Mas, el director deseado

Con Salvador Mas llegó la música. Tras varios años en los que la Orquesta Ciudad de Granada sobrevivía entre el voluntarismo de los directores invitados y la desidia de un titular ineficaz, la llegada de Salvador Mas al podio de director ha sido tan bendecida como las lluvias que durante esta semana han provisto los pantanos. El comentario generalizado en la sala hacía referencia a que, por fin, volvíamos a escuchar buena música de forma habitual, pese a las enormes deficiencias acústicas del Palacio de Congresos.

El toque Mas es inconfundible para aquellos que lo hemos seguido durante los años que ha venido como invitado para dirigir nuestra orquesta. Sólo el gesto inicial de su mano ya supone el indicio certero de que vamos a escuchar algo excepcional, como lo fue la magistral versión que ofreció de la Sinfonía en Si menor 'Inacabada' de Franz Schubert. Esta obra, escuchada en numerosas ocasiones, no supuso una sorpresa para un auditorio ya acostumbrado a la música de repertorio; más bien fue un agradable reencuentro, lleno de la frescura y viveza que Mas le infundió a su interpretación. Con unos tempi acertados, con una dicción meridiana de los motivos melódicos y un equilibrio sublime de las fuerzas tímbricas, su experta dirección extrajo a la OCG sonidos de enorme belleza y delicadeza, capaces de emocionar al más escéptico. Fue un momento mágico, en el que la concentración del auditorio confirmaba la bondad de la música que se estaba llevando a cabo en el escenario.

Como segunda obra del programa se interpretó la colosal Canción de la tierra de Gustav Mahler. A caballo entre una sinfonía y una colección de canciones, la obra se articula a partir de una selección de textos medievales extraídos del acerbo lírico chino de la dinastía Tang. A partir de esta selección, Mahler dota a su obra de una carga semántica de tintes existencialistas, repasando aspectos del pensamiento humano tales como la fugacidad de la vida, la necesidad de belleza o el vértigo ante la muerte. El resultado es una de las composiciones más personales e intimistas del autor, un corpus de grandes momentos musicales puestos al servicio de la poesía oriental.

Magistralmente articulada por Salvador Mas, que nuevamente supo articular encomiablemente los efectivos orquestales, contó en los papeles solistas vocales con la mezzosoprano Jane Irwin y el tenor Donald Litaker. Hemos de decir que se trató de una buena interpretación, pese a que en ocasiones dicha afirmación se base más en la intuición que en los hechos empíricos.

La deficitaria acústica del Palacio de Congresos hizo que, por momentos, perdiéramos el discurso vocal de los cantantes en una maraña de sonoridades mal proyectadas que propiciaron una desigual audición de las calidades musicales de los solistas. Así, en el primero de los poemas, El brindis de la miseria de la tierra, el tenor Donald Litaker tuvo que resignarse ante la imposibilidad de poder proyectar a la sala su discurso. También tuvo dificultades la mezzosoprano Jane Irwin en De la belleza, cuarto de los poemas; pese a tener una voz prodigiosa y unas enormes dotes expresivas, hubo de luchar contra los elementos acústicos. Aún así, su última intervención en El adiós sólo puede clasificarse de sublime; la enorme delicadeza de su voz, puesta al servicio de una música de enorme sutileza y dramatismo, hizo olvidar las carencias comentadas y levantaron al público, que ovacionó a cantantes, orquesta y director con profusión.

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