El cambio de rumbo de Aurora

  • Con su primer álbum, la banda granadina se coló en grandes festivales y giró por Hispanoamérica. Detalles insuficientes para unos músicos inquietos

Su primer álbum, Géminis (2013), apuntaba buenas ideas, aunque quizás lastradas por un evidente apego a unas formas tan canónicas que hacían difícil la diferenciación en una escena, la granadina, abundante en la reiteración de fórmulas. Pero, atención, también proclive a la gestación de propuestas singulares: dejando en un imposible margen a veteranos sobrados de personalidad -la saga planetaria, don Antonio Arias, Manu Ferrón, el personal clasicismo rock de Lapido...-, basta recordar propuestas recientes tan estimulantes como Trèpat o Pájaro Jack, entre otras, para concluir que los prejuicios conducen a equívocos.

A este grupo, el de los singulares, se suma ahora Aurora, que con su segundo trabajo largo, Sílice, constata un notable cambio de rumbo desde los asimilados patrones del indie-pop hacia horizontes más abiertos. "Pues eso: que uno se cansa de seguir una tradición, de ser mimético, y quiere hacer las cosas a su manera, construir su propio mundo. Eso fue lo que pasó, que nos cansamos muy pronto -explica Javier Bolívar, cantante y guitarrista de la banda-. Justo después de sacar Géminis empezamos a experimentar un cambio que tardó en materializarse. Vas absorbiendo cosas de distintos sitios, asimilando nuevas influencias... Ahora habrá que ver qué pasa con la recepción, cómo se ve desde fuera, si gusta. Lo que sí es cierto es que, al menos aquí, en Granada, mucha gente se ha sorprendido: no sabe cómo reaccionar".

Rebobinemos... Géminis llegó tras un par de epés autoproducidos que abrieron a Aurora las puertas de festivales mediáticos y sellaron su fichaje con una discográfica al uso. Incluso llegó a editarse en México a través del sello Terrícolas Imbéciles, propiciando una gira por tierras aztecas con prolongación en Colombia. Un saldo aparentemente positivo que, no obstante, no pareció contentar a los artífices del asunto -junto a Javier, su hermano Julio y Carlos Marqués-. "Creo que nuestros gustos fueron expandiéndose -cuenta el vocalista-. Ahora escuchamos más música africana y hemos absorbido elementos de la música electrónica. En general, hemos abierto mucho más la paleta. Es lo que ocurre cuando sales de tu zona de confort, del pop y del indie, que llega a ser asfixiante, y comienzas a escuchar música de otros países, de otras culturas... ¡Y mucha música negra! Hace falta mucha más música negra, más groove, más ritmos africanos".

Sílice mantiene el inmaculado componente melódico de filiación pop presente en Géminis, pero su estructura sonora ha experimentado una notable sacudida. Apenas queda rastro del primer álbum -y cuando queda, como en Algo tan sólido, los argumentos han ganado en consistencia-. Impera un tono sombrío, en ocasiones incluso inquietante -Voces, Badlands...- que cautiva la escucha gracias a su hipnótica composición de atmósferas y texturas. "Este disco apenas ha sido de local de ensayo, sino de estar sentados en casa delante de los ordenadores. Quizás suene muy cerebral, pero no lo es -señala Javier Bolívar-. Ha sido un disco más abierto y colaborativo, pero creado sobre todo delante de la pantalla. Un trabajo muy de collage, de visualizar la canción y mover piezas, probando aquí un arreglo y allí otro. El local de ensayo sirve para algunas cosas, pero no para todo. Es un trabajo más sereno, más al detalle, y eso se consigue mejor en la tranquilidad de casa. Aunque, en el fondo, la base de la mayoría de las canciones sigue partiendo de una guitarra acústica, de un riff o de unos acordes. Así que la raíz es orgánica".

El atractivo resultado convierte a Aurora en algo parecido a un verso suelto, pero no aislado. Surgen las primeras comparaciones con el imponente trabajo de los mallorquines Oso Leone, fijado hasta el momento en dos discos memorables. "Nos conocimos en el Monkey Week y... ¡muy bien! -señala Javier-. No los vemos como influencia porque, al fin y al cabo, somos grupos coetáneos, gente de la misma edad. Pero los respeto y me gusta mucho lo que hacen. Tienen un discurso muy suyo, a su bola, y muy marcado".

El elemento distintivo pasa por la originalidad del discurso, por eso tampoco extraña la respuesta cuando se le pregunta por la afinidad dentro de una escena, quizás sólo en apariencia, tan homogénea como la granadina. "Me gustan mucho Trèpat -confiesa-. Además de ser amigos, creo que tienen un discurso único. Hace poco montaron un espectáculo en el Centro José Guerrero, medio flamenco, medio teatral, que me dejó alucinado. Hacía tiempo que no veía una propuesta tan artística".

Con Trèpat no comparten sólo inquietud; también algún excomponente. "Después de Géminis, nuestro batería, José Alberto Solana, dejó el grupo -cuenta-. Son esas cosas propias de las bandas. Estás expuesto a muchas decisiones, a mucho estrés. Y eso desgasta. Después de aquel disco la comunicación ya no era fluida. Pero no ha habido nada raro, seguimos siendo amigos. Ahora está tocando con Trèpat y nosotros nos quedamos en trío, aunque contamos con un batería, Alberto Valero, que se incorpora para esta gira".

Ésa es otra cuestión: las canciones de Géminis, en toda su robustez, podían ser trasladadas al escenario tal cual. ¿Pero qué ocurre con las de Sílice? "Pues creo que va a ser un disco muy de directo. Lo presiento -aventura-. Estos días estamos preparando los conciertos, ultimando detalles. Ahora llevamos teclados. Y va sonar también contundente, aunque con más matices y espacios. Quizás no tan pop, en el sentido tradicional, sino más abierto".

Todo ello, dicho sea de paso, desde una cada vez más inevitable autogestión. Al menos, cuando el músico se empeña en hacer justo lo que quiere, y no otra cosa. "Estamos sin sello, así que lo publicamos nosotros mismos -dice Javier-. Es el signo de los tiempos que nos ha tocado vivir. A las discográficas les cuesta invertir, arriesgarse. Pero, bueno, creo que lo importante hoy es tener un buen mánager. El modelo, definitivamente, ha cambiado".

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