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  • Macarra resabiado, chulo impecable y predicador charlatán, Nick Cave se asienta ya en la liga de los grandes con un disco donde, más que cantar, recita, refunfuña y aúlla

A estas alturas ya nadie puede cuestionar que Nick Cave, con su imagen de macarra resabiado, de chulo impecable de película de Jim Jarmusch, de predicador charlatán de tres al cuarto, de buscavidas salido del hampa con el orgullo del hombre hecho a sí mismo, es uno de los grandes. Juega la liga de campeones de Tom Waits o Neil Young. Cuando el año pasado se desmarcó de sus habituales profundidades y sombrías letanías confesionales con la vuelta a lo esencial que supuso el proyecto paralelo de Grinderman, un disco fibroso y musculado de garage, rock y blues, nadie podía sospechar el efecto revitalizante que la experiencia iba a ejercer sobre la banda madre.

Con este disco en el que un Lázaro respondón vive en un mundo post-industrial, demuestra que su querencia por lo ruidoso, por la bronca y el buscarse problemas de su época de juventud con Birthday Party nunca se fueron del todo.

Se trata de una obra elemental, visceral, en la que Cave se encuentra con Link Wray y con Johnny Thunders; en la que más que cantar, recita, refunfuña, narra y aulla con al boca entreabierta. O entrecerrada, mejor. Sus textos siguen nutridos de poesía sangrante, pero ahora toca rocanrrolear. Y es un gustazo. Dig!!! Lazarus Dig!!! es enérgico y crudo, casi primitivo. Y Nick Cave se muestra sexual y blasfemo, sarcástico, jactancioso y pendenciero. El sonido de los Bad Seeds es bronco, el de una banda que se conoce y quiere sonar áspera y primitiva. Dicen que no es su mejor disco, pero desde From her to eternity al alabadísimo Abbatoir blues/The lyre of Orpheus tiene unos cuantos meritorios.

Las dudas surgen porque aquí se muestra más guerrero que sensible, más chulesco que circunspecto como en la rotunda Lie down here (and be my girl), y, claro, una gran parte de la coartada intelectual se pierde así. Pero estamos ante puro Nick Cave en estado de gracia. Para añadir a su larga lista de memorables ahí van unas cuantas que desde la primera escucha piden volver a ser degustadas. Y eso sólo pasa con los discos grandes. Quédense con estos nombres: More news from nowhere, Dig Lazarus Dig!!! o We call upon the author. Serán algunas de las canciones del año.

Casi es mejor no prestar atención a las declaraciones de Stipe para no acercarse al disco con condescendencia. Entonces funciona. Tras la desaceleración de los últimos años culminada en el más que flojo Around the sun, sus seguidores sabían que la redención llegaría volviendo al rock. Enrabietada, con el cuchillo entre los dientes y el pie firme. Funcionan las guitarras de Peter Buck y los coros de Mike Mills. Michael Stipe convence. Por momentos uno cree asistir a la época de Life's rich Pageant y Document. A veces parecen tan cabreados como los Hüsker Dü del 88. Guauu.

En el anémico panorama del indie español, Niños Mutantes tienen el mérito de sobrevivir y crecer hasta lograr una hoja de servicios que muy pocos pueden presentar. En sus historias de pop algo tristón, directas y contadas con palabras sencillas, siempre hay una rendija por la que se cuela un haz luminoso. Engordan su cancionero con un puñado de logradas canciones para las que les sobra oficio. La madurez les ha hecho ampliar su paleta, y se permiten salpimentar el disco con guitarras de aroma country y algún toque folk sin perder la contundencia. El equilibrio justo.

Los californianos son unos mitómanos. Si en el nombre ya llevan el homenaje al más idolatrado de los Stones, titulan su nuevo disco guiñando un ojo a My Bloody Valentine y otro a la Velvet. Y ahondan en esa fascinación por sus referencias imperturbables. El noise-pop para shoegazers, la psicodelia de los 60 y el krautrock. Nada nuevo, pero en el camino tropiezan con algunas buenas canciones y uno puede entretenerse con los abigarrados nombre de algunas de ellas, como esa en la que piden la cabeza de Paul McCartney servida en la pata de palo de Heather Mills. Toma psicodelia.

Malo que un disco resulte más atractivo sobre el papel que llevándoselo al oído. Como indica el título, un puñado de artistas femeninas, casi ninguna de la primera división, rinde homenaje al más tempranero repertorio (1969-1979) del cantante canadiense, el período en que se concentra una mayor cantidad de sus perdurables y personales canciones de pájaro con un ala rota. La simplicidad estructural de la mayoría de ellas se rebela un arma de doble filo en muchas ocasiones. Y así, casi siempre apetece más escuchar las originales del propio Young que volver a darle al play.

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