"Visto el centro del foco, acepto encantado la penumbra"

  • El autor de 'Las bailarinas muertas' y 'El camino de los ingleses' brinda una descarnada aproximación a la infancia en 'Una historia violenta'

Consagrado como uno de los narradores más poderosos de su generación, y reconocido con premios como el Herralde, el Primavera, el Nadal y el Nacional de la Crítica, Antonio Soler (Málaga, 1956) regresa a sus territorios más reconocibles en Una historia violenta (Galaxia Gutenberg), una mirada a la infancia sin gota de almíbar, nada complaciente y con el alcance que el autor acostumbra.

-En su anterior obra, Boabdil, abrazaba por primera vez la novela de género, pero ¿en qué medida Una historia violenta se corresponde con el registro que abandonó en Lausana?

-Lo de Boabdil era un paréntesis, un encargo editorial que se me hizo con mucha pasión y al que respondí con el mismo esfuerzo. Que fuese un encargo no significa que lo tomara a la ligera. Una historia violenta significa la vuelta a una forma de concebir la literatura caracterizada por la indagación y la innovación, la exploración en lo desconocido. Aquí creo haber encontrado una mayor síntesis de un mundo que por aproximación ya conocía, aunque nunca antes había escrito sobre la infancia. Me he acercado a una manera de expresión un tanto simbólica; aunque la novela es realista, la subjetividad es tanta y la mirada del niño es tan esquinada que a veces, al escribirla, tenía la sensación de estar contando el mundo por reducción. Todas las emociones, el poder, la violencia y el sexo, están representadas a través de muy pocos personajes que además son niños, y que además comparten paisajes muy limitados, apenas un par de calles y una playa. Para ajustarme a los protagonistas, el lenguaje se ha adelgazado, es más sintético y más directo.

-Pero el lenguaje mantiene la minuciosidad en las descripciones que le caracteriza. ¿Desea trasladar al lector las imágenes que tiene en su cabeza?

-Sí, porque precisamente escribo a través de imágenes, y al tener éstas en mi cabeza juego a contar una película, aunque mi lenguaje no sea cinematográfico, algo que por otra parte no me interesa cuando escribo novelas. Y desde luego quiero trasladarlo así al lector. Entiendo que eso es un rasgo muy reconocible por mi parte, y aunque aborde una determinada innovación no me apetece cambiar en este sentido.

-Es curioso, pero siendo usted un caballero de la Orden del Finnegans Una historia violenta es, de entre sus libros, el que más me recuerda a Dublineses, especialmente por lo que no cuenta.

-La música también está hecha de silencios, y en la narrativa ocurre lo mismo. A menudo lo mejor es sugerir y dejar al lector que complete lo que se está contando, aunque para ello, claro, se necesite un lector inteligente y cómplice. Por eso nunca me ha interesado la literatura que lo da todo bien masticado. Es la batalla de los escritores del siglo XXI contra el mundo que nos rodea, que impone unos criterios frívolos, intelectualmente muy banales, y parece que si uno no entra ahí se queda al margen. Pero si uno tiene que aceptar la penumbra lo hace encantado, más aún cuando el centro del foco es lo que ya hemos visto.

-¿Confía en que sigan existiendo lectores cómplices en el futuro?

-No soy nada catastrofista. A veces, cuando voy a universidades y a institutos y hablo con los profesores, casi siempre me hablan del paisaje dantesco que tienen a su alrededor; pero entonces me acuerdo de mi instituto y los que leíamos allí no éramos más de dos o tres. Así que poco ha cambiado mucho el asunto desde entonces. Lo lamentable es que hace 40 años vivíamos en un país con muchas carencias, y desde entonces España ha dado un salto descomunal en lo económico pero no se ha preocupado de hacerlo también en lo cultural. En la Transición se habló mucho de la regeneración cultural pero luego no se ha visto en ningún sitio. Sin embargo, no creo que la especie esté en peligro: la gente con inquietud intelectual y cultural existirá siempre, aunque sea en minoría. Una prueba de ello es la aparición en los últimos años de nuevas editoriales, a menudo pequeñas, que están nutriéndose de lectores con propuestas no precisamente mayoritarias.

-¿La imposibilidad de una regeneración cultural va aparejada a una determinada política educativa?

-La política educativa es desde luego un drama, pero hay una buena señal: en casi todas las entrevistas que me hacen últimamente me preguntan por esto. De modo que al menos hay una impresión de alarma. El nivel de pobreza de la política actual me deja asombrado. Visto lo visto en este país, donde todo se lo ha llevado el viento porque estaba mal asentado, que no se haya considerado prioritaria la formación de los ciudadanos me parece descabellado. Cuando yo hablo de literatura a estudiantes no lo hago como representante del gremio: lo hago porque me parece que el hecho de leer y de adquirir lenguaje va a crear una sociedad más rica en todos los sentidos. Tengo clara la idea de que el lenguaje es lo que ha alumbrado la civilización, lo que nos ha sacado de las cavernas y nos permite tener pensamientos abstractos. Si empobreces eso, los ciudadanos serán en consecuencia más pobres. No se trata de fabricar escritores, sino de permitir que los jóvenes de hoy sean en el futuro mejores médicos, abogados o lo que quieran ser. Pero hablamos de un fracaso colectivo, porque al margen de los planes educativos están las familias. Es muy difícil que un chico con inclinación a la lectura o al arte logre conservar eso en un medio hostil. Y un medio hostil puede ser pasar cada sábado en un centro comercial o viendo a Belén Esteban por sistema.

-¿Desaconsejaría a un autor escribir una novela sobre niños, como hizo Hitchcok en su negocio?

-No, el ejercicio de la literatura te permite trabajar con personajes domesticados, y el mundo de la infancia me interesa lo mismo que me ha interesado antes la etapa de la adolescencia: son momentos de descubrimiento, de exploración. Pero sí es cierto que tengo muy presente la infancia, seguramente porque yo también fui un niño muy desconcertado, muy asombrado ante la realidad, que, como el protagonista de la novela, no acababa de digerir ni comprender. Esa estupefacción me duró mucho tiempo. Mi desapego con la realidad era abultado. Era consciente de que tenía que adaptarme a un mundo cuyas reglas no entendía, y muchas veces me parecía que me llevaban a participar en una obra de teatro cuyo argumento yo desconocía. Esa falta de armonía con el entorno me marcó mucho y me hizo guardar dentro muchas interrogaciones. Así que el mundo de la infancia se me prolongó de modo subterráneo, siempre me pareció que había un cabo suelto.

-¿Teme que algún día no se le ocurra qué contar?

-Tanto, que cuando escribo una novela siempre estoy pensando en otra. De momento no es un miedo cercano, aunque sé que eso le ha ocurrido a algunos escritores.

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