En busca de los treinta

  • El Festival ha mantenido el nivel que se le exige co un cartel ecléctico, equilibrado y con amplitud de miras sobre el jazz contemporáneo

La soberbia actuación del crooner norteamericano Kurt Elling puso el broche de oro anoche a la vigésimo novena edición del Festival Internacional de Jazz de Granada. Una cifra, 29, que en busca de la treintena, es ya por sí misma todo un logro que sitúa el certamen en una posición de privilegio dentro del calendario cultural granadino. Después de tantos años, y tras superar diversas crisis, algunas de las cuales han estado cerca de hacer peligrar su continuidad, el simple dato de una supervivencia tan longeva en un mundo tan volátil como es el de la oferta cultural dependiente de las instituciones oficiales, debería ser un seguro de continuidad para alcanzar las 30 ediciones.

Confiemos en que ninguno de los responsables políticos en cuyas manos recaen finalmente las decisiones que dotan de la financiación imprescindible a eventos como éste pierda la cordura y el Festival pueda seguir celebrándose en los próximos años. De momento parece que podemos estar tranquilos. La actual edición ha mantenido el nivel que se le exige con un cartel equilibrado, ecléctico y con amplitud de miras para cubrir las diferentes tendencias asociadas con el jazz contemporáneo.

Si en anteriores ocasiones ha habido nombres que han brillado por encima de los demás, en ésta todos los conciertos han rayado a gran altura desde la primera semana. Y se han visto satisfechos los variados gustos del público con propuestas diversas que abarcan desde el jazz más académico hasta el las excentricidades fronterizas, u otros planteamientos que se acercan al género de manera más tangencial.

En este sentido el Festival constituye un excelente muestrario de estilos del que ningún buen aficionado puede, honestamente, sentirse excluido. Así, hemos asistido a magníficas noches de jazz clásico, en las que hemos disfrutado de algunas de las piezas más emblemáticas del género de la mano de algunas de sus figuras más ilustres. Es el caso de la Dizzy Gillespie All Stars, con los míticos James Moody o Slide Hampton, que además de su veteranía aportaron el elemento de bebop, la quintaesencia de lo que todos entendemos por jazz, que todo festival debe tener, pero también el de Lee Konitz, que a sus 80 años mantiene su fidelidad a una forma de interpretar el jazz que fue rupturista y a contracorriente en su día.

Asimismo fueron ocasiones espléndidas de disfrutar de obras maestras del género las actuaciones del mencionado Kurt Elling o la de versátil Michael Philip Mossman. La del primero, con la Granada Big Band, supone una vía abierta para que los talentos locales participen del evento, una iniciativa que debe mantenerse como caldo de cultivo en el que los jazzistas más cercanos puedan desarrollarse como músicos y aprender junto a estrellas de nivel internacional. En el caso del segundo, en un interesante proyecto de producción propia que se verá culminado con la edición el próximo año de un disco con el resultado de la experiencia que aunó al cine con el propio jazz.

Habrá que animar a los organizadores a incidir en este tipo de aventuras. Junto a Elling, el siempre bien recibido jazz vocal, estuvo representado, además de con la riojana Ángela Muro, por las sugerentes voces de la majestuosa Lizz Wright, una de las gargantas más atrayentes del presente y preñada de futuro, y la exquisita Eliane Elias, que también aportó el elemento brasileño, que tan fructífera simbiosis ha hecho con el propio jazz desde hace 50 años.

El sector más adicto a los sonidos modernos e innovadores también pudo ver satisfecha su demanda con las excelentes actuaciones que Nicholas Payton dio mirando a las raíces o Chris Potter y sus Underground al futuro.

La excelencia alcanzada por esta edición no puede olvidar tampoco el exotismo al que el jazz siempre se ha prestado con la actuación de Hafer Modir, acompañado por el Trío Andaluz, o la simpatiquísima noche que nos regaló un Stefano Bollani que, cambiando los planes ante la súbita enfermedad del anunciado Enrico Rava, dejó algunos de los momentos más memorables del Festival. Finalmente habría que reflexionar acerca del papel que juegan las actuaciones programadas en paralelo. Desde las propuestas que sacan el jazz a la calle, o lo llevan al Conservatorio o la Universidad, hasta las tendencias más bailables y electrónicas que se miran en el jazz, y que se programan en colaboración con algunas salas de la ciudad, todas ellas han de recibir el impulso necesario para que los muchos aficionados que parecen existir, se animen a participar en ellas, más allá de las inolvidables veladas que tienen lugar en el marco del siempre acogedor Teatro Isabel la Católica.

Habrá ocasión de lograrlo en la próxima edición de 2009, la trigésima.

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