Los 'adagios' de Bruckner

Barenboim nos acercó magistralmente a la que, a mi parecer, es la mejor, más personal y compleja sinfonía de Bruckner, de la que les daba cuenta el pasado viernes, analizando un poco su obra y las características de estas tres últimas. La Octava, retocada tantas veces por él, tras el fracaso inicial y las críticas adversas, fue estrenada, con su versión, más o menos definitiva, en Viena el 18 de diciembre de 1892, por la Filarmónica, dirigida por Hans Richter. Sergio Celibidache decía que la Coda del finale, una ampliación del tema fundamental del primer movimiento, es uno de los momentos culminantes del sinfonismo de todos los tiempos. Es como la recapitulación de toda una vida, el comienzo y final de una novela que empieza con la vida y termina con la muerte.

Pero, siendo eso cierto, no es menos importante detenerse en el significado y belleza de los adagios de Bruckner, los de cualquiera de sus sinfonías, pero mencionaremos las tres programadas en este ciclo. Así que tras emocionarnos con el de la Séptima, dedicado a la muerte de Wagner -su otro dios-, encontramos en el de la Octava (Feierlich langsam, duch nicho zu scyhnell) un verdadero milagro sonoro, con el soporte de una cuerda cálida, envolvente, como la que nos mostró la noche del sábado la mejor Staaskapelle, donde un genial Barenboim supo extraer tantos matices, variedad, sugerencias, grandeza, intimidad, dramatismo, que me atrevo de calificar de verdaderamente antológica la interpretación de este adagio. Un adagio que parece interminable -como lo es la totalidad de la obra, una hora y 20 minutos, la más extensa del Bruckner sinfónico-, pero que atrae de tal manera al público -como la luz a las mariposas nocturnas del Palacio de Carlos V- que se hace hasta corto y siente que acabe esa elocuencia sonora, sobre esa cuerda plena de valores y contrastes, apoyada, a veces, con el resto de los grupos sonoros -viento, con metales en primera fila, percusión…- en uno de los diálogos más interioristas y, al mismo tiempo, vitales de la música del siglo XIX, la que estamos 'reedescubriendo' hace casi cien años, como decía.

Estaban justificados los bravos y las aclamaciones a la orquesta y al director. Las complejidades técnicas de las sinfonías de Bruckner, para orquestas y directores, limitan su adición en los programas convencionales de conciertos. Pero cuando encontramos una batuta de la capacidad de la de Barenboim, un talento capaz de extraer cuidadosa y exhaustivamente, como demostró el ilustre músico esa noche, cada nota, cada sugerencia, cada matiz del laberinto caudaloso de esa cuerda del adagio, creemos, en nuestro corazón, que la meta está culminada. Como lo sentimos cuantas veces asistimos a una interpretación perfecta de la obra -por ejemplo, la de Haitink con la Concertgebouw-, porque Bruckner tiene que encontrar orquestas y directores excepcionales para que su mundo intrincado -a veces reiterativo-, con una belleza que está demasiado oculta para poder extraerla con total convicción y para que luzca en toda su magnificencia. Por eso me fijo muchísimo en los adagios brucknerianos -como en los movimientos lentos de Beethoven-, porque son, dentro de la complejidad y magnificencia total de una partitura, donde late la confesión más directa, más espiritual, más humana, la de un hombre atormentado por la duda, por el desdén y por la soledad, desde la que canta lo mejor de sí mismo a la gente que quiera comprenderlo.

Pasará, sin duda, con el último adagio de su vida, el que escribió para su Novena inconclusa, de la que hablaremos mañana.

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