Crítica de Cine

La cumbre interior

Ricardo Darín, sobresaliente como siempre, y aquí en un registro especialmente opaco. Ricardo Darín, sobresaliente como siempre, y aquí en un registro especialmente opaco.

Ricardo Darín, sobresaliente como siempre, y aquí en un registro especialmente opaco. / g.h.

Entre la alta política y el psicoanálisis, el tercer largo de Santiago Mitre anuda el thriller con la disección (enmascarada aunque reconocible) de la crónica contemporánea en un relato abierto y sugerente, plagado de capas y recovecos, de giros y derivas, a propósito de un ficticio presidente de Argentina tras el que no sería muy descabellado reconocer a Mauricio Macri.

Como ya ocurriera en El estudiante, aunque ahora bajo el formato de la gran producción internacional elegante, estilizada y con un lujoso reparto panamericano, Mitre y su coguionista Mariano Llinás se interesan de nuevo por los mecanismos y vericuetos del poder encarnados en la figura de un líder político (Darín, sobresaliente como siempre, y aquí en un registro especialmente opaco) que tiene que resolver en un mismo fin de semana, durante la celebración de una cumbre de mandatarios latinoamericanos en un hotel de montaña chileno, un asunto privado relacionado con su hija y su propia y estratégica emergencia como figura pública de peso en el nuevo contexto continental.

Mitre conjuga los resortes de la intriga política con la mirada a los fantasmas familiares

La cordillera funciona así como un relato doble, paulatinamente entreverado, enigmático y abierto, capaz de conjugar con precisión los resortes de la intriga política y su guerra sucia con la introspección en los fantasmas personales y familiares.

Mitre se mueve como pez en el agua siguiendo a su presidente en sus recorridos, encuentros y conversaciones con los miembros de su equipo, con otros líderes políticos o con la periodista (Elena Anaya) que funciona como espejo y altavoz de esa idea del "hombre común" que atraviesa la película y se carga como una pesada mochila a las espaldas de Darín. Pero también es capaz, y aquí queremos creer que es Llinás quien domina, de insuflar poco a poco una extraña dimensión onírica a todas esas escenas con la hija (Dolores Fonzi) hipnosis mediante, verdaderos agujeros negros y salidas de un relato que se abre a la ambigüedad, a la duda y a la emergencia abstracta de un pasado oculto que ensombrece la historia oficial del presidente y su impecable trayectoria.

Como de costumbre, es Alberto Iglesias quien mejor sabe leer con su música esta doble corriente y las turbulencias del filme, entre la tensión interior del conflicto edípico y el carácter grotesco del circo del poder, la traición y la corrupción moral que sobrevuela las cumbres nevadas.

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