Unas botas y un sombrero

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Hace unos años Alberto García-Alix se vio en la tesitura de tener que realizar un retrato de Enrique Bunbury. El fotógrafo, que trata de atrapar el alma de sus modelos en cada disparo, no se la encontró al zaragozano. Según confesaba en el libro Llorando a aquella que creyó amarme, ante la falta de sintonía entre ambos, le propuso fotografiar sólo sus botas y sobre ellas el sombrero que vestía. Para García Alix no fue más que una finta para fajarse del vacuo personaje. Lo más revelador es que Bunbury quedó encantado con el simbolismo de la imagen. Sin percatarse del recorte, como corresponde a su carácter egocéntrico. Un ego imprescindible, sin embargo, para alimentar la personalidad excesiva y algo mesiánica del Bunbury artista. El que es capaz de ofrecer un concierto de más de dos horas y media de bunburysmo sin lugar para otra cosa que no sea su visión del mundo.

En ese tiempo alternó las canciones de Hellville de luxe, su último y polémico trabajo, con algunos temas de su nutrida discografía. El maño soslayó la controversia creada por la acusación de plagio por parte de los herederos del poeta Pedro Casariego, de cuyo poemario toma prestados versos en su álbum. Hace suyo el axioma que reza: "los mediocres plagian; los genios robamos". Y no se entretiene en dar explicaciones.

¿No habíamos quedado en que la propiedad era un robo? El mismísimo Dylan ya desde sus inicios robaba la cartera cada vez que tenía ocasión a los folkies veteranos del Greenwich Village. Que le pregunten a Eric Von Schmidt, al que copió un arreglo para Baby Let me follow you down, o a Dave Van Ronk, que se regocija de que Dylan tuviera que sacar de su repertorio The house of the rising song cuando triunfaron The Animals.

Ajeno a las acusaciones, Bunbury, acompañado de una banda muy notable, deja volar sus fascinaciones con el cabaret y con México, con los poetas malditos y con el rock con denominación de origen, con la música negra y con los frikis de barraca de feria. Como un iluminado histrión, su voz engolada despliega historias circenses y las reviste de exuberancia rockera. Seguramente muchos de los 4.000 fans que acudieron a su llamada no comparten con él sus fijaciones, pero disfrutaron como críos de sus consecuencias.

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