que desarticula la moral dominante". Con Cobos Wilkins llega "el yo poético que emula al nihilista activo que anunció Nietzsche, capaz de desbaratar las enquistadas categorías de pensamiento y la moral del rebaño, de renunciar al pensamiento fundado para convertirse en un vagabundo, un funambulista sin red". En José Infante, Olalla Castro abordó la crisis del sujeto moderno "sustituido por un sujeto descentrado, habitado en su interior por otras voces, fragmentado, entrecruzado". En Rafael Juarez, la "hermenéutica del giro lingüístico apegada a la tradición heiddegeriana que se inscribe en el enunciado poético para reflexionar sobre el lenguaje, el tiempo, la existencia humana enmarcada en los límites del habla y el silencio, la vida y la muerte". En Aurora Luque, la crítica se centró en "la revisión desde la mirada posmoderna de los mitos clásicos y en cómo se reinterpreta la tradición para desplazar su sentido y alumbrar un discurso nuevo". De José María Ripoll le interesó especialmente el metadiscurso literario, "cómo la reflexión teórica sobre el lenguaje se introducía en el enunciado poético, otro de los rasgos distintivos del arte posmoderno"

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