El culto a la espada y el cultivo del crisantemo

  • Alianza recupera 'Los sables', del autor japonés Yukio Mishima, un autor que sigue conciliando mayores elogios fuera de su país con su mezcla de fuerza y delicadeza

En La espada y el crisantemo, Ruth Benedict refiere cierta fábula incluida en los libros de texto japoneses anteriores a la II Guerra Mundial. El cuentecillo explica cómo un cachorro, nacido débil, fue criado por un hombre al par de sus hijos. Al crecer, el perro se acostumbró a acompañar al amo hasta la estación, cada mañana, cuando éste se iba al trabajo; por las tardes, el animal acudía al lugar para acompañarlo de vuelta a casa. Un día, el buen hombre murió, pero el perro continuó yendo y viniendo a la estación, puntualmente, a esperarlo… Para cualquier occidental, el relato ilustra ejemplarmente la idea de fidelidad. Para un japonés, en cambio, la moraleja es (o era) otra: actuando así, el animal satisfacía la deuda contraída con el hombre. Estamos hablando de un código ético en el cual el sentido del deber aprieta con mucha más fuerza que los lazos emocionales. De no cumplir con sus obligaciones (familiares, profesionales, sociales), la vergüenza se cierne sobre el individuo y, en Japón, la vergüenza ocupa el mismo lugar que la amenaza del pecado en ámbito judeocristiano.

Las circunstancias en que nació La espada y el crisantemo abundan en las concepciones opuestas que del mundo tienen (o tenían) Oriente y Occidente. En junio de 1944, el gobierno estadounidense encargó a la antropóloga Ruth Benedict un estudio sobre Japón, entonces una potencia enemiga. Al ejército norteamericano lo confundía una actitud que no era exactamente jactancia. Benedict lo describe en estos términos: "En los Estados Unidos se decía que la guerra duraría por lo menos tres años, acaso diez, quizás más. En el Japón se aseguraba que iba a durar cien". La contienda no duró tanto, como sabemos. El lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 -cuya mención Benedict se cuida de omitir- obligó al País del Sol Naciente a rendirse. La pauta de comportamiento del vencido volvió a desconcertar al vencedor. Los soldados japoneses que habían defendido con lanzas de bambú los últimos baluartes del Pacífico, ésos que preferían suicidarse a ser hechos prisioneros, pasaron a colaborar plenamente con el ejército de ocupación: "Hasta agosto de 1945, el chu [Deber patriótico] exigía que el pueblo japonés combatiera con el enemigo hasta caer el último hombre. Cuando el emperador cambió las exigencias del chu al proclamar por radio la capitulación del Japón, los japoneses se deshacían tratando de expresar cu cooperación con los visitantes". El sentido del deber volvía a estar por encima de consideraciones secundarias como el rencor o el desquite, tan occidentales.

En ese tiempo y en esos valores creció Yukio Mishima, un autor que todavía hoy sigue conciliando mayores elogios fuera de su país. Para el lector occidental, Mishima reúne los extremos más visibles de una cultura capaz de elaborar toda una filosofía de prácticas tan diversas como el culto a la espada y el cultivo del crisantemo. Fuerza y delicadeza recorren la obra entera del gran escritor japonés, del que acaba de publicarse Los sables, una antología de relatos hasta ahora inéditos en nuestro idioma. La espada es esencial en el relato que da título al volumen, centrado en los alumnos de un grupo universitario de kendo -una forma de esgrima japonesa- y en Jiro Kobuko, un típico héroe mishimiano. Para Jiro, todo gira en torno a la perfección de la técnica: "Lo más importante que puede hacer una persona en la vida es aprender una sola cosa, por pequeña que sea. Con una es suficiente", leemos en este hermoso relato. La práctica del kendo exige una rigurosa disciplina en el individuo; a través de ésta, el espadachín domina sus emociones, disciplina el cuerpo, construye una ética. La espada no es un simple instrumento de combate. El relato acaba con el sacrificio ejemplar de Jiro, uno de esos suicidios en los que Mishima estuvo ensayando el propio.

El crisantemo está también presente en Los sables. En los dos primeros relatos, que ilustran con extrema sensibilidad el paso de la niñez a la adolescencia, así como el descubrimiento de una identidad sexual problemática, los protagonistas reparan en cierto momento en mazos de estas flores. En Tabaco, que Mishima escribió con solo veinte años, forman parte de un escenario que anuncia el final de la infancia: "La mayor parte de las flores ya estaba mustias. Sólo quedaban, y en abundancia, crisantemos. Pero también en las hojas de éstos dominaban los tonos de un amarillo pálido con una monotonía que sólo las flores abiertas prestaban al conjunto una pincelada de viveza artificial". En El martirio, por contra, en el que las pulsiones homosexuales se enseñorean de la historia, los crisantemos son el aderezo accidental que cubre el cuerpo de un chico vejado por sus compañeros de instituto: "Sus pantalones, manchados de la roja arcilla, estaban decorados con restos de la rosa silvestre, de delicadas y amarillas florecillas, de la pelusa del diente de león, del polen del crisantemo y de otras plantas del bosque". Aunque algún relato no esté a la altura del autor -pienso en Pan de pasas, una concesión a la moda Beat-, Los sables confirma el inmenso talento de Yukio Mishima, uno de esos raros autores de quien el lector siempre aprende algo.

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