Un encuentro antológico

Lo mejor que nos llevamos de la noche del 5 de junio en Fuente Vaqueros fue la colaboración del maestro Manolo Sanlúcar y la granadina Marina Heredia. No sólo por la simbiosis, que pudo ser perfecta si no planeara una nube de frialdad en el escenario, sino por el feliz encuentro de dos sensibilidades reconocidas. Por un lado, un guitarrista que, a sus 64 años, después de algunos pasos francamente duros, se encuentra en un momento de reposada belleza en su forma de concebir el arte y trasmitirlo. Por otro, una cantaora que está llamada a formar parte de las grandes, una cantaora que ha ido creciendo desde la base, sin prisa, con los pies en la tierra, sabiendo que si la subida es lenta la cima es estable. Tratándose de Fuente Vaqueros, del pueblo de su admirado García Lorca, con quien, asegura, hablar de tú a tú en su estudio, que visitó en el proceso creativo de Locura de brisa y trino, el trabajo que grabó en el año 2000 con Carmen Linares, tomando prestados los versos del poeta, Manolo escoge este trabajo como regalo de los 110 años que hubiera cumplido Federico.

Para abrir boca, antes de que saliera Marina Heredia al escenario, el guitarrista comenzó a caldear el ambiente con Maestranza, una de las piezas de su disco Tauromagia (1988), y las bulerías Tercio de varas, del mismo trabajo. El granadino David Carmona, que le acompañaba como segundo guitarrista, hizo en solitario una taranta de dulce. Es un tocaor de futuro, un referente, que llegará muy alto, según el maestro.

Para la segunda parte, si se puede llamar así en un concierto que no tuvo intermedios, salió una Marina respetuosa y agradecida para acompañar al genio de las seis cuerdas en sus creaciones lorquianas. En primer lugar, las guitarras abordaron esa inmensa carta de amor, con tempo de garrotín, llamada Carta a Doña Rosita, una verdadera obra de arte. A continuación interpretaron El poeta pide a su amor que le escriba. La joven Heredia reinventa la copla. Entre las tres, cuatro, cantaoras que he escuchado acompañar a Sanlúcar en este trabajo, me quedo con la albaycinera. Su tesitura, su aporte personal, el grito controlado, los altibajos imposibles, el sentimiento desbordante, vienen como anillo al dedo poético de nuestro compatriota. A esto le sigue Gacela del amor desesperado, un hermoso toque por levante, para terminar con alegre rumba Son de negros en Cuba.

Un concierto memorable con algunos interrogantes. ¿Por qué el maestro achacó su desconcentración y su falta de finura acostumbradas a los periodistas y, en concreto, a los fotógrafos que realizaban su trabajo al pie del escenario? ¿Por qué se mascaba la tensión en las tablas, limitando la alegría de una onomástica, no concediendo siquiera la gracia de un bis, como demandaba el público?

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