Vida y muerte de LORCA cantadas por Margarita Xirgu

  • El Teatro del Generalife vibró anoche con el estreno en España de la ópera 'Ainadamar' compuesta por el músico argentino Osvaldo Golijov y que pone en escena la amistad entre genio y poeta

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Lleno absoluto en el Teatro del Generalife y éxito rotundo de la arriesgada apuesta, la ópera contemporánea Ainadamar, que anoche trajo el Festival hasta Granada. Un público diverso y heterogéneo, con amplia presencia de turismo cultural, escuchó con atención y disfrutó del rotundo espectáculo ofrecido por esta ópera moderna basada en la pasión y muerte de Federico García Lorca, un tema tan cercano a Granada que resultaba casi imposible evitar la emoción en escenas como la del asesinato del poeta o la alegoría de la Fuente de Aynadamar. Siendo bastante homogéneo el talento de todos los artistas participantes, conviene sin duda destacar al elenco vocal, especialmente a la soprano María Hinojosa, y el gran trabajo de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG) bajo la batuta de Corrado Rovaris, a los que hay que atribuir gran parte del éxito que anoche se apuntó el Festival con Ainadamar.

Lo primero que quedó claro desde el comienzo de la representación fue el alto nivel artístico del espectáculo, y el esforzado trabajo de los diferentes artistas implicados, desde el compositor y los cantantes hasta los técnicos de luces y decorados, que han logrado en conjunto una representación de gran categoría, a la altura de un Festival como el de Granada y de una figura como Lorca, de la que tanto se ha contado, pero de la que se ha cantado bastante menos. En esta ópera en Tres Imágenes la actriz Margarita Xirgu, musa y amiga del poeta y dramaturgo granadino, cuenta y canta la relación entre ambos artistas, dos cumbres cada uno en su campo de la cultura española de la II República.

El punto de partida dramático está sin duda lleno de interés: en un teatro de Montevideo en 1969 la eximia actriz agoniza mientras cuenta a la su joven alumna Nuria su primer encuentro con Federico y la ilusión republicana de regeneración española que el poeta defiende, inspirada según el propio Lorca por sus conversaciones nocturnas con la estatua de Mariana Pineda que veía desde la ventana de su casa granadina. Desde ese momento queda establecido el paralelismo Federico-Mariana, mártires ambos de la libertad, que como motivo dramático vertebra toda ópera. Los grandes recursos multimedia, como proyecciones sabiamente utilizadas, la versatilidad fantástica del decorado, con momentos tan eficaces como la escena nocturna con la estatua de Marianita, el arrojo de los cantantes, a los que se nota desde el principio claramente comprometidos con el drama que cantan, los bailables, que enriquecen la acción dramática, y el interés de la partitura, tan inusual por estos pagos la producción contemporánea americana, destacan desde los primeros momentos de la representación, y crean en conjunto un producto compacto, milimétricamente medido y lleno de recursos musicales y teatrales, que hacen de Ainadamar un espectáculo casi total.

En la segunda escena se vuelve atrás en el tiempo y asistimos al último encuentro entre la actriz y el poeta, ya en 1936, cuando Federico rehúsa acompañar a la compañía teatral de Margarita a Cuba, para volver a Granada donde se consuma su sacrificio al ser asesinado días más tarde por los falangistas, que en la ópera representan la violencia sin medida del nuevo régimen totalitario que llega con la guerra. Como en una visión, la actriz asiste a la muerte del poeta, en unos momentos donde musicalmente el flamenco adquiere una presencia central, en la poderosa voz del cantaor Alfredo Tejada, que interpreta a Ruiz Alonso, dirigente de la cuadrilla que arrestó a Lorca. En realidad, toda la partitura está transida de un andalucismo esencial, más o menos presente en casi toda la ópera. Ya advierte el programa que el compositor Golijov tiene un estilo rico y variado que roza lo multicultural, patente en otros momentos con destellos de exotismo americanista e incluso algún toque de music hall. Pero es sobre todo el trasfondo andalucista, desde las guitarras y la voz flamencas hasta la copla popular transmitida por Lorca en su obra de teatro, el que destaca en la textura sonora de la ópera, muy bien integrado con otras fuentes de inspiración y los recursos del lenguaje contemporáneo.

En la tercera escena, de nuevo en 1969, la actriz moribunda encomienda a su alumna que siga la tarea que siempre tienen los artistas, pues ellos transportan en sus versos, su teatro y su música, la esperanza de la gente. El poeta muerto vuelve entonces a escena acompañado de Mariana Pineda y conduce el alma de la Xirgu a una última cena donde se glorifica el mensaje de la libertad. El espectáculo aparece así cargado de simbolismos, desde las muertes paralelas de Lorca y Mariana hasta un cierto tremendismo flamenco, que aquí puede parecernos algo reiterativo, pero que visto desde la orilla americana se convierte en rendido homenaje a la cultura andaluza y al poeta que se considera su máxima voz, García Lorca. También en una reivindicación, porque los artistas que al otro lado del mar escriben, cantan y sienten en español fueron los que mantuvieron vivos el espíritu y la obra del granadino cuando aquí su voz era ocultada y silenciada por la dictadura franquista.

Espectáculo intachable desde el punto de vista plástico, de gran interés musical y emocionalmente tan cercano a Granada que resulta casi imposible no dejarse llevar por su drama y su música. Así lo entendió anoche el público que llenaba el Teatro del Generalife, que despidió con cerradas ovaciones a los artistas.

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