Crítica de Cine

Sobre el cine, el arte y la vida

francofonía

Cine histórico, Francia, 2015, 87 min. Dirección y guion: Aleksander Sokurov. Música: Murat Kabardokov. Fotografía: Bruno Delbonnel. Intérpretes: Louis-Do de Lencquesaing, Vincent Nemeth, Benjamin Utzerath, Johanna Korthals Altes, Jean-Claude Caër, Andrey Chelpanov.

El público tiene la última palabra, por difíciles que le pongan las cosas. Esta hermosa, emocionante e inteligente película se ha distribuido poco y mal. Pero si el público llena los pocos pases en vez de llenar los muchos pases de las muchas copias de cualquier mamotreto de efectos especiales, las empresas darán más espacio a este tipo de películas. Si, por el contrario, el público da la espalda a películas como esta le estará dando la razón a quienes las distribuyen y exhiben en tan rácanas condiciones. Es un cine de vocación minoritaria, cierto; pero en una sociedad educada y madura estas minorías deben ser lo suficientemente amplias -como entre los años 50 y 70 lo fueron- como para hacer posible que, al igual que sucedió con la edad de oro del cine de autor europeo, distribuirlas y exhibirlas no equivalga a un suicidio comercial. En cultura se vota todos los días: seleccionando uno u otro programa de televisión, comprando libros o sacándolos de bibliotecas, yendo a ver unas u otras películas….

Dicho lo cual, vayamos con Francofonía. La dirige el admirado y denostado a partes iguales Aleksander Sokurov. Y es razonable que así sea porque Sokurov es carne de Cannes -que lo mima- y de esa crítica que parece exigirle a cada película que reinvente el lenguaje cinematográfico; y porque su extensa filmografía incluye obras de gran interés, como su trilogía sobre el poder -Moloch, Taurus y El sol, sobre Hitler, Lenin e Hirohito-, la estremecedora Leyendo el libro del bloqueo sobre el asedio a Leningrado o la asombrosa (y apabullante: un plano secuencia de hora y media por el Hermitage) El arca rusa, tal vez su obra maestra; pero también obras indigestas y pedantes por su desproporción entre ambiciones y realidades, como Fausto, la más desmadrada y plúmbea de las suyas que haya visto.

Con respecto a Francofonía no teman: es una de sus grandes películas. Que parece, no casualmente, prolongar las extraordinarias Leyendo el libro del bloqueo -por sus reflexiones e imágenes sobre la crueldad de la guerra- y El arca rusa. Si aquella se centraba en el museo del Hermitage petersburgués, esta lo hace en el Louvre parisino. En aquella Sokurov se preguntaba por la relación entre el poder y el arte, y sobre todo por ese enigma llamado Rusia en relación con la Europa de la que forma parte y a la vez le es tan extraña. En esta otra película se vuelve a preguntar por la relación entre arte y poder, pero en circunstancias más dramáticas.

París durante la ocupación nazi. Mientras en el mundo se desata un horror sin precedentes y mueren millones de personas, el conde Franz von Wolff-Metternich, militar, historiador del arte y Kunstoffizier -oficial encargado de la protección de las obras de arte en los países ocupados- y Jacques Jaujard, Director de los Museos Nacionales Franceses y del Louvre, intentan por todos los medios salvar las obras del museo que no han sido escondidas antes de la ocupación (afortunadamente las más importantes) tanto de los estragos de la guerra como de la rapacidad de los jerarcas nazis (Von Wolff-Metternich se opuso firmemente a Von Ribbentrop, que pretendía que las colecciones a salvo en varios castillos volvieran a París para así ponerlas a salvo de las garras de Hitler, Göring y Goebbels).

Sokurov es Sokurov, desde luego. La película se abre con el director ultimando la película, con Marianne -la figura que simboliza la República Francesa- corriendo por el Louvre hasta llegar a La balsa de la Medusa de Géricault, con un barco que transporta obras de arte por un embravecido mar del Norte… Y con esta reflexión: el océano y la historia son así, una furia sin conciencia, sin moral; pero, ¿qué nos importa el océano?, el hombre tiene sus casas, la belleza, las ciudades… Pero hasta la más feliz de las ciudades no está a salvo de un desastre. Y del presente se salta a junio de 1940, cuando los nazis entraron en París.

A partir de ahí -y siguiendo muy de cerca el estilo de los falsos documentales inventados por Fellini en Los clowns o Roma- Sokurov alterna el rodaje de esta película sobre el Louvre durante la guerra, la reconstrucción de los afanes de Franz von Wolff-Metternich y Jacques Jaujard, imágenes oníricas o simbólicas (Napoleón recorriendo el Louvre: podría quitarse y no pasaría nada), extraordinarios planos de las obras de arte e imágenes documentales del París ocupado y de los horrores de la guerra, incluyendo escalofriantes planos del asedio de Leningrado: un millón de muertos, canibalismo, bibliotecas, obras de arte y edificios destruidos.

Arte y muerte, arte y poder, arte y vida, arte y memoria… Salvar cuadros mientras mueren millones de seres humanos… Reflexiones en off de la voz de Sokurov -inteligentemente irónica- discurriendo en paralelo a la película, como si la viéramos con él en una sala privada de proyección. Hasta un final realmente extraordinario en el que el director, además de a nosotros, se dirige también a sus dos personajes. Investigación formal y cine con formato de ensayo audiovisual no están reñidos, sino todo lo contrario, con la emoción.

La historia que sirve de anécdota a esta potente reflexión sobre el arte, la vida y el horror de la guerra tuvo un final feliz: en 1952, y a petición de Jaujard, De Gaulle le concedió la Legión de Honor a Von Wolff-Metternich por sus desvelos para proteger el Louvre y el patrimonio francés. Protejan ustedes el patrimonio cinematográfico y vayan a verla.

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