No es difícil imaginar

  • El poeta intuyó desde el comienzo el valor literario y el enorme impacto que iba a tener el libro, el primero que abandonaba el paisaje de Castilla para centrarse en los paisajes andaluces y en sus gentes

No es difícil imaginar al poeta, un 29 de julio de 1924, sopesando expectante el cuaderno en el que trascribirá las primeras composiciones del Romancero gitano. Es de noche; ciertas cosas sólo se hacen de noche. Y es fácil imaginarse a Federico García Lorca contemplando (o sintiéndose contemplado) por las que serán sus musas: la luna, la plata que la luna deposita en las cosas y esa oscuridad olivácea, verde, del campo andaluz. Tampoco es difícil imaginar la atmósfera. Estamos en julio: el cielo de verano debe ser un fotograma repetido desde hace siglos, una lámina untuosa plagada de estrellas, y la tierra no logra desprenderse del calor acumulado durante el día. La banda sonora, ésta sí, es diferente a la actual, nada de competiciones de tubos de escape a las tantas de la madrugada, ni televisores que los vecinos sacan al balcón para deleite del vecindario, ni el runrún infatigable (de termita, de enjambre) de mil y un acondicionadores de aire. En lo que se refiere a rumor de fondo, cualquier tiempo pasado fue mejor. Y el poeta, además, está en la Vega, en Valderrubio, lejos del mundanal ruido. En nuestras noches no hay jinetes cabalgando sobre el tambor del llano. En las de entonces, sí. Federico García Lorca cierra los ojos. Fuera, por el camino, se escuchan los cascos de un caballo.

No es difícil imaginar a García Lorca, decíamos, en esa noche de estío, copiando la primera pieza: Romance de la luna, luna, escrito un año antes. Los versos acusan a una luna que desciende a una fragua para llevarse a un gitanillo con ella; es una estampa trágica: la luna, que es la muerte, abandona el lugar dejando sobre el yunque a un niño con los ojos cerrados. Para siempre. El 30 de julio, a la noche siguiente, pues ciertas cosas sólo se conciben de noche, García Lorca añade al cuaderno el Romance de la pena negra. El verano de 1924 dará aún mucho de sí: el 20 de agosto estampa, negro sobre blanco, La monja gitana. También compondrá el famosísimo Romance sonámbulo; esta vez, la víctima de la luna será una gitanilla ahogada en un aljibe. El libro, desgarrado y épico (el romance es la forma estrófica por antonomasia de la épica castellana), ya tiene cuatro de sus mejores poemas. Y la entrega del poeta no decae. En 1925, desde Cadaqués, donde comparte días y noches con su amado amigo Salvador Dalí, García Lorca escribe que el poemario ya está listo. No obstante, a finales de ese año todavía está viéndoselas con el Romance de la Guardia Civil. No, aún no está terminado, aunque el autor, que fue un espléndido promotor de sí mismo, ha conseguido que el Romancero gitano se comente, aplauda o denigre como si fuera ya una realidad. No es difícil imaginar, le dice a su audiencia, lo que el libro ha de ser…

De la parra del calendario se caen las hojas de 1926 y 1927. Y llegamos a la fecha que, ochenta años después, hoy se conmemora: 1928. No es difícil imaginar al poeta, lejos de Granada, más a sus anchas. Sonríe. Federico García Lorca está en Madrid y no cabe en sí de gozo: la Revista de Occidente va a publicarle el libro. Ha debido incluir algunas composiciones para satisfacer al editor, pero ahora sí puede decirse acabado. A finales de julio, cuatro años después de aquella noche en que comenzó oficialmente su redacción, el Romancero gitano sale a la calle y lo hace en loor de multitud. Ningún poemario en español, dicen, ha recibido nunca una acogida tan calurosa. Las ventas son importantes, excepcionales; se habla de un "fenómeno insólito". Para hacernos una idea, en la actualidad, tendríamos que imaginar al orondo Carlos Ruiz Zafón sentado ante una fila kilométrica en la última Feria del Libro. En el caso de García Lorca, sin embargo, los parabienes son generales (me cuesta imaginar, dentro de 80 años, celebrando la aparición de El juego del ángel, aunque esto se la sude, y con razón, al escritor barcelonés).

Volvamos junto al poeta granadino. No es difícil imaginarlo sopesando el libro que fue un cuaderno; pretensión hecha certeza, como todo libro. Lo aprieta contra el pecho a falta de algo mejor que estrechar. De repente, deja de sonreír. Según parece, el poeta anda algo resabiado esos días; ha vuelto a poner los ojos en un amigo que no quiere ser amado. El éxito quizás le sirva de venganza. Su gratitud, en cualquier caso, será inmensa: Federico García Lorca siempre consideró el Romancero gitano su obra mejor acabada. Las noches madrileñas son distintas, la luna de Madrid no es la misma que la de La Vega granadina, y el poeta está venteando nuevos caminos. Imaginemos a García Lorca una última vez, pues no es difícil imaginar, con el libro en sus manos, cerrando los ojos, apretándolos. Gira el rostro apenas, ¿qué oye? Fuera, lejos, un jinete se acerca tocando el tambor del llano.

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