Dos ases en escena

Este fin de semana pasado gozamos de la inesperada visita de Salvador Mas en sustitución del director programado, Josep Pons, que no pudo asistir a su cita con la OCG. La venida de Mas, un as de la dirección, fue bien recibida, ya que abordó un complicado programa con la maestría que lo caracteriza. Y junto a él, otro as de la interpretación: Óscar Sala, trompa de nuestra orquesta, actuando como solista.

Si bien la venida de Pons, el que fuera director titular de la OCG durante muchos años, había colmado de expectativas a muchos de los asistentes al concierto de este fin de semana, la sorpresa de su sustitución por Salvador Mas no supuso una desilusión para nadie. Es verdad que Pons siempre le ha sacado un sonido especial a la OCG, pero también lo es que Mas es conocido por dotar a sus programas de una perfección y musicalidad difíciles de superar. En cualquier caso, tanto con uno como con el otro la OCG, y por extensión su público, ganan en calidad y buen gusto interpretativo.

El concierto se abrió con las Metamorphosen de Strauss. Esta pieza, compuesta en la madurez compositiva del autor, desarrolla en un solo movimiento un discurso melódico a cargo de veintitrés instrumentos de cuerda, cada uno de los cuales es tratado como solista dentro de una escritura concertante. Íntima e introspectiva, esta obra representa un legado sonoro dentro de la producción de Strauss, a la vez que evidencia el rechazo de las nefastas consecuencias derivadas de la Segunda Guerra Mundial. Salvador Mas ensambló correctamente el discurso de los distintos instrumentos y mantuvo la expresión contenida que emana de sus compases durante los casi quince minutos de interpretación. Cabe destacar el sorprendente final que nos brindaron orquesta y director, consiguiendo en una delicada pero intensa atmósfera extinguir el sonido de la orquesta y mantener por unos segundos la necesaria resonancia reflexiva que la obra de Strauss propone. Sorprendentemente, en esta ocasión no hubo ningún miembro del público que interrumpiera inoportunamente un momento tan sublime; no siempre hay que arrancarse a aplaudir con el último gesto del directorý

Siguió el Concierto para trompa y orquesta núm. 2 de Strauss. Esta página concertante se ha convertido en un clásico dentro del repertorio para trompa, y no sin motivo. Escrito al final de su vida, está separado casi sesenta años del primer concierto para trompa del autor. Sin embargo, en muchos aspectos mantienen lazos en común, ya que ambas obras miran hacia el clasicismo alemán como muestra de culto a un pasado glorioso. La obra, en verdad, es amable y delicada en lo que a sus temas se refiere, y sin embargo resulta endiabladamente compleja en la parte solista. Óscar Sala fue el encargado de abordar este reto, y lo hizo con la destreza propia de un maestro. El sonido de Óscar Sala es limpio y cuidado, mima la línea melódica y ajusta a la perfección la métrica, y todo ello dentro del buen hacer al que nos tiene acostumbrado.

En la segunda parte se interpretó la Sinfonía número 4 de Beethoven. Esta obra, bien conocida por la orquesta, es quizás una de las menos difundidas del autor, y sin embargo no deja de sorprendernos la genialidad beethoveniana en la resolución de cada movimiento. Con una interpretación que llevó al límite la dinámica y agógica de la partitura, Salvador Mas realizó una lectura revisada de la sinfonía, dotándola de viveza y fuerza expresiva. El resultado fue una versión sorprendente y del agrado del público, a la que tan sólo se le puede reprochar el exagerado histrionismo de la trompeta en el segundo movimiento, totalmente fuera de lugar en una atmósfera de armonías comedidas y lirismo melódico.

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