Ficcionario

de Zahorí

  • 'Pedro Páramo' (1955) es la única novela escrita por el mexicano Juan Rulfo l En ella, los humores del odio se cuelan en los cauces subterráneos, arruinando los sembrados, envenenando a sus gentes

En El mito de Sísifo (1942), Albert Camus escribió estas rotundas palabras: "Si el mundo fuese claro, no existiría el arte". Si la Verdad nos hubiera sido revelada, desde el principio y para siempre, a todos y cada uno -y no sólo a esos elegidos que miran compungidos a los de abajo, tontas ovejas descarriadas-, si el mundo fuera perfecto en vez de perfectible no necesitaríamos buscar las corrientes ocultas bajo la tierra. No obstante, las verdades de cada día, las verdades de toda época, como el agua, acostumbran a filtrarse y seguir trazados inhóspitos, y en cierto punto los manantiales brotan en abundancia, incluso con exceso, mientras en otros escasean, y el lector debe hacer de zahorí, apuntar la horquilla de su mirada en la página y comprobar si hay agua debajo, y si hay, si es mucha o poca, dulce o salobre, cristalina o turbia. Bastan entendimiento y voluntad, y la perforación de un pozo tras otro, sin desmayo, para hacerse con la experiencia requerida, pero acéptenme un consejo: no se dejen engañar por el terreno. En ocasiones, el erial más desolado oculta los cursos más caudalosos.

En torno a Comala, la tierra sólo es buena para el alacrán, la víbora o el zopilote. Comala ha sido erigido, a decir de algunos, en la mismita boca del Infierno, lo cual por una vez pudiera ser cierto, pero esto no debe espantar al rabdomante. Hurgar en la tierra tiene sus consecuencias. Puedes encontrar agua, lágrimas o sangre, o gusanos de cadáveres que alguien sepultó para quitárselos de encima, o los fantasmas de esos cuerpos, ensimismados e intranquilos, como corresponde a todo espectro. A Comala llega Juan Preciado, hijo bastardo de Pedro Páramo, en busca del progenitor. Llega confundido, pues en los recuerdos de su difunta madre el pueblo olía a pan recién salido del horno, a miel derramada, y los campos de maíz verdeaban la comarca. Quizás antaño fuera así o quizás la nostalgia hiciera desvariar a la buena mujer. En cualquier caso, nada queda ya. Por escasear, escasea hasta el aire. Juan Preciado lo ignora, pero está volviendo a Comala para morir allí, y de muerte atroz, de miedo. Bajo tierra, luego, oirá los ruidos, las voces, los cantos que todavía reverberan entre las piedras; el alma del malogrado Juan conocerá así la vida que una vez fue, y hará verdad para nosotros aquel axioma de Francisco de Quevedo, según el cual, leer es escuchar con los ojos a los muertos.

Oyendo a los espíritus, sabremos cuál fue la suerte de Pedro Páramo, gallito de espolón siempre pronto, a quien gustaba saltar balcones en busca de "pedacitos de carne" o llamar a los dormitorios de las criadas cuando las sabía en la cama, un gallito peleón y sanguinario que solía quitar de en medio a quien no cumplía su sacrosanta voluntad. A Pedro Páramo, sin embargo, no todo le fue concedido. Se le infectaron un par de heridas profundas; se le mató el único hijo que reconoció suyo y, después de casarse, le enloqueció Susana, un amor de juventud. En Pedro Páramo (1955), la única novela escrita por el mexicano Juan Rulfo, los humores del odio se cuelan en los cauces subterráneos, contaminándolos, arruinando los sembrados, envenenando a sus gentes. También los de la demencia, aunque tal vez ésta no sea tan dañina como el rencor; Rulfo, que no habla de "zahoríes", sino de "zahorinos", hace explicar a una anciana que para éstos todos los locos son inocentes. Y quién sabe, ¿no?

El zahorí que se aventure en ciertas regiones se arriesga a hallar aguaderos misteriosos, pozas de pánico, humedales de dolor, balsas de soledad, charcas de melancolía. La ficción se impregna de ello, pues todo ello es la vida.

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