Los días que pudieron cambiar la historia de España

  • Moreno Alonso rehabilita la figura de José Bonaparte como rey constitucional desde sus dos vidas: político e intelectual

Entre las facetas más desconocidas del menos conocido de nuestros reyes, José Bonaparte, están sus años norteamericanos. Último tramo de un proyecto vital que estuvo iluminado por la fe del constitucionalismo, aprendido en su juvenil Córcega, fracasado en España y, por fin, reencontrado en el sueño de esa nueva América que fue para muchos el país de la Razón.

Éste es el hilo conductor que enhebra el apasionante relato de Manuel Moreno Alonso sobre el mayor de los Bonaparte. Un texto que se pliega sobre sí mismo cuando el intelectual José mira lo que fue su vida reflejada en el espejo del Atlántico que ya lo separa de Europa, juzga las oportunidades perdidas e interviene, desde las páginas de los diarios de Filadelfia, en el debate sobre Napoleón, avizorando la escala de revoluciones liberales que arrancan de 1830.

Dos vidas en una: la del político activo y la del intelectual reflexivo; que Moreno Alonso desgrana apuntando, a nuestro juicio, dos rutas novedosas en la aún limitada historiografía española sobre el llamado rey intruso. De un lado, su experiencia como redactor de la constitución napolitana que será luego esencial en el texto de Bayona(aportación que revisa la posición vicaria que siempre se le ha atribuido en los sucesos de 1808). Del otro, una inequívoca voluntad de reinar buscando el equilibrio político (atrayéndose a los mejores talentos de su época más allá de las ideas), más explícita a partir de la segunda entrada en Madrid en enero de 1809 y de su larga estancia en Andalucía en 1810.

Es en Sevilla, como acierta a señalar el autor, donde por primera vez se siente rey, despertando la simpatía de amplios sectores de la clase ilustrada, los militares y, tal vez, la grandeza de España. Revela Moreno Alonso un documento excepcional al respecto. La confesión de Espoz y Mina durante su visita al destronado rey en América. El viejo guerrillero le intimó, entonces, la predisposición del Duque del Infantado y el de Montijo, apoyada por el mismo Empecinado para unirse al prudente monarca bajo la condición pactada de la retirada de la armada francesa. De haber seguido adelante esta iniciativa otra pudo ser la suerte de España.

Ya sabemos que el final de esta historia fue muy distinto. Imposible vencer la desconfianza del bajo clero, la hostilidad del pueblo, recuperar, en fin, la dignidad del rey intruso colocado por un poder extranjero. Imponderables que no impiden reconocer en Bonaparte un gobernante benigno e ilustrado que supo rodearse de un excepcional equipo de colaboradores (certeros retratos traza Alonso de Miguel José de Azanza, el cubano Gonzalo O´Ferril y sobre todo de Cabarrús quien le profesó afecto filial) que quiso congraciarse con un pueblo al que, en cambio, nunca llegó a comprender y, en fin, gobernar con criterio propio y sentido común en circunstancias, sin duda, adversas.

Era necesaria la revisión de esta figura capital de nuestra reciente historia, injustamente caricaturizada o sencillamente ignorada por los profetas de la patria.

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