En busca de la magia, contra la solemnidad

SOY el que canta el cuento de la tribu / y como yo hay muchísimos". Los versos del poema Yo con mayúscula, pertenecientes al libro Miro la tierra, reflejan la modestia con la que José Emilio Pacheco, resta méritos a los hallazgos de su trayectoria. Enemigo confeso de los recitales, reacio a ser "el Poeta Nacional / a quien saludan todos en la calle" y a habitar ese "sarcófago / llamado Obras Completas", el mexicano llegó a augurar, incluso, que "acaso nuestros versos duren tanto / como un modelo Ford 69 / y muchísimo menos que el Volkswagen". Pero Pacheco sabe que "la página no es, como se dice ahora, un soporte: es la casa y la carne del poema", y que "la sarnosa poesía, / risible variedad de la neurosis, / precio que algunos pagan / por no saber vivir", es también la lúcida rebelión ante un tiempo en el que la ciencia se atribuye el "monopolio entero de la magia". Una sentida reflexión en la que el verbo, incandescente, prendido en la ironía o la nostalgia, alumbra el mundo y celebra lo humano. La fugacidad de la vida está ya presente en las primeras obras del poeta: "¿Qué va a quedar de mí cuando me muera / si no esta llave ilesa de agonía, / estas breves palabras con que el día /regó ceniza entre la sombra fiera?", se interroga en su libro Los elementos de la noche. Y desde esos principios Pacheco caminará sabiendo que "la honda Tierra es / la suma de los muertos", reuniéndose "a solas / con todo lo perdido", consciente de que nuestro deambular por la existencia sucede sobre la memoria sepultada de los antepasados. Pisamos, irremediablemente, "huesos, sangre seca, restos, invisibles heridas". Pero el sentimiento de pérdida -"así vivimos siempre: despidiéndonos"- deriva hacia una liturgia que agradece lo efímero, que pide "un minuto de silencio /para oír esta lluvia que disuelve la noche" y alaba el tiempo "que nos dio este minuto y se queda / en otro bosque, la memoria, durando". Una conmovida profundidad en la que palpita el alma ambivalente de México, un país donde cohabitan, en inusual sintonía, lo fúnebre y lo festivo; donde, según Pacheco, "el ocaso / es tan desolador que se diría: / la noche así engendrada será eterna".

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