En el corazón de África

  • Peter Viertel noveló sus experiencias africanas y cinematográficas junto a su 'maestro' Ernest Hemingway en la obra 'Cazador blanco, corazón negro'

Peter Viertel fue, para entendernos, uno de los discípulos de Ernest Hemingway más aventajados y cercanos al autor de Adiós a las armas. Viertel, por poner un ejemplo, acompañaba al Viejo Oso, en 1953, en su primera visita a España desde los tiempos de la Guerra Civil, y seguramente al mentor se deba la pasión ibérica del pupilo. En Hemingway tuvo un modelo de escritor y de hombre, y Viertel hizo suya la prosa sin retórica hemingwayana, además de cultivar esa virilidad refrendada por el alcohol y el vagabundeo. No obstante, no todos los saberes del maestro están destinados al discípulo. Si Hemingway supo como nadie ordeñar las ubres hollywoodienses sin dejarse pillar por el toro, Viertel careció de su audacia o de su arrojo y acabó sucediéndole como a numerosos escritores (piensen en nuestro paisano Rafael Azcona): su dedicación al mundillo del cine ha oscurecido su legado literario.

Su currículum como guionista, no se discute, es notable. A los veintipocos años trabajó con Alfred Hitchcock, nada más y nada menos, y a continuación lo haría con cineastas de la talla de Henry King, John Huston o John Sturges. Su nombre aparece en los créditos de un buen puñado de películas, algunas muy populares, pero ¿y sus libros? ¿Quién ha leído los libros de Peter Viertel? En España es prácticamente un desconocido. La mayor parte de su obra continúa inédita; al menos, de momento. Al sello cordobés Berenice le debemos, primero, la edición de una hermosa novela suya, Una bicicleta en la playa, y la recuperación ahora de su título más célebre: Cazador blanco, corazón negro. Son las dos primeras entregas de una biblioteca dedicada al escritor norteamericano que promete deparar más de una sorpresa. La novena musa está, precisamente, tras Cazador blanco, corazón negro.

La historia es de sobra conocida. A principios de los 50, el director John Huston solicitó la ayuda de Viertel para reescribir el guión de La reina de África, una película de aventuras que querían filmar en el corazón del continente negro. La tarea, iniciada en Londres, continuaría en tierras africanas pero, una vez allí, Huston se desentendió del filme. El rodaje habría sido una excusa para satisfacer su obsesión por la caza mayor; al cineasta le reconcomía una idea fija: matar un elefante africano, su Moby Dick particular. Huston terminó La reina de África y obtuvo, ironías de la vida, uno de sus mayores éxitos comerciales -no así Viertel, pues su trabajo al final no fue acreditado- y la película ha alcanzado, en la actualidad, una dimensión casi mítica, desproporcionada. Peter Viertel noveló parte de la peripecia y el libro, cerrando idealmente el círculo abierto, inspiraría a su vez un estupendo filme de Clint Eastwood.

La novela fue catártica en varios sentidos. Al igual que Ernest Hemingway, Huston simbolizaba una manera de ser y estar en el mundo, y Viertel documenta la decepción, el hallazgo del lado egoísta, mezquino y peligroso de aquella leyenda viva. El retrato de Huston -John Wilson, en la ficción- se cuenta entre lo mejor del libro, por descontado. Wilson es un individuo independiente, atraído por el riesgo, que vive siempre en presente; su trabajo como realizador es únicamente un modo de vivir una vida al límite costeada por las arcas de las grandes productoras (nada que objetar a esto, bien al contrario). Pero Wilson tiene también un punto cínico: el partido debe jugarse permanentemente en su campo y con sus reglas; y un punto sádico. Es un aventurero, sí, y además un fanfarrón, un tipo caprichoso y arbitrario, capaz de lo mejor (como salir en defensa de un camarero negro) y de lo peor (exponer la vida de sus colaboradores por un capricho personal). John Huston, por lo visto, se sintió halagado.

Las más de cuatrocientas páginas de la novela dan para mucho, no sólo para el relato de una amistad abocada al naufragio. En un platillo de la balanza, hay un certero análisis de la "lógica del despilfarro" típicamente hollywoodiense; en el otro, un tributo a esa idea de aventura humana que hizo memorable al cine norteamericano del período clásico. Hay más. En el periplo londinense, Viertel disecciona con lucidez a esos esnobs que giran, cual satélites, en torno a la industria del cine; en el africano, hace un retrato crítico de la colonia inglesa, anquilosada en valores decimonónicos. Y hay más. Un bello homenaje a África. Bien templada, bien llevada, la narración destila el aroma inconfundible de las cosas vividas.

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