Letras hoy

De cuando entonces

  • Chirbes da vida a 50 años de nuestra intrahistoria reciente en 'La buena letra' l En su narrativa suele tenderse una sutil red de tensiones, entre la tentación de la poesía y la negativa a abandonarse a ella

A mi buen amigo José Gutiérrez le debo el descubrimiento de la narrativa de Rafael Chirbes y, en particular, de La buena letra, una de las mejores novelas escritas en español en los últimos años. Los amigos están para eso; para aconsejar bien. También los críticos, me parece, y en esto querría convertir la presente reseña: en una invitación a la lectura de uno de los mejores novelistas españoles vivos y, especialmente, de una pieza narrativa impar. En La buena letra, Chirbes da vida a cincuenta y tantos años de nuestra 'intrahistoria' reciente y autenticidad a una voz reconocible, la de una mujer sencilla, pero con claroscuros, Ana, que recorre para su hijo (para ella, para el lector) aquellos bosques del ayer que suministran la madera con que se construye una casa, una familia, unas gentes, un pueblo.

Ana empieza rememorando unos pocos recuerdos huidizos de su infancia y, de repente, pasa a los de su boda, pues la mujer creció en aquel mundo en que se pasaba de la niñez a la madurez de un día para otro, sin estaciones intermedias. Después vendría la Guerra Civil, esa maldita guerra, y Ana recuerda los bombardeos, el ruido sordo de las bombas, "como envuelto en un trapo" explica, y recuerda al marido, que luchó en el bando de los vencidos y que, a la vergüenza de la derrota, debió sumar el ultraje de la humillación. Hay evocaciones de fusilamientos contra las tapias de algún cementerio, esas tapias que guardan viva la memoria de tanta muerte. Se nos reconstruye una posguerra larga y cuesta arriba, interminable, tiempos de casas frías y braseros apagados, tiempos de carestía en los que lo único que había en abundancia era resentimiento y miedo, tiempos en los que para seguir adelante, para no quedarte en mitad del camino, o en una cuneta, debías tirar la mirada por los suelos, y dejarla allí, no levantarla.

El relato de Ana se va escorando, paulatinamente, hacia su cuñado Antonio, el vástago inquieto de su familia política, interesado por la lectura, mañoso con los lápices, fascinado por el mundo del pensamiento, etcétera. Tras la guerra, Antonio va a dar con sus huesos en la cárcel porque, además de sostener un fusil en la contienda, había sostenido precisamente eso: ideas. La familia se desvivirá para que no le falte nunca nada; para eso está, ¿no? Una vez en la calle, que no "en libertad", Antonio será de los que tengan que presentarse diariamente en el cuartel de la Guardia Civil. Un acoso tal mina la resistencia de cualquiera y, a pesar del apoyo de los suyos, también acaba con Antonio, aquel joven idealista y confiado que Ana guarda en el álbum sepia de los recuerdos mejores, en cuyos pliegues también se esconden ciertos anhelos silenciados (y es que Ana es honrada, no inocente).

Llega un momento en la vida en que el tiempo, lejos de arreglar nada, lo único que hace es ahondar en las cosas. Cuando Antonio ya no tenga a nadie en los talones, se dará cuenta que en esta sociedad o se está dentro o se está fuera, y se resignará a ello. El rencor volverá a la familia de la mano de Isabel (otro gran retrato femenino; éste, en negativo), un hermosa joven que "le echa el anzuelo" al tío Antonio, según Ana, y lo convierte en una especie de marioneta tontorrona a su merced. Después de la boda, Isabel obliga a Antonio a poner distancia con los suyos; lo constriñe a colocarse al margen y por encima de ellos, e incluso a robarles o engañarles. Peor aún: lo empuja a ignorarlos. La traición, uno de los temas recurrentes en la obra de Chirbes, vuelve a ser piedra en el agua en La buena letra.

En la narrativa de Rafael Chirbes suele tenderse una intrincada y sutil red de tensiones. De un lado, entre la tentación de la poesía y la negativa a abandonarse a ella; de otro, entre los imperativos de la pasión y las exigencias de la lucidez. Todo eso se da en abundancia en La buena letra, diríamos, una novela doblemente justa. En primer lugar, porque no le sobra absolutamente nada; en segundo, porque da la palabra a quienes en general callan.

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