El arte de la viñeta

  • Los lápices y pinceles de artistas como Juan Giménez, Carlos Giménez o Juanjo Guarnido reivindican con fuerza el cómic de autor

Aunque la intelectualidad más rancia se obstine en despacharlo en términos despectivos, el tebeo (o cómic), situado en noveno lugar en la clasificación de las artes, se ha abierto a campos tan vastos y fértiles que una simple etiqueta jamás conseguirá explicarlo, signo de su riqueza. Hay tebeos (o cómics) para todos los públicos y confesiones, infantiles y adultos, machistas y feministas, anarquistas y ultraconservadores, píos y ateos, exquisitos y vulgares, perdurables y efímeros. El tebeo (o cómic) toca todas las teclas del piano y, a poco que osemos aventurarnos en él, nos saldrán al paso tragedia, comedia y tragicomedia; el pasado, el presente y el futuro; la Historia, la crónica o la especulación; Oriente y Occidente; y así, ad infinitum. Con una singladura tan compleja como fascinante, el arte de la viñeta cuenta con sus clásicos indiscutibles (Alex Raymond, Hugo Pratt), figuras renombradas (Carlos Giménez, Jiro Taniguchi), y valores en alza (nuestro paisano Juanjo Guarnido).

Hubo un tiempo en que al tebeo se le llamó "El cine de los pobres", presentándolo como sucedáneo de un arte mayor, mientras se subrayaba su carácter popular. Es verdad que el Séptimo ha influido notablemente en el Noveno Arte, pero también lo es que se ha dado y se está dando lo contrario. El tebeo se ha transformado en una cantera inagotable de argumentos e ideas para el cine en general, no sólo el de superhéroes, pues no sólo de superhéroes vive el tebeo. Entre los hitos recientes que han conocido el beneplácito de una adaptación a la pantalla se encuentra 300, con guión y dibujos de Frank Miller, una muy original reconstrucción de la batalla de las Termópilas. Miller es asimismo el autor de Sin City, una serie noir en camino de convertirse en serial cinematográfico: se ha rodado un filme inspirado en ella, bastante pretencioso por cierto, y se está preparando ya el segundo. Y Frank Miller, el hombre de moda, ha sido el encargado de dirigir la versión fílmica de The Spirit del maestro Will Eisner. También han conocido versiones cinematográficas cómics radicalmente distintos a los citados, pienso en Ghost World de Daniel Clowes, una de las diez mejores novelas gráficas de todos los tiempos, dicen, o Persépolis de Marjane Satrapi, que cuenta la vida de una niña en el Irán bajo la dictadura del Sha y después en manos de los Ayatolás. Una oferta, en resumidas cuentas, capaz de satisfacer los paladares más variados y exigentes.

En tal maremagno uno se da de bruces con sorpresas de todo tipo; las más de las veces, agradables. Si ciertas iniciativas editoriales te abren caminos insospechados, otras suponen un reencuentro con lecturas de antaño, algunas inconclusas, como me ha sucedido con La casta de los Metabarones, una saga en ocho volúmenes reeditada íntegramente en uno solo, y espléndido, por el sello Reservoir Books. Que otros se vanaglorien, diríamos parafraseando a Borges, de haber aprendido sus primeras letras en los versos de Góngora o en las zanjas de Joyce, uno confiesa haberlas recibido de labios de Mortadelo y Filemón y del Capitán Trueno, y cede cuando puede a la tentación de la viñeta. La casta de los Metabarones fue una de esas tentaciones. Recuerdo haber leído un par de entregas, no la serie completa. El proyecto, que arrancó en 1992, fue ideado con vistas a darle protagonismo a un personaje secundario de El Incal, escrito por Alejandro Jodorowsky e ilustrado por Moebius, pero la cosa creció, y creció, y creció… Jodorowsky se siguió ocupando de los guiones, pero lápices y pinceles recayeron en el argentino Juan Giménez.

La irreverencia campa a sus anchas en este brutal, enfermizo e intrigante relato seudo-shakesperiano, la gesta de una dinastía de guerreros invencibles cuyo fundador, Othon von Salza, es un castrado. La trama está bien urdida, y los libretos de Jodorowsky están impregnados de ese lirismo místico tan de su gusto; el dibujo de Giménez es abigarrado y nítido, musculoso, nervioso, visceral, en todos los sentidos. Jodorowsky ha situado su historia en la estela de la tragedia griega, y en efecto, la épica espartana o el mito de Edipo son fundamentales para una comprensión cabal de la obra (además de las tradiciones samuráis, el tarot o la narrativa de Frank Herbert). No obstante, hoy, cabría ver La casta de los Metabarones como una sutil perversión del universo heroico de J. R. R. Tolkien, sus seguidores e imitadores. Si el católico Tolkien imaginaba una tierra imposible donde se entabla la sempiterna lucha entre la Luz y la Oscuridad, los neopaganos Jodorowsky y Giménez sueñan mundos no menos retorcidos para poner en escena otras pugnas primordiales, las del deseo y el desprecio, la pasión y el fanatismo, la rivalidad, la traición y la venganza. Quienes vean el tebeo (o cómic) como un género inane o inocente, aquí tendrían un título que los desmiente.

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