'El efecto K', una gran provocación intelectual

  • Valentí Figueres presenta una road movie histórica que abarca desde la Revolución del 17 a la Guerra Fría

Valentí Figueres, un cineasta criado en las Artes y la Filosofía más que en los audiovisuales, según él mismo se define, propone al espectador de su primera cinta de ficción, El efecto K, un ejercicio de consciencia sobre la verdad, la manipulación y el recuerdo con el que juega a repensar la historia.

No es El efecto K, de subtítulo El montador de Stalin, apta para mentes acomodadas o espectadores que busquen respuestas fáciles, explica el director, sino para quienes gusten de la provocación intelectual y más aún para quienes "tengan activa su mente". Y siendo verdad la advertencia, pues como él mismo acepta, no es una película "fácil ni simple", el espectador debe saber que va a asistir a una narración ficcionada de un montón de historias reales unidas en un único personaje que funcionan a modo de "road movie" histórica (abarca desde la Revolución del 17 a la Guerra Fría).

"Es una aventura de espías y viajes contada desde la voz del propio protagonista, un drama con momentos de comedia", indica el valenciano, también guionista, que suele escribir a medias con Helena Sánchez. Pero también es la historia de la amistad (y el amor) de dos hombres, ambos cineastas, ambos locos por el cambio social, entusiastas del arte y de la creación, adolescentes utópicos que jamás crecieron y que vivieron sus vidas profesionales y personales a la sombra del presidente de la Unión Soviética José Stalin.

Figueres, que ha dedicado cuatro años a realizar este primer largometraje de ficción (si bien, explica, el porcentaje de imágenes reales supera el 40 por ciento y los hechos que narra, el 80), trabajó con 600 home movies (películas caseras) compradas en tan diversas partes del mundo como Rusia, Francia o Nueva Zelanda.

Criado en la URSS y con fuertes vinculaciones en Leningrado y San Petesburgo, el documentalista autor de obras como Vivir de pie. Las guerras de Cipriano Mera, decidió crear al personaje de Maxime Stransky a partir de una persona real, Makxim Shtraukh, amigo noble del realizador Sergei Eisenstein y asistente suyo en El acorazado Potempkin y La huelga.

Stransky "es verdad en parte", explica Figueres, porque en él confluyen episodios reales "o no" -apunta con un guiño- de no menos de quince personas. Así, Figueres convierte al espía que sí fue Shtraukh en el agente responsable del colapso de la banca estadounidense que finalizó con el Crack del 29 al inundar el mercado capitalista, por orden de Stalin, con cientos de miles de millones de dólares exquisitamente falsificados.

O en el protagonista de la operación Borodino, que logró sacar los planos de la bomba atómica introducidos en una copia de la Venus de Milo, o el agente que escapó del FBI atravesando el Polo Norte en una avioneta.

La película está salpicada de imágenes reales que el director completa con una ficción rodada con el mismo estilo, color y desenfoques propios de las películas de aficionados que le dan la profundidad necesaria para la duda. "Toda la cinta bascula sobre el número dos", explica: "El actor que también es espía, el 'cine ojo' (Stransky) y el 'cine verdad' (Eisenstein), las dos familias de Maxime, la rusa y la americana: dos formas -resume- de entender la vida y el cine".

En ese sentido explica Figueres el título de la película: El efecto K se basa en el experimento cinematográfico de Lev Kulechov realizado en 1922 sobre el significado de la imagen y su valor, de la memoria y de cómo puede ser modificada o suprimida", algo que el cineasta entiende que sucede en el cine, y en la vida. "Me impresionó mucho la decapitación de los pensantes, las no-voces, los borrados: Boris Pasternak, Vladimir Maiakovski, Vsevolod Meyerhold. Por ellos -señala Figueres- decidí contar una parábola sobre cómo se construye la memoria europea". Y eligió a Stalin porque "es el gran devorador de la memoria, el dios-caníbal, el gran constructor de un inmenso Efecto K social".

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