Diez años sin la voz de Quisquete

  • El poeta granadino Javier Egea, uno de los creadores de la Poesía de la Experiencia, decidió quitarse la vida en el verano de 1999 · Una década más tarde, sus obras completas siguen sin ser publicadas

No quiso esperar a agosto. Cuando todo el mundo se preparaba para irse de vacaciones, en una noche de depresión, una de aquellas depresiones que lo habían acompañado torturándolo desde la adolescencia, decidió que sólo tenía dos salidas: o continuar alcoholizándose o pegarse un tiro. Decidió eso último. Antes de hacerlo, dejó sobre una mesilla su testamento, los manuscritos de sus obras y las instrucciones para que fueran publicadas. Luego se sumergió en una oscuridad absoluta. Javier Egea tenía entonces 47 años, era un genio de la poesía que se creía acabado y un auténtico amante de la palabra. Una década después de su muerte, el autor de libros tan monumentales como El Paseo de los Tristes y Troppo mare, continúa sin estar al alcance del gran público.

"Recuerdo mucha felicidad en los días en que lo conocí", dice el también poeta Luis García Montero, uno de los íntimos amigos de Javier Egea y con quien formó el frente de la Poesía de la Experiencia. "Aprendí mucho de él, porque era un grandísimo poeta. Recuerdo las conversaciones con él, con Mariano Maresca [catedrático de Filosofía] o Juan Vida [pintor], Álvaro Salvador... Fue una época de intimísima amistad".

Fue precisamente Luis García Montero quien puso en contacto a Javier Egea con Rafael Alberti. Éste realizó las ilustraciones para el libro Raro de luna. Egea, o Quisquete para los amigos, era el líder de un movimiento poético en el que el mundo cotidiano entraba de lleno en el mundo de los versos, en el que los taxis, las habitaciones de los hoteles o los pasos de cebra eran parte de la belleza.

Pero Egea tenía un terrible problema: el alcoholismo. A los 17 años ya sufrió su primer delirium tremens y el resto de su vida lo pasó en grandes periodos de abstinencia, en los que desarrolló lo mejor de su poesía, y tremendas recaídas que terminaban en centro de desintoxicación. Esa fragilidad le creó una permanente sensación de angustia y de fracaso que se acentuó cuando sus compañeros de frente literario, como Luis García Montero o Antonio Muñoz Molina empezaban a disfrutar del éxito multitudinario. "Quisquete era, ante todo, un animal poético", rememora Mariano Maresca, uno de los grandes agitadores culturales de la ciudad e íntimo amigo del poeta. "Tenía una capacidad tremenda para crear imágenes subyugantes, versos que eran como disparos. Era absolutamente deslumbrante. Y era consciente de ello, pero siempre quería trabajar más para conseguir expresar la idea que tenía en mente".

Cuando, finalmente, decidió poner fin a su vida el 29 de julio de 1999, a los 47 años, Javier Egea dejó todo su legado a su novia, Helena Capetillo quien, a su vez, confió la obra en el albacea, José Luis Alcántara. Los amigos del poeta se han mostrado siempre muy críticos aquella decisión. "A estas alturas", dice Luis García Montero, "es para que la obra de Quisquete estuviese publicada en las mejores editoriales del país y él tuviese el nombre que se merece. Aparte, se está utilizando su figura como una caricatura de lo que él nunca fue al servicio de banderías políticas. Cuando Javier entraba en la fase alcohólica se mezclaba con gente con la que apenas tenía contacto. Era lo peor que él tenía. Ahora todo está en manos de editoriales marginales y de gente que le da está dando una imagen de doctrinario comunista purista que él nunca fue".

Mariano Maresca no quiere entrar en ese asunto. Las obras completas de Egea han sido preparadas en cuatro tomos y los editores, José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández, buscan financiación para su publicación después de diez años de trabajo para ordenar todo el material.

Para Maresca hay dos imágenes indelebles de Egea. "A veces venía desde su casa hasta el antiguo Café Suizo con un enorme diccionario de americanismos y nos tirábamos toda la tarde hablando de aquellas palabras y su riqueza. También lo recuerdo cuando venía en las tardes de verano a mi casa con una caja de piononos y me pedía que pusiese el Réquiem de Verdi. Réquiem con piononos.

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